El día de la huelga general amaneció con un cielo de plomo, las calles estaban desiertas y había una luz gris y un silencio desconcertante. Todo estaba cerrado, suerte que habíamos desayunado en el hotel. El día anterior los autobuses y los rickshaw hacían que al cruzar la calle pensaras en lo buena idea que fue contratar un seguro pero hoy solo había vehículos privados, es decir, varias motos y uno o dos coches. Una abrumadora mayoría de indios/as carece de transporte privado.
Sólo el Zoológico estaba abierto, cabritas, hipopótamos y un leopardo, no deprimente del todo pero el calor nos iba derritiendo los huesos, eramos dos bolas de plastilina abandonadas al lado de la piscina cuando tu madre te llamó para comer.
De repente una duda paraliza nuestro mermado latido cardíaco y la tensión arterial, humilde a estas alturas, se redujo a una caricia patética. ¡¡¡¿¿¿¿Podremos coger el tren de cuarenta horas a Delhi???!!!! ¡Ay por dios que aquí no nos podemos quedar que aquí no hay nada! Como pudimos llegamos a la estación y un señor muy amable nos aseguró que no habría problemas, ¡cómo nos verían llegar que hasta nos cedieron el asiento! (si eso te pasa en la India, una de dos, o no estás en la India, o traes cara de muerta y te dan el asiento pero para quitarse ellos de en medio por puritito yuyu, aquí la cortesía no se trabaja).
Un tiempo prudente antes de la salida del tren nos fuimos a nuestro andén con nuestras mochilas y todo parecía indicar que aquel señor tenía razón, no teníamos ni retraso. De todos modos una especie de nube sorda cubría nuestros pensamientos, aunque cogiéramos el tren, ¿era motivo de alegría el poder subirse allí para tardar cuarenta horas en bajarse precisamente en Delhi?
¡Pues si amigos! Era motivo de regocijo. No solo cogimos el tren a su hora, sino que además tuvimos la suerte de tener literas a la misma altura y abajo, así podíamos charlar y vernos y levantarnos sin hacer malabarismos, el servicio de catering fue estupendo, no paraban de darnos cosas ¡cinco veces al día!: té matutino, desayuno, almuerzo (dinar pels catalans), té de media tarde y cena.
Antonio ocupando felizmente su litera, al lado yo me he levantado para hacer la foto
¡A tó compló! Se nos pasaron las cuarenta horas volando, tuvimos unos compañeros de viaje muy agradables, uno de ellos era un niño Sij (esa religión que prescribe no cortarse el pelo y llevarlo tapado) y un señor que tenía muchas ganas de hablar y siempre tenía razón (rasgo bastante común por estos confines). Al niño sij le hizo mucha gracia nuestra linterna frontal.
El niño sij juega se pone el frontal delante de su moñito
Llegamos a Delhi, el calor de Sevilla en agosto, rapidito a un hotel no demasiado cutre a ducharnos y dejarnos secar bajo el ventilador, fffsshshhhhhh, ¡me encanta hacer eso! En Delhi no hicimos gran cosa, buscamos un cajero, compramos la guía de Nepal y al día siguiente salimos hacia Amritsar (Punjab) ciudad que se precia de acoger una invasión crónica de peregrinos sij en torno al Templo dorado, sinceramente uno de nuestros sitios más favoritos de la India y motivo principal de nuestra visita a la ciudad.
La ciudad nos recibió con olor a tierra mojada y un presagio que no nos preocupó durante largo tiempo porque la lluvia dijo si cuando íbamos en el ciclo rickshaw hacia el hotel que nos gustaba de la guía. Es una ciudad como la mayoría de la India, caótica y ruidosa pero verla desde un vehículo a tracción humana y bajo unos goterones de lluvia enormes le dio un punto exótico y nos dio por reir. En cuanto apañamos el hotel nos acercamos al templo, que lo teníamos a tiro de piedra.
