viernes, 14 de mayo de 2010

A Delhi, Amritsar y Dharamshala


El día de la huelga general amaneció con un cielo de plomo, las calles estaban desiertas y había una luz gris y un silencio desconcertante. Todo estaba cerrado, suerte que habíamos desayunado en el hotel. El día anterior los autobuses y los rickshaw hacían que al cruzar la calle pensaras en lo buena idea que fue contratar un seguro pero hoy solo había vehículos privados, es decir, varias motos y uno o dos coches. Una abrumadora mayoría de indios/as carece de transporte privado.

Sólo el Zoológico estaba abierto, cabritas, hipopótamos y un leopardo, no deprimente del todo pero el calor nos iba derritiendo los huesos, eramos dos bolas de plastilina abandonadas al lado de la piscina cuando tu madre te llamó para comer.

De repente una duda paraliza nuestro mermado latido cardíaco y la tensión arterial, humilde a estas alturas, se redujo a una caricia patética. ¡¡¡¿¿¿¿Podremos coger el tren de cuarenta horas a Delhi???!!!! ¡Ay por dios que aquí no nos podemos quedar que aquí no hay nada! Como pudimos llegamos a la estación y un señor muy amable nos aseguró que no habría problemas, ¡cómo nos verían llegar que hasta nos cedieron el asiento! (si eso te pasa en la India, una de dos, o no estás en la India, o traes cara de muerta y te dan el asiento pero para quitarse ellos de en medio por puritito yuyu, aquí la cortesía no se trabaja).

Un tiempo prudente antes de la salida del tren nos fuimos a nuestro andén con nuestras mochilas y todo parecía indicar que aquel señor tenía razón, no teníamos ni retraso. De todos modos una especie de nube sorda cubría nuestros pensamientos, aunque cogiéramos el tren, ¿era motivo de alegría el poder subirse allí para tardar cuarenta horas en bajarse precisamente en Delhi?

¡Pues si amigos! Era motivo de regocijo. No solo cogimos el tren a su hora, sino que además tuvimos la suerte de tener literas a la misma altura y abajo, así podíamos charlar y vernos y levantarnos sin hacer malabarismos, el servicio de catering fue estupendo, no paraban de darnos cosas ¡cinco veces al día!: té matutino, desayuno, almuerzo (dinar pels catalans), té de media tarde y cena.

Antonio ocupando felizmente su litera, al lado yo me he levantado para hacer la foto

¡A tó compló! Se nos pasaron las cuarenta horas volando, tuvimos unos compañeros de viaje muy agradables, uno de ellos era un niño Sij (esa religión que prescribe no cortarse el pelo y llevarlo tapado) y un señor que tenía muchas ganas de hablar y siempre tenía razón (rasgo bastante común por estos confines). Al niño sij le hizo mucha gracia nuestra linterna frontal.

El niño sij juega se pone el frontal delante de su moñito

Llegamos a Delhi, el calor de Sevilla en agosto, rapidito a un hotel no demasiado cutre a ducharnos y dejarnos secar bajo el ventilador, fffsshshhhhhh, ¡me encanta hacer eso! En Delhi no hicimos gran cosa, buscamos un cajero, compramos la guía de Nepal y al día siguiente salimos hacia Amritsar (Punjab) ciudad que se precia de acoger una invasión crónica de peregrinos sij en torno al Templo dorado, sinceramente uno de nuestros sitios más favoritos de la India y motivo principal de nuestra visita a la ciudad.

La ciudad nos recibió con olor a tierra mojada y un presagio que no nos preocupó durante largo tiempo porque la lluvia dijo si cuando íbamos en el ciclo rickshaw hacia el hotel que nos gustaba de la guía. Es una ciudad como la mayoría de la India, caótica y ruidosa pero verla desde un vehículo a tracción humana y bajo unos goterones de lluvia enormes le dio un punto exótico y nos dio por reir. En cuanto apañamos el hotel nos acercamos al templo, que lo teníamos a tiro de piedra.

