sábado, 5 de junio de 2010

Adios a la India

Sí amigos, ya hemos cambiado de país, pero la revelación de este misterio la dejaré para el final de esta entrada. No vale bajar para mirar las fotos. Antes contaré algunas historias más o menos grotescas y algunos detalles, pocos, de nuestros días en Kolkata, última parada en la India.

Os recuerdo, como ya os contó Andrés, que durante nuestros días en Sikim hicimos una parada de relax en Rumtek, aquel lugar con un monasterio budista muy importante, y otro más pequeñito llamado Old Rumtek. En este segundo monasterio disfrutamos de la pooja matutina, lo cual no se me olvidará en la vida por haber tenido que tomarme aquel mejunje de mantequilla de yak caliente y salado. Sinceramente de lo peor que he probado en vida. Por si se os pasa por la cabeza venir, por favor pensaros dos veces eso de experimentar el desayuno típico de Sikim.

Pues ese mismo día Andrés y yo nos dimos un paseíto por los alrededores de los monasterios, un poquito por las carreteras tranquilas que los rodeaban, pero también quisimos indagar los caminos que se adentraban en los espesos bosques sin conocer hacia dónde se dirigían. Uff ¡vivimos al límite! Pasada la entrada del templo principal seguimos un sendero estrecho que abandonaba el pueblito, y que consistía en un caminito son el suelo de hormigón, el cual ascendía por la ladera de una colina, a veces incluso con algunos escalones. El paisaje era muy raro, ya que ambos lados del sendero estaban repletos de pañuelos y prendas de vestir de los monjes budistas. Suponemos que con algún fin o en algún ritual, los monjes se deshacen de sus prendas y las amarran a troncos y ramas, abandonándolas hasta que se deshacen y desaparecen. Por este camino solitario llegamos a un sitio más misterioso todavía, un claro en el bosque a modo de placita y con el suelo de tierra, donde parecía los monjes más jóvenes juegan al fútbol en sus ratos libres, a juzgar por las porterías de madera que descansaban en los extremos del abierto en el bosque. El cielo sobre la improvisada cancha de fútbol estaba decorado con cientos de mantras en banderas de los cinco colores más usados en el arte budista, blanco, rojo, amarillo, azul y verde.



-¿Seguimos andando por ese camino?- Le dije a Andrés señalando el senderito que ahora descendía en dirección opuesta a la del camino que nos había llevado a la placita.

-Vale- respondió Andrés, sin mucho interés pero tampoco sin oponerse abiertamente.

Esta vez el camino, que al principio descendía, se tornaba de nuevo ascendente en una hilera recta y casi infinita de escalones que claramente conducían a algún lugar. Igualmente el sendero estaba decorado con los eternos mantras que parecían acompañarnos a algún lugar especial.



-¡Venga tira!, a ver qué es lo que hay al final del camino- instigué a Andrés para que no bajara el ritmo, y así descubrir pronto nuestro destino en aquel bosque solitario que parecía querer contarnos algo a dos turistas curiosos. Seguro que no habría muy a menudo visitas como la nuestra por aquellos parajes.

Proseguimos entonces nuestra ascensión escuchando el cantar de los pájaros y los ruidos estridentes de cigarras y otros bichos que se escondían en la maleza. Así llegamos por fin al final de la escalera. Una construcción ruinosa se escondía entre las copas de árboles y la maleza desarreglada. Los últimos escalones nos llevaron a lo que sería la puerta principal de un antiguo monasterio ahora abandonado. Las paredes exteriores blancas estaban llenas de humedad, y a juzgar por las malas hierbas que se intuían en el interior de la construcción cuando miramos por unos agujeros en las puertas, aquello llevaba abandonado un buen tiempo.

-¡Mira! Parece que hay un senderito que rodea el monasterio. Vamos a ver si podemos entrar por la parte de atrás- animé a Andrés a que me siguiera en la sombra del bosque.