El templo dorado y de fondo la puerta principal al recinto
El templo en sí no es muy grande, no hace falta que os lo describa por fuera porque se ve en la foto, todo eso es un chapado de latón chapado en oro, pero por dentro no se podían hacer fotos, había una cola enorme, en la puerta había unos señores recibiendo las ofrendas que consistían en platillos de un dulce con base de leche y almendras que olía muy fuerte, ellos lo echaban a una olla sagrada y luego le devolvían al peregrino una porción de lo entregado para que se lo comiera, un tejemaneje que no llegamos a entender del todo. Dentro todo era también dorado y había que seguir los pasos de la masa para pasar por delante de unos señores que cantaban el libro sagrado de los Sijs, el “Guru Granth Sahib”, tenían unos micrófonos y había músicos tocando tablas (una especie de timbal) y un instrumento parecido a un acordeón con un teclado y un fuelle pero que se apoya en el suelo, siempre suena como si el ejecutante tocara de oído, por primera vez y con los ojos tapados (Francisco y Serafín ¿os acordáis de aquella animación en una comunión cuando cometisteis el error de dejarme el acordeoncillo ese?) Algunos peregrinos se sentaban en un rincón dentro del templo y leían para sí de unos libritos que podían coger prestados.El conjunto musical daba una atmosfera plácida al todo el recinto del templo ya que la megafonía llevaba los versos a cada recoveco en una amable letanía.
Peregrinos pasando la tarde en la orillita del estanque aquí mismo se echan a dormir y pasan la noche
El templo propiamente dicho está en el centro de un estanque de agua sagrada que la gente se lleva en garrafitas para su casa, en esta alberca se bañan y beben su traguito para purificarse por dentro y por fuera, alrededor del tanque hay un paseo de mármol blanco tan limpio y pulido que hace que tengan que poner esteras de fibra de coco para que no resbales al andar y alrededor del paseo están las dependencias administrativas, en una construcción adyacente está el enorme comedor y la residencia de peregrinos. Dormir en una habitación cuesta dinero, aunque es barato, pero comer en el comedor es gratis y dormir en el paseo de mármol también. Además tienen mostradores en los que dan té gratis y agua. Fuera, junto a una consigna de zapatos dan Sprite o Coca-cola por cinco rupias. Todo esto se mantiene, supongo, por las donaciones de los propios fieles y porque todas las personas que trabajan son voluntarios.
Estábamos encantados, la verdad, esa misma noche volvimos para ver una de los rituales diarios en el que llevan el libro en un palanquín desde el templo a un edificio del conjunto que lo rodea para guardarlo en su cámara supersagrada. A la mañana siguiente repetimos la visita, y a la tarde siguiente también. Para ello tuvimos que prescindir de conocer otros sitios, pero es que estábamos hipnotizados.
El templo de noche
Pasábamos el rato sentados en la orillita del estanque mirando ese lingote de oro gigante flotando en el agua. No es que nos hayamos vuelto místicos ahora de repente, es que era bonito, además necesitábamos un poco de calma y agradecíamos que cuando se acercaba alguien a hablar con nosotros no nos quería vender nada ni llevarnos a ninguna tienda. Algunos grupos de amigos que habían venido a pasar el fin de semana en el templo se sentaron con nosotros a reírse de lo mayores que éramos para seguir solteros y a preguntarnos cosillas sin mucha trascendencia. Insisto, uno de los sitios que más nos han gustado del país.
Un grupo de peregrinos pasa el rato con nosotros
Una vez saciados de templo dorado y de espiritualidad Sij partimos hacia las montañas, a Dharamshala (Himachal Pradesh) bueno, más concretamente a McLeod Ganj que es una aldeíta en la que tiene su residencia el Dalai Lama y Tibet mantiene su gobierno en el exilio. No es un pueblo muy bonito aunque está en las faldas de los primeros picos de los himalayas occidentales, desgraciadamente nosotros sólo los vimos el día que llegamos y yo pensé que haría fotos los dos días siguientes pero amanecimos envueltos en una bruma que no nos abandonó en todo el tiempo que estuvimos allí. Total que no foto.