El templo dorado y de fondo la puerta principal al recinto

El templo en sí no es muy grande, no hace falta que os lo describa por fuera porque se ve en la foto, todo eso es un chapado de latón chapado en oro, pero por dentro no se podían hacer fotos, había una cola enorme, en la puerta había unos señores recibiendo las ofrendas que consistían en platillos de un dulce con base de leche y almendras que olía muy fuerte, ellos lo echaban a una olla sagrada y luego le devolvían al peregrino una porción de lo entregado para que se lo comiera, un tejemaneje que no llegamos a entender del todo. Dentro todo era también dorado y había que seguir los pasos de la masa para pasar por delante de unos señores que cantaban el libro sagrado de los Sijs, el “Guru Granth Sahib”, tenían unos micrófonos y había músicos tocando tablas (una especie de timbal) y un instrumento parecido a un acordeón con un teclado y un fuelle pero que se apoya en el suelo, siempre suena como si el ejecutante tocara de oído, por primera vez y con los ojos tapados (Francisco y Serafín ¿os acordáis de aquella animación en una comunión cuando cometisteis el error de dejarme el acordeoncillo ese?) Algunos peregrinos se sentaban en un rincón dentro del templo y leían para sí de unos libritos que podían coger prestados.El conjunto musical daba una atmosfera plácida al todo el recinto del templo ya que la megafonía llevaba los versos a cada recoveco en una amable letanía.

Peregrinos pasando la tarde en la orillita del estanque aquí mismo se echan a dormir y pasan la noche

El templo propiamente dicho está en el centro de un estanque de agua sagrada que la gente se lleva en garrafitas para su casa, en esta alberca se bañan y beben su traguito para purificarse por dentro y por fuera, alrededor del tanque hay un paseo de mármol blanco tan limpio y pulido que hace que tengan que poner esteras de fibra de coco para que no resbales al andar y alrededor del paseo están las dependencias administrativas, en una construcción adyacente está el enorme comedor y la residencia de peregrinos. Dormir en una habitación cuesta dinero, aunque es barato, pero comer en el comedor es gratis y dormir en el paseo de mármol también. Además tienen mostradores en los que dan té gratis y agua. Fuera, junto a una consigna de zapatos dan Sprite o Coca-cola por cinco rupias. Todo esto se mantiene, supongo, por las donaciones de los propios fieles y porque todas las personas que trabajan son voluntarios.

Estábamos encantados, la verdad, esa misma noche volvimos para ver una de los rituales diarios en el que llevan el libro en un palanquín desde el templo a un edificio del conjunto que lo rodea para guardarlo en su cámara supersagrada. A la mañana siguiente repetimos la visita, y a la tarde siguiente también. Para ello tuvimos que prescindir de conocer otros sitios, pero es que estábamos hipnotizados.

El templo de noche

Pasábamos el rato sentados en la orillita del estanque mirando ese lingote de oro gigante flotando en el agua. No es que nos hayamos vuelto místicos ahora de repente, es que era bonito, además necesitábamos un poco de calma y agradecíamos que cuando se acercaba alguien a hablar con nosotros no nos quería vender nada ni llevarnos a ninguna tienda. Algunos grupos de amigos que habían venido a pasar el fin de semana en el templo se sentaron con nosotros a reírse de lo mayores que éramos para seguir solteros y a preguntarnos cosillas sin mucha trascendencia. Insisto, uno de los sitios que más nos han gustado del país.

Un grupo de peregrinos pasa el rato con nosotros

Una vez saciados de templo dorado y de espiritualidad Sij partimos hacia las montañas, a Dharamshala (Himachal Pradesh) bueno, más concretamente a McLeod Ganj que es una aldeíta en la que tiene su residencia el Dalai Lama y Tibet mantiene su gobierno en el exilio. No es un pueblo muy bonito aunque está en las faldas de los primeros picos de los himalayas occidentales, desgraciadamente nosotros sólo los vimos el día que llegamos y yo pensé que haría fotos los dos días siguientes pero amanecimos envueltos en una bruma que no nos abandonó en todo el tiempo que estuvimos allí. Total que no foto.

McLeod Ganj no escapa al tráfico y al desorden típicos de la India


El parlamento de Tibet en el exilio

El primer día nos dimos una vuelta por el templo principal donde dice sus oraciones el Dalai y donde tiene las oficinas principales y su sala de audiencias, es un templo muy sencillo con varias imágenes de budas y rulitos de esos con mantras para darles vueltas, como los que giraba Antonio en el vídeo que colgó en la otra entrada, eso sirve para decir el mantra tantas veces como esté escrito en el rulo y tantas veces como gire o algo así con lo cual de unos manotazos te quitas de repetir el mantra un montón de veces y, claro, llegas antes a la iluminación. Por cierto a Antonio le dio por buscarla (la iluminación) mientras nos dábamos un paseo por la residencia oficial, me tuvo allí un buen rato.