Abandonamos el camino de cemento que nos había guiado al lugar, pisando así el suelo mojado repleto de hierbas y maleza baja. Nada, no encontramos ninguna puerta trasera, ni siquiera pudimos asomarnos a ninguna ventana. La construcción parecía estar bien cerrada a conciencia. En aquel lugar sólo se escuchaban los chasquidos y pitidos insistentes de los bichos, el canto de los pájaros, y el ruido de un chorro de agua que caía desde lo más alto del monasterio a una pequeña alberca que rebosaba. Alguna tubería rota o llave alguna llave abierta olvidada sugería la ocupación no tan lejana en el tiempo de aquel monasterio.

-Pues nada, vámonos para abajo- sugirió Andrés.

Yo obediente volví sobre mis pasos hacia la entrada principal del pequeño edificio, seguido de Andrés a unos metros.

-¿Aquí no habrá leeches, no?- comentó Andrés utilizando el término inglés para las sanguijuelas, gusanos sobre los que ya nos habían puesto sobre aviso. Por lo visto estos bichos chupasangres y casi imposibles de evitar pueblan los bosques del Himalaya después de los días de lluvia. Sí, durante estos días habíamos tenido algunos chubascos.

-¡Ahhhhh! ¡Tengo una leeche en el zapatooooooo! ¡Ay qué asco!- gritó Andrés rompiendo estridentemente el silencio tras de mí.

Cuando miré atrás Andrés ya se encontraba sobre una sola pierna, el otro pie levantado en el aire y tratando de quitarse el bicho que se había aferrado fuertemente a la piel del zapato.

-¡¡Mírate tu si tienes también!! ¡Ah, qué asco!- continuaba gritando Andrés completamente fuera de sí.

-¿Pero cómo son?- pregunté como si no fuera a reconocer un bicho de semejante naturaleza -¡Sí! ¡También tengo! Ay, ay, qué asco…

- ¡Que tengo más! ¡Ahhhh! ¡Tengo tres en el mismo zapato!- Andrés ya no controlaba sus nervios. A esas alturas ya se había quitado el zapato y hacía equilibrios con una sola pierna entre la maleza, la cual seguramente estaba atestada de multitud de sanguijuelas sedientas de nuestra sangre.

Ya cada uno, entre un barullo de variados improperios y gritos, iba a salvar su propio pellejo. Los nervios habían paralizado literalmente a Andrés, y tras quitarse las cinco o seis leeches que acarreaba entre zapatos y pantalones, una en concreto aferrada al calcetín por dentro del zapato, no era capaz de reemprender la marcha.

-¡¡Pero vamos pa´lante!! No te quedes ahí buscándote más leeches que se nos van a pegar más… ya nos miramos en el hotel cuando lleguemos- le insistía a Andrés una vez me había deshecho de las cuatro sanguijuelas que desde mis zapatos trataban de encontrar un trocito de mi piel donde instalarse definitivamente.

Por fin alcanzamos a movernos los dos metros que nos separaban de las escaleras de hormigón que descendían desde la puerta principal del edificio abandonado. No he de explicaros el estado de histeria colectiva que llegamos a alcanzar en aquel momento, ni el ritmo frenético con el que bajábamos las escaleras para abandonar la sombra de ese bosque. Nos faltaba el aire, y a mí me temblaba la voz y el pulso sólo de pensar que alguna de esas sanguijuelas podía haber tenido éxito en la búsqueda del camino que le llevara al banquete de su vida.

Andrés a la cabeza, y todavía casi al inicio de la escalera, de nuevo se paró a inspeccionarse los zapatos. Evidentemente hice lo mismo.

-¡Ay que tengo otra!- gritaba yo mientras trataba de buscar un palito con el que empujar o espachurrar la sanguijuela aferrada a mi zapato.

-Sujétame que yo también tengo otra- me decía Andrés a la vez que estiraba la mano para que le ayudara a mantenerse en pie mientras de nuevo se quitaba el zapato –pero, ¿cómo te la estás quitando tú?

-¡Con un palito!

-¡Dame el palito!- Andrés era incapaz de quitar su mirada de la sanguijuela para buscarse su propio palito, muy fuerte.

A todo esto, Andrés ya me había soltado de la mano y trataba de eliminar a su compañera con la herramienta que yo le había proporcionado. De repente en la operación se desequilibró y, buscándome con el brazo para agarrarse y evitar su caída, me mete un golpe en el ojo que pa mi se quedó.