McLeod Ganj no escapa al tráfico y al desorden típicos de la India
El primer día nos dimos una vuelta por el templo principal donde dice sus oraciones el Dalai y donde tiene las oficinas principales y su sala de audiencias, es un templo muy sencillo con varias imágenes de budas y rulitos de esos con mantras para darles vueltas, como los que giraba Antonio en el vídeo que colgó en la otra entrada, eso sirve para decir el mantra tantas veces como esté escrito en el rulo y tantas veces como gire o algo así con lo cual de unos manotazos te quitas de repetir el mantra un montón de veces y, claro, llegas antes a la iluminación. Por cierto a Antonio le dio por buscarla (la iluminación) mientras nos dábamos un paseo por la residencia oficial, me tuvo allí un buen rato.
Si Mari Asun, tu hijo meditando
Al día siguiente me levanté y puse la tele, vi al Dalai Lama en el templo que habíamos visitado ayer y Antonio se dio cuenta que era en directo, salimos que nos las pelábamos para allá y no pudimos entrar porque había que dejar las cámaras fuera en una tienda o donde pillaras porque las consignas estaban en obras. Nosotros insistimos y decidimos entrar por turnos, Antonio subió primero y bajó sin haber visto nada pero me dijo que igual iba a pasar el Dalai por la escalera que se veía desde allí cerca, entonces él se quedó con las mochilas, yo subí a la escalera y le vi, ¡he visto al Dalai Lama! AAAAAAyyy Dalai ¡ay lo que yo me acordé de Ana Torroja!
Aquí el Dalai y servidor, amigos íntimos ya
Al salir del templo nos quedamos por allí desayunando y disfrutando del ambiente, era un poco de feria con un montón de monjes y muchos visitantes, creo que la siguiente foto habla por sí sola del ambientillo que se respiraba por allí.
Por la tarde estuvimos visitando uno de los numerosos monasterios budistas tibetanos que hay en la India, los chinos arrasaron con más de 6000 monasterios en la revolución cultural y algunos monjes que sobrevivieron y muchos que habían emigrado antes han ido refundándolos donde les han dejado. En este tenían su templito con un montón de cositas curiosas, tamborcitos, imágenes de Buda, libritos, pero a mí me encantaron estas esculturas de mantequilla.
El ambiente era muy tranquilito, claro, algunos monjes charlaban sentados en un poyete, los jóvenes iban a clase al oír una campanita, había algarabías de monjes niños jugando por los rincones, luego les vimos comiendo en corro en una terracita y Antonio quedó impresionado porque en las cocinas pudo ver bolsas de patatas fritas y coca-colas. En algunos monasterios se pueden alojar los turistas y pasar unos días de paz en un entorno natural impresionante, así que el conjunto queda rematado con un toque occidental.
Un monje pasa el rato ante la puerta de su habitación
El resto del tiempo en McLeod Ganj lo pasamos dando paseítos por el entorno, fueron unos días agradables, sobre todo teniendo en cuenta que hacía una temperatura bastante más agradable que lo que habíamos dejado atrás.
Nuestro siguiente destino tras McLeod Ganj era Chandigarh, en unas horas de autobús estábamos en la capital de Punjab, una ciudad de la que os hablará mi partner en la próxima entrega. En Amritsar habíamos comprado billetes de tren para llegar desde Chandigarh hasta Varanasi, haciendo algunas escalas, aunque sin pasar por Delhi. En principio teníamos pensado volver a la capital de la India para ver un par de cosillas pero definitivamente decidimos pasar de ese horror y tirar millas.
Esta ciudad será un punto de inflexión en nuestro viaje. Sabremos por qué en próximas entregas de Andrés y Antonio de viaje.
Muchos besos y gracias por seguir ahí,
Andrés