Si Mari Asun, tu hijo meditando


Al día siguiente me levanté y puse la tele, vi al Dalai Lama en el templo que habíamos visitado ayer y Antonio se dio cuenta que era en directo, salimos que nos las pelábamos para allá y no pudimos entrar porque había que dejar las cámaras fuera en una tienda o donde pillaras porque las consignas estaban en obras. Nosotros insistimos y decidimos entrar por turnos, Antonio subió primero y bajó sin haber visto nada pero me dijo que igual iba a pasar el Dalai por la escalera que se veía desde allí cerca, entonces él se quedó con las mochilas, yo subí a la escalera y le vi, ¡he visto al Dalai Lama! AAAAAAyyy Dalai ¡ay lo que yo me acordé de Ana Torroja!

Aquí el Dalai y servidor, amigos íntimos ya

Al salir del templo nos quedamos por allí desayunando y disfrutando del ambiente, era un poco de feria con un montón de monjes y muchos visitantes, creo que la siguiente foto habla por sí sola del ambientillo que se respiraba por allí.

Por la tarde estuvimos visitando uno de los numerosos monasterios budistas tibetanos que hay en la India, los chinos arrasaron con más de 6000 monasterios en la revolución cultural y algunos monjes que sobrevivieron y muchos que habían emigrado antes han ido refundándolos donde les han dejado. En este tenían su templito con un montón de cositas curiosas, tamborcitos, imágenes de Buda, libritos, pero a mí me encantaron estas esculturas de mantequilla.

El ambiente era muy tranquilito, claro, algunos monjes charlaban sentados en un poyete, los jóvenes iban a clase al oír una campanita, había algarabías de monjes niños jugando por los rincones, luego les vimos comiendo en corro en una terracita y Antonio quedó impresionado porque en las cocinas pudo ver bolsas de patatas fritas y coca-colas. En algunos monasterios se pueden alojar los turistas y pasar unos días de paz en un entorno natural impresionante, así que el conjunto queda rematado con un toque occidental.

Un monje pasa el rato ante la puerta de su habitación

El resto del tiempo en McLeod Ganj lo pasamos dando paseítos por el entorno, fueron unos días agradables, sobre todo teniendo en cuenta que hacía una temperatura bastante más agradable que lo que habíamos dejado atrás.

Nuestro siguiente destino tras McLeod Ganj era Chandigarh, en unas horas de autobús estábamos en la capital de Punjab, una ciudad de la que os hablará mi partner en la próxima entrega. En Amritsar habíamos comprado billetes de tren para llegar desde Chandigarh hasta Varanasi, haciendo algunas escalas, aunque sin pasar por Delhi. En principio teníamos pensado volver a la capital de la India para ver un par de cosillas pero definitivamente decidimos pasar de ese horror y tirar millas.

Esta ciudad será un punto de inflexión en nuestro viaje. Sabremos por qué en próximas entregas de Andrés y Antonio de viaje.

Muchos besos y gracias por seguir ahí,

Andrés

jueves, 6 de mayo de 2010

Atrapados en la India

Casi literal. Llevamos dos meses de paseo y seguimos en las mismas. Pero hemos tomado las riendas de nuestro viaje y por fin trataremos de cambiar de país. Así que ahora nos achucharemos un poco y en breve tendréis cultura, lenguaje y paisajes nuevos. Pero ahora toca más India. Lo que sí seré es más escueto, y os resumiré dos semanas de un tirón. Uno de los responsables de esto es aquí el compañero, que para hacer una entrada más amena se ciñó a contar tan solo dos días de nuestro periplo.

Retomando el relato de Andrés. Una vez llegado a Ooty y descartado el hotel que proporcionaría la comisión al chófer, hicimos noche en el hotel de al lado, más barato pero bastante más sucio también. Para más inri, cuando ya estábamos instalados nos dimos cuenta de que no tenía alcachofa de ducha en el baño, ni siquiera salida de agua. Acertamos en el precio, nada más. Menos mal que a la mañana siguiente nos dimos un paseo por el pueblo antes de que pasara la hora de dejar el hotel o pagar una noche más, y encontramos un sitio al que cambiarnos. Afortunadamente también conseguimos orientarnos, ya que en un paseo la noche anterior ni siquiera intuimos la zona del mapa donde el chófer nos había abandonado amablemente. El nuevo alojamiento era una casa de campo regentada por un matrimonio Bahai. Los Bahais practican una religión o filosofía que se centra en la paz universal y la eliminación de los prejuicios, y tienen como lugar de culto principal un templo en Delhi que tiene forma de flor de loto, sí, uno con pétalos blancos que sale en muchas fotos. Nosotros no lo vimos cuando estuvimos allí, y parece que nos quedaremos con las ganas porque aunque volvamos a Delhi no dedicaremos mucho tiempo a pasearnos por aquel desaguisado.