-¿Pa qué me sueltas?¿Pa qué me sueltas?- me gritaba encima el tío.

-¡Coño el golpe que mas dao en el ojo! ¡Si tas soltao tu!- encima de puta, apaleada, pensaba yo.

Otra vez los nervios se habían hecho con nosotros, y no parábamos de inspeccionarnos olvidando hacer el camino de vuelta que nos llevara a salvo de tan horribles parásitos. Cuando convencí a Andrés de retomar la marcha todavía me dio tiempo de resbalarme en un trozo de barro y caerme de culo. Espero que no se me hayan subido más bichos, pensaba levantándome rápidamente sin muchos escrúpulos a la hora de apoyarme para hacerlo.

Así emprendimos una bajada frenética por aquellas interminables escaleras, mientras mi mente era incapaz de dejar de visualizar a esas sanguijuelas pegadas fuertemente a mi piel.

-¡A mí me pica todo el cuerpo!- relataba Andrés a voz en grito evidenciando la presencia de dos guiris en aquel bosque que se creían iban a descubrir algo interesante. Ja, ja.

Por fin llegamos al hotel, y tardamos cinco segundos en despelotarnos y encorvarnos para inspeccionarnos cada rincón de nuestro cuerpo. O quizás tardamos menos. Tampoco os voy a explicar las posturitas de mírame aquí y mírame por allí, ya que estos bichos por lo visto prefieren alojarse en los pliegues de la piel tales como ingles, axilas y demás. Por suerte no encontramos ninguna, y procedimos a examinar nuestras ropas por miedo a que alguna, más lista y menos impaciente que sus compañeras, estuviera escondida a la espera de carne fresca. Todavía hoy me imagino encontrándome alguna leeche, eso sí engordada con el tiempo, en algún rincón de mi cuerpo. Por suerte las pesadillas no han llegado todavía.

Y después de esta de misterio, os relato en un párrafo nuestras impresiones de Kolkata, última parada en la India después de visitar Sikim. Llegábamos avisados del calor y la pobreza de Kolkata, y lo primero sí, pero lo segundo no. Después de haber recorrido durante tres mese el país, de pobreza y miseria en Kolkata nada de nada. Al contrario, parece una ciudad mucho más tranquila y asequible que otras como Delhi o Mumbai, y aquí las calles tienen aceras, no hay un tráfico infernal, y aunque alguna vez te piden dinero, el acoso al turista parece que aquí no funciona, o está pasado de moda, o hace mucho calor para andar persiguiendo a nadie. La ciudad para mí tiene más encanto que el resto de ciudades indias, y en los barrios de centro se mezclan difuminadamente zonas de tiendas, mercados, zonas para comer, barrios de gente más humilde y avenidas con tráfico regulado, con sus semáforos y todo. De lo que más nos gustó fue la visita el primer día al Indian Museum, un museo a la antigua usanza, un museo de verdad. Si no mirad las fotos. Allí nos paseamos por salas repletas de muebles que almacenaban millones de fósiles sin clasificar, conchas de bivalvos amontonadas por especies, minerales y rocas de distintos tamaños y colores, decenas de animales disecados y cornamentas colgadas a modo de trofeos de caza. De lo más interesante fue el fósil gigante del armadillo prehistórico, las maquetas gigantes de insectos comunes, los fetos humanos embotellados, especies cornudas en peligro de extinción, y explicaciones inverosímiles de ecología básica, todo ello mostrado por orden en las siguientes fotos.



Por supuesto paseamos por las zonas coloniales de la ciudad, que albergan edificios que atestiguan que Calcuta fue la capital durante la primera etapa de la colonización británica. De tan inolvidable periodo, Kolkata goza del Victoria Memorial, impresionante edificio de mármol blanco en honor a la reina que unificó todos los territorios de la Compañía de las Indias Británicas baja un solo poder, el suyo.