El caso es que Ooty no tiene na. Pero na de na. Los guías que en Mumbai nos habían recomendado visitar la playa de Palolem en Goa también nos recomendaron Ooty, así como unos chicos ingenieros que conocimos en Jaisalmer. Lo que tiene Ooty en temporada alta, que es cuando nosotros lo hemos visitado, son ordas de indios que se pasean con orejeras porque están a 2200 metros de altura aunque sea verano, y que compran entradas para el jardín botánico de 40 en 40, aquí las familias viajan unidas, y son muy numerosas claro. Así que estuvimos bastante perdidos en una ciudad sin encanto. Al lo menos uno de los dos días aprovechamos para salir a caminar por el campo con un guía del lugar y otra pareja de franceses de Biarritz, y tuvimos la oportunidad de cruzar por plantaciones de té. Mereció la pena y me pareció un paisaje especialmente bonito tanto por los colores como por las formas. Aquí tenéis una foto. Para futuros visitantes, por lo visto Munnar en el vecino estado de Kerala tiene también plantaciones té en un entorno mucho más agradable.



Decidimos tomar rumbo de nuevo a la costa y sacrificar nuestra visita a Madurai, una ciudad interior de Tamil Nadu, como Ooty, que tiene un templo muy colorido y vistoso. Así que pa Kerala, el estado que ocupa la costa sudoeste de la India, concretamente hicimos la siguiente parada en Fort Cochin. Ésta es una ciudad rodeada por el Mar Arábigo y con un clima completamente tropical. Esto significa que en verano -cuando nosotros hemos estado- hace una humedad absoluta, que no relativa, y una caló que ni haciendo el amor debajo de un plástico (¿no Diana?). Eso sí, es una ciudad muy tranquila y con poquísimo tráfico, y al tener vegetación tropical, casitas blancas y bajas y población principalmente cristiana me evocaba al Caribe… a lo mejor no tiene nada que ver, que me corrija el que sepa.

Lo que pasa es que nuestra estancia en Fort Cochin estuvo marcada por la convalecencia de Andrés. Sí, él ha aguantado un mes y una semana más que yo en agarrar la diarrea infecciosa, pero al final ha caído. Según Loly Planet entre el 30% y el 70% de los viajeros en la India la agarran en las dos primeras semanas, como yo. Andrés parecía que se resistía pero al final sufrió más fiebre y diarrea que yo, hasta 39 y pico tuvo el chiquillo. ¡Qué suerte del Spiraxin®! Imprescindible en cualquier viaje a Asia, os pongo en conocimiento. Así que la cosa estuvo bastante tranquilita… Andrés en el hotel, yo cuidándolo, y de vez en cuando dando algún paseo a comer, a ver lo chiquillos del barrio jugar al criquet, en fin, para mí unos días de descanso.

Cuando Andrés se recuperó parcialmente fuimos a un espectáculo de Kathakali. Esto es una disciplina de danza o teatro original de Kerala, en la que se representan historias del Ramayana, texto sagrado de la religión hindú. Y digo danza o teatro porque, aunque los personajes no hablen, tienen un repertorio enorme de gestos tanto corporales como faciales cada uno de los cuales significa una acción, un estado de ánimo, y un sinfín de cosas. La representación iba acompañada de música en directo, y al haber tantos movimientos y colorido en escena resultó ser muy entretenida. Además asistimos a la sesión de maquillaje previa a la función. Os adjunto un par de fotos de dos de los personajes.




Y una vez recuperados por completo continuamos nuestra ruta hacia el sur siguiendo la línea costera para alcanzar Alleppey, pronunciado álapi. Este es el pueblo desde el que se originan hacia el sur los famosos backwaters de Kerala. Estos backwaters están constituidos por cientos de canales de agua que conectan lagos, dejando entre si pequeñas porciones alargadas de tierra en las se alinean las casas. Además también existen pequeñas porciones de tierra en las que se cultiva arroz, todo ello adornado de nuevo con cocoteros, plataneros y árboles de mango. Hasta Alleppey llegamos desde Kottayam en un barco que hacía las veces de autobús acuático a través de los backwaters, y una vez allí contratamos un tour de seis horas en canoa que nos diera un paseíto por el entorno. Así, en un barquito con un toldito, Andrés y yo recostados bajo la sombra pudimos observar la vida de la gente local que se bañaba, lavaba la ropa, pescaba y se desplazaba por los canales. La verdad es que fue un lujo ya que un remero muy amable se encargaba del trabajo más duro bajo el sol del mediodía. Al principio dudamos si contratar esta actividad en el hotel en el que nos estábamos alojando, pero por una experiencia que ahora os cuento en la vecina ciudad de Kollam ahora sabemos que acertamos de pleno.