Y como no también visitamos la tumba de la hermana Teresa de Calcuta, que está alojada en la casa de las Misioneras de la Caridad que ella misma fundó y donde vivió hasta 1997. En la siguiente foto dos misioneras contemplan la tumba de María Teresa, sí, era María Teresa, mientras el viento que levanta las cortinas entra en la sala para rozar la tumba de quien merece ser santa.



Y como dato curioso de la ciudad, Kolkata es la única ciudad de la India en la que hemos observado todavía se conservan los rickshaws tirados con fuerza humana, los tana rickshaws. Por lo visto aquí no se han quedado muy anticuados, ya que en época de monzón son los únicos que pueden atravesar las calles inundadas hasta las rodillas del hombre que tira del carro.



Y como premio al que haya llegado hasta aquí leyendo esta entrada, os regalo esta ristra de fotos que deberían ser reveladoras de donde nos encontramos ahora.



Sí amigos, estamos en Kuala Lumpur, capital de Malasia. La Torres Petronas, que durante unos años fueron los edificios más altos del mundo, se han convertido en un símbolo nacional. La ciudad, completamente moderna y casi totalmente occidentalizada, está repleta de rascacielos de multitud de formas y alturas. Malasia es un país musulmán, y la flor nacional es el hibisco, curiosamente de origen chino. Os contaremos muchas más cosas de este país en breve.

Sólo deciros que ya hemos puesto fecha a nuestros días en Malasia, y nos hemos comprado recién un vuelo al próximo país de nuestro viaje. A partir de ahora todo irá mucho más rápido.

Muchos saludos y besos a todos,

Antonio


lunes, 31 de mayo de 2010

Hacia el norte, por favor. Siliguri, Darjeeling y Sikkim

Bien amigos, al grano, ya sabéis que hemos hecho la monumental y sofocante serie Agra-Khajuraho-Varanasi y que por fin nos dirigimos hacia el ansiado norte, a Sikkim. El ya habitual retraso del tren superó en esta ocasión las expectativas del más pesimista y acumuló diez horas en total. La estación de destino es New Jalpaiguri, último rellano del norte del estado de West Bengal (Capital: Calcuta) y por tanto fin de trayecto para los que queremos subir a las montañas en el vecino estado de Sikkim, las vías continúan, pero en otra dirección, más hacia los estados del noreste.

En el tren conocimos a Caroline, una estadounidense ¡de Michigan, Elena y Enric! ¡De Michigan! Y estuvimos todo el trayecto muy entretenidos porque era charlatana y muy graciosa, no paramos de hablar con los compañeros indios de viaje, sobre todo dedicamos mucho rato al trauma nacional “El matrimonio: decisión personal o mangoneo familiar, pros y contras del ejercicio de la voluntad” o como dirían ellos “El matrimonio: cagarla por amor y luego-seguro-que-divorciarte o respetar las tradiciones y acabar enamorándote de él/ella”. Perdonad que deje aquí este tema para cuando nos veamos en persona porque esto es para echar unas cañas, aquí hay un tomate con el casorio que no os lo podéis imaginar. Pues eso, cambiamos historias divertidas por cerveza, podemos hacer una lista de candidatos para invitarnos a cenar a la vuelta, garantizada amena sobremesa.

Como os decía, habíamos conocido a Caroline y ella a su vez había conocido en el tren a otro viajero que iba a la misma estación que nosotros, como llegaríamos a una hora algo intempestiva nos pusimos de acuerdo para coger un taxi juntos hasta la ciudad, Siliguri, a unos kilómetros de la estación. Nuestro nuevo compañero tenía apañada una habitación en un hotel y Caroline se fue con él, pero nosotros seguimos nuestro instinto y decidimos buscarnos la vida. Nunca lo reconoceré en público pero estuvimos a punto de arrepentirnos de no habernos ido con aquel señor con unas rastas tan largas y esa expresión que debe ser la que se le queda a uno cuando ha pasado cinco meses más de lo proyectado en una playa de Goa de fiesta en fiesta y fumándose hasta las veras del cercao. El caso es que cuando nos dejaron en aquella inhóspita avenida a las doce de la noche solo encontramos hoteles cerrados a cal y canto con los cierres metálicos bajados y un guardia de seguridad de un cajero electrónico (otro tema, todos los cajeros tienen un guardia de seguridad en la puerta sentado en una silla, a veces gestionan la cola) que nos lanzó el siguiente jarro de agua fría: “todos los hoteles están completos” claro, nosotros no nos creemos nada y seguimos buscando hasta que la noche nos lanzó el segundo jarro de agua más fría: “se puso a llover”. Los ánimos, aunque no intactos, seguían en buena salud y nos pusimos los impermeables en un ágil abrir y cerrar de ojos. Cuando conseguimos que un vigilante de un hotel nos hiciera caso ya estábamos dispuestos a aceptar cualquier habitación pero el amable señor nos ofrecería compartir con él y otro empleado el suelo de la oficina del hotel, emmm, gracias de corazón pero seguiremos buscando. Al final otro vigilante nos llevó a una casa de un señor que tenía una habitación que parecía cerrada desde que murió la abuela pero tenía baño y mosquiteras así que para dentro. A las siete de la mañana nos despertaron con un musicón atronador porque se casaba una vecina la siguiente noche y había que montarla desde muy temprano. Cosas de las bodas de aquí.

En Siliguri hacía calor pero las ganas de norte debían esperar un día más porque había una huelga que tenía cortadas las comunicaciones por tierra con Sikkim. “Estoooo, bueno, pues vamos a ver si encontramos una habitación lejos de la boda ¿no?”

La huelga la convocaban los Gurkas del norte del estado de West Bengal, se trata de un grupo étnico mayoritario en esa zona (Darjeeling y alrededores) que quieren un estado independiente que se llamaría Gorkaland, da la sensación de que toda la población está de acuerdo y todos los partidos políticos de por allí son Gurkas. Al parecer los gurkas son originarios de Nepal y tienen un pasado guerrero, de hecho el emblema de gorkaland luce dos cuchillos nepalíes cruzados. En muchas causas de la India los gurkas han entregado algunas vidas y ahora desean que se les conceda este agradecimiento en forma de estado propio. Pero bueno, aún no hemos llegado a la virtual Gorkaland, seguimos en la llana Siliguri donde no hay nada de nada que hacer así que después de encontrar una habitación en un hotel normal nos dimos paseítos, fuimos a internet, me compré una camiseta por cien rupias (1.6€) y vimos la tele ¡Indian Idol! Me encanta. Bueno, y disfrutamos de la procesión nupcial del novio de la mencionada boda. Según la norma general la novia espera al desconocido en casita de sus papis a los que verá hoy por última vez en un tiempito, el novio llega con cara de susto montado a caballo en el caso de las familias pudientes y en este caso en coche. Delante de él, los invitados varones de la parte del novio van bailando frenéticamente a la cabeza de una procesión que se completa con músicos (percusión y viento-metal) y una escolta de ocho o diez sujetabombillas que proporcionan una estridente iluminación de barras fluorescentes conectadas a un generador de gasolina que anima a los músicos a reventar los niveles de contaminación acústica para amortiguar la pedorreta propia del motor.

A la mañana siguiente ya hicimos la maleta seguros de que llegaríamos a Gangtok, la capital de Sikkim, porque ya había terminado la huelga, pero los conductores de Jeep le dijeron a Antonio que nanai, que no nos llevaban, que pilláramos el autobús, pero como la cola era kilométrica y no avanzaba, Antonio habló con un conductor que nos llevaría a Darjeeling, ¡ea! A Gorkaland. Nos dio la sensación de que los dueños de los jeeps estaban siendo prudentes porque el día anterior habían publicado una imagen de un jeep que intentó pasar por tierras gurkas hacia Sikkim y fue apedreado después de hacer bajar a los turistas graciasadió. Total que para poder salir de la aplastante Siliguri tuvimos que cambiar nuevamente de ruta, ¡vale! en Darjeeling hace fresquito seguro.