Y de Alleppey a Kollam, otra ciudad más al sur en la que nos esperaba otro tour por los backwaters, esta vez organizado por la compañía pública de transportes de Kerala (KSRTC) y altamente recomendado por Loly Planet. El caso es que pagamos 400 rupias por cabeza por la actividad de cuatro horas y media, casi 100 rupias la hora por cabeza que es lo que pagamos en Alleppey. Pero esta vez el paseíto consistió en dos horas de bus, ida y vuelta a Munroe Island de donde partía el barquito, y tan solo dos horas de paseo acuático. Además fue en una barcaza que compartimos con una pareja de franceses y un grupo de señores malayos, sentado en un palo y por unos canales tan estrechos que la barca casi ni doblaba. Vamos una caca. ¡Aquí no sabe uno cómo acertar! La compañía pública de transportes cuyos autobuses nos evitan la piratería de las compañías privadas nos acababa de tomar el pelo… sin olvidar nuestra querida Loly que en este caso estuvo bastante desacertada. No os pongo ni siquiera fotos. Avisados estáis si aparecéis por aquí.

Y para acabar con nuestra ruta sureña por la India y antes de coger un tren de 43 horas y 3149 kilómetros de Trivandrum a Delhi, nos mentalizamos para esta experiencia con unos días de descanso en la playa, en este caso Kovalam, según Loly la feroz competencia de las playas de Goa y otro must para cualquiera que se digne afirmar ha visitado el sur de la India. ¡Otra mierda pa Loly!… y perdón por la expresión, pero es que nos la pegó de nuevo. No es que la playa estuviera mal del todo, a pesar de ser el equivalente salvando las distancias de Lloret de Mar o Torremolinos en España, pero es que la foto que sale en la guía no es ninguna de las playas del lugar. Aún así tratamos de ser optimistas y disfrutar igualmente, así que nos alquilamos una habitación con vistas a la playa y a dos metros de la arena. Aquí adjunto una foto mía descansando en nuestro balcón, el de la derecha, así como las vistas desde el mismo: quehaceres matutinos de los pescadores locales y el faro descaradamente tropical, ¿te gusta Enric?





Nos dedicamos tres días a bañarnos con un oleaje más que entretenido, a observar las tormentas costeras premonzónicas y a regalarnos el paladar con las últimas parotas y delicias de la cocina del sur de la India. Además Andrés por fin localizó un sastre donde encargarse unos pantalones a medida por 500 Rs (unos ocho euros), el cual al final también nos apañó una camisa a cada uno por otras 500 Rs cada una. Y esto se debe a que nuestro fondo de armario está cambiando con los días de viaje. Andrés ya había descartado unos pantalones que le habían quedado grandes y que le daban mucho calor, así que con unos pantalones nuevos marroncitos y la camisa también nueva entre verde y ocre ya tiene el uniforme Coronel Tapioca que le daba vergüenza comprarse en España. Yo por otro lado he descartado mis pantalones claritos y mis dos camisetas de manga larga blancas, por razones obvias de higiene y protocolo. Así que me he quedado con unos pantalones largos, otros cortos, dos camisas de manga larga y una camiseta de manga corta como ropa de diario… ¡normal que aparezca en todas las fotos con la misma ropa! Además las dos camisas son de color parecido, un gris clarito muy sufrido pa las manchas.

Y una vez recuperados y con fuerzas para enfrentarnos de nuevo a Delhi nos dirigimos a Trivandrum, capital de Kerala a tan solo 12 kilómetros de Kovalam y donde tomaríamos el tren pseudoeterno. Pero para nuestra sorpresa el día de nuestra salida, el 27 de abril, los dos estados comunistas de la India, Kerala y Bengala Occidental (Calcuta), estaban sumidos en una profunda huelga general que por el aspecto de las calles fue secundada por el 99% de la población. Todo estaba cerrado, no había donde comer, y en el tráfico no rodaba ni un solo autorickshaw y lo que era peor, ni un solo autobús público ni privado. ¿Saldría nuestro tren a las 19:15 como teníamos previsto?…teníamos los huevillos de corbata… a ver quién se entiende aquí con una huelga general para cambiar el billete de tren y encontrar otras dos plazas para otro día sin previsión alguna. Os dejo con la incertidumbre.

Ahora os muestro un video an ca el Dalai Lama como anticipo de nuestro destino actual.

Muchos besos a todos y gracias por seguir con nosotros, Antonio.