Efectivamente, Darjeeling está entre montañas, nosotros no vimos ni una porque los días que estuvimos había una supernube envolviéndonos que no nos dejaba ver naíta. La gente parecía más amable que en el resto de la India, ¡no, no! La gente ERA más amable que en el resto de la India, no necesitamos mucho rato para pensar “¡Que les den la independencia, si no tienen nada que ver con los demás!” era increíble, de repente la gente te decía hola por la calle sin que después tuviéramos que acabar diciendo no a alguna propuesta comercial. El pueblo era una puritita cuesta y por todas partes veíamos porteadores acarreando de todo con una banda sobre la cabeza en plan hormiga, yo creo que es algo malísimo para las cervicales pero Antonio no está tan seguro. A ver qué os parece este ejemplo, la perspectiva no es muy buena, pero se entiende.


En Darjeeling había plazas para pasear y ponis para que los niños dieran un paseo por un precio sencillito, muchas tiendas de té, templos budistas y muchos turistas, sobre todo nacionales. Visitamos las plantaciones de té de Happy Valley que según nos dijeron vende casi toda su producción a los almacenes Harrod’s de Londres para que ellos multipliquen el precio por cincuenta, lo normal. En Darjeeling hay otras 83 plantaciones. Nos dieron una interesante charla sobre el proceso de secado del té y pudimos ver a las mujeres que lo recogen a mano y hoja por hoja (También os lo contaremos en persona a quien tenga curiosidad) a la salida de la fábrica una señora que vivía en una casita allí mismo nos engatusó para que pasásemos a tomar un par de tacitas de la mejor variedad por alrededor de un euro, estaba loca de remate y te hacía un estudiado simulacro de hospitalidad para que te fueras contento, nosotros nos fuimos meados de la risa.


En Darjeeling queríamos haber pasado dos días pero tuvimos que quedarnos más porque Antonio se puso malito con una comida que le sentó fatal aunque no era mal sitio para alargar la estancia. Finalmente dejamos Darjeeling y llegamos a Pelling en Sikkim oeste, desde allí podríamos avistar el Kanchenjunga (¿se dice así Aitor?) y organizar algunas excursiones a sitios de los alrededores. Nada más llegar a Pelling nos pusieron los pelin de puntin porque nos contaron que varias horas después de nuestra partida de Darjeeling había sido asesinado un líder de los tres partidos Gurkas, al parecer el más mayoritario a manos de un fiel de otro partido Gurka evidentemente menos mayoritario. ¿Os acordáis que el emblema de Gorkaland tiene dos cuchillos nepalíes?, pues usaron uno de esos para cortarle el cuello en un acto público en una plaza de Darjeeling, uuuuuh, este viaje es trepidante ¿eh?

No sé si sería por luto nacional o por otra huelga encubierta pero no tuvimos narices de que ninguna agencia de viajes de Pelling nos vendiera ninguna actividad ni ningún tour ni nada, pasaban de nosotros. He de decir que en Pelling había hordas de familias multitudinarias (17-20 miembros, vale, también las había de 6) que alquilaban jeeps completos con total alegría y desparpajo, aquí dos guiris regateadores no pintan nada. Bueeeeno, pues nada, a vivir la vida en Pelling y dar paseítos. La providencia quiso que al tercer día se despejara el cielo y el Khanchenzonga (es que bien-bien no se me ha quedado el nombre) mostrara por dos horitas ante nosotros, para ello Antonio tuvo que abandonar precipitadamente la cama, ya le conocéis, el duerme divinamente, pero mereció la pena.


En el pueblo había poco que ver pero tenían un par de monasterios budistas (gompas) muy agradables, en uno de ellos nos sorprendimos al presenciar el tiempo de ocio de los alumnos de la escuela budista jugando al Cricket y a artes marciales. Como aclaración que a mí me encantó conocer os diré que los niños son como monjecitos desde pequeños, algunos porque los manda la familia para que estudien allí y aprendan inglés entre otras cosas y otros porque son huérfanos y los recogen, pero todos tienen la oportunidad de dejar la vida monacal si lo desean, o al menos eso nos contaron unos monjes jovencitos.


Finalmente dejamos Pelling, ahora sí, hacia Gangtok, la capital del estado que está en el Este, fue un viaje larguito en jeep que me dejó el estómago despistado para un par de días pero se hizo ameno porque lo compartimos con unos turistas inglesa, alemán y estadounidense muy agradables. El alemán Chris y la inglesa Joe nos invitaron a compartir con ellos habitación esa noche y viajar juntos al día siguiente hacia Rumtek, un monasterio con varias casas alrededor en el que nosotros pasaremos un par de días y ellos solo la mañana. Tuvimos la gran suerte de llegar en las celebraciones del cumpleaños de buda y vimos una procesión que nos dejó a todos con la boca abierta, a nosotros por lo pintoresco y exótico y a nuestros amigos porque eran budistas y este ritual es muy importante en el calendario litúrgico de la religión de las montañas. En la procesión me cautivó especialmente la presencia de un niño gordito que según nos contaron era la reencarnación de un lama (os dejo unos segundos para que oigáis mentalmente la canción de Mecano “Ay Dalai”).


Bien, después de estos segundos musicales, seguimos con Rumtek. Después de la procesión buscamos alojamiento y entramos un ratito en la multitudinaria Pooja (en una descuidada traducción: misa) el niño lama jugaba con el tocado del monje que estaba al lado y hacía risas aunque el ambiente era muy solemne. Un largo pañuelo blanco recorría la sala en zigzag pasando por todas las bancadas de monjes, les repartían botellitas de zumo de mango a todos y luego un monje más mayor les repartió dinero, unas trescientas rupias por cabeza (5€) debe ser como el aguinaldo navideño para nosotros, de hecho ésta era su navidad. Nuestros amigos turistas se tenían que ir y salimos del templo, no importa, esa misma tarde el artista local que tallaba en cemento cabezas de dragón-león en la puerta de otro templo llamado Old Rumtek nos advirtió que a la mañana siguiente podríamos presenciar otra pooja en aquél monasterio. Allá que te van los dos ateos a otra misa a las siete de la mañana, a quien se le diga… La verdad es que nos encantó la experiencia, nos dieron desayuno y estuvimos un ratito charlando con unos monjes monísimos antes de la celebración.


El desayuno era un arroz caldoso que sabía a poco pero lo poco que sabía estaba bastante malo, era un arroz con leche pero cocinado con mantequilla de yak, bueno, nos lo habían ofrecido y había que tragar. Luego, dentro del templo fuimos los únicos extraños al monasterio en presenciar la pooja y nos invitaron a un té salado con mantequilla de yak, y dale con el yak, que estaba más asquerosito aún que lo de antes, pero como niños bien educados nos lo pimplamos enterito, con sus copos de avena y una especie de pestiño soso y seco que se te quedaba en la boca como un chicle de cartón. A la hora y tres cuartos acabaron y salieron escopeteados, nos despedimos del monje que nos hizo de anfitrión y cuando ya nos largábamos el artista de los dragones nos dijo que a dónde íbamos que aquello era un intermedio y que la pooja acabaría a las 3 o las 4 de la tarde, evidentemente apretamos el paso sin mirar atrás y al ratito estábamos en el hotel disfrutando de una maravillosa siesta antes de ir a comer. En catalán hay un término que me encanta para nombrar esta siesta “la migdiada del Canonge”, es decir, “la siesta del Canónigo” ¡qué oportuno! ¿Verdad?

Y con estas dosis de espiritualidad en el cuerpo salimos a la mañana siguiente de vuelta a Gangtok donde nos reencontramos con Mónica y Arturo, dos catalanes que conocimos durante nuestros días en Darjeeling, viajeros encantadores con los que pasamos una noche de cervecitas ¡chupi!

Al día siguiente partimos de Gangtok hacia Siliguri para coger nuestro tren hacia Calcuta (desde 2001 Kolkata) en un viaje sin retrasos porque salía de nuestra estación y fue puntual. Aquí acaba la aventura en las montañas sin trekking ni aventura porque os recuerdo que no nos quisieron vender nada, bueno sí que tuvimos una pequeña aventurilla en el campo, pero eso os lo va a contar Antonio en la próxima entrega.

Muchos besos a todos y gracias por seguir ahí, espero que ahora que se acerca vuestro verano no nos abandonéis como esa mascota que os entretuvo cuando los días eran más cortos.

Andrés.