jueves, 1 de julio de 2010

Malasia salvaje

¡Hola de nuevo! Sí, somos conscientes de que últimamente andamos un poco lentos con esto de publicar en el blog, pero es que hemos andado muy liados con muchas y muy variadas actividades. Algunas os las cuento hoy aquí, suponiendo que no tendré el éxito del relato que me ha precedido con Maricarmen la porterita como protagonista indiscutible. Aún así intentaré entreteneros unos minutos.

Como ya sabéis desde hace un par de entradas estamos en Malasia. Primera parada Kuala Lumpur (KL). Como ha contado Andrés hemos disfrutado de un contraste casi extremo con lo que veníamos viviendo en la India. Principalmente por el civismo que reina en esta capital, todo el mundo muy educado, el metro impecable, las calles limpias y una enorme amabilidad en sus habitantes. Por ejemplo, Andrés se ha olvidado puntualizar el estricto sentido único de los corredores en el tartán circular de KL, y la vigilancia constante por parte de un agente para que ningún peatón invadiera tal espacio restringido a los deportistas… ya quisieran en Sevilla vigilantes así los usuarios del carril bici de la ronda ¿no?

También nos han sorprendido las carreteras y los transportes. Hemos pasado de haber viajado únicamente por dos autopistas en los tres meses que hemos estado en la India, a marearnos en los escalextrics que nos llevaban del KLIA (KL Intenational Airport) al centro de la capital. Y hemos cambiado los cinco asientos por fila en los autobuses de India, “tres asientos corridos-pasillo-dos asiento corridos”, a los “dos super asientos-pasillo-un solo super asiento al otro lado del pasillo”. Eso no lo he visto yo en España ¿eh? Además cuando te reclinas se levanta el que yo llamo “apoya-gemelos”, y el autobús no lleva las ventanas abiertas, sino que siempre hay aire acondicionado. Y mira que aquí no hace tanto calor como en la India. En fin, lujo total.

También quería contaros que en KL he probado la rana por primera vez en mi vida. Andrés también se ha estrenado. Sí, y no sólo las tan famosas ancas, sino que nos hemos comido una rana entera, una señora rana, 400 g pesan las tías. Resulta que buscando algún puesto en la calle para comer baratito vimos que en uno de ellos tenían sobre una mesa una pecera llena de ranas enormes amontonadas unas sobre otras, vivas claro, a las que les llaman “chicken-frog”, traducido “rana-pollo”. No sabemos si las llamaban así por el sabor o por el tamaño. Nos explicaron que las troceaban, las limpiaban y las freían, y allí que nos decidimos a catarlas. Resultado: un manjar exquisito, una carne blanca y fina con un rebozado suave y crujiente. Nos quedamos con ganas de más, pero no era precisamente barata, 16 ringgits el bicho, cuatro euros, que aquí es un dinero. Si volvemos a KL repetimos fijo.

Y como último apunte nos ha sorprendido gratamente la situación de la mujer. Supongo que nos ha sorprendido por dos causas principalmente. Primero porque comparado con India, aquí la mujer trabaja fuera de casa, conduce, habla con hombres, y aunque lleva velo, se atreve a vestir los pitillos más apretados con sandalias de tiras y taconazos y bolso a juego. Todo esto es inimaginable en la cultura hindú. Y en segundo lugar nos hemos dado cuenta de los prejuicios que arrastramos acerca de los países islámicos y el rol de la mujer en tales sociedades tan ortodoxas. Y no es que ahora piense que en estos países las mujeres disfrutan de total igualdad con respecto al sexo masculino, como predicaba y perjuraba Maricarmen la porterita. Más bien me refiero al bombardeo informativo, o más claramente, la comida de olla a la que estamos siendo sometidos en los países de cultura occidental, léase terrorismo islámico, violación de los derechos humanos en el islam… en fin, reflexiones y pensamientos. Todo es matizable, y no parecen los musulmanes más ortodoxos los únicos que “amenazan” la libertad que “disfrutamos” en los países occidentales capitalistas. Ahí lleváis eso.

Pero basta ya de cavilaciones y consideraciones intelectuales, y vamos al lío con nuestro próximo destino y alguna que otra chorradita. Como ya habéis leído después de KL visitamos las Cameron Highlands y disfrutamos de la raflesia. Allí estuvimos tres noches y seguidamente nos dirigimos al Taman Negara, que traducido del malayo significa “Parque Nacional”. Es raro, porque no es el único parque nacional que tienen en Malasia, pero lo llaman sencillamente así. Será que es el más importante, “El Parque Nacional” con mayúsculas. Bueno no sé. Para llegar allí contratamos el transporte que nos ofrecía el hostel, una combinación de minibús y viaje en barco río arriba hasta alcanzar Kuala Tahan, la ciudad, o mejor dicho aldea, más cercana a la entrada del parque. En el minibús compartimos el viaje con una pareja de suecos, tres islandeses uno de ellos muy inoportuno en sus intervenciones que parecía más yanqui que otra cosa, una pareja alemana que habían sido Erasmus en Granada, Yogui y Tanjia, encantadores, y con los que compartimos comidas y excursión al día siguiente, y otro chico más que no abrió la boca y del que no pudimos deducir su procedencia. Las dos horas de trayecto fluvial resultaron espectaculares e hicieron que mereciera la pena el precio del billete combinado. La barca era de madera, techada y muy larga, e íbamos recostados de dos en dos disfrutando del paisaje, ambas orillas pobladas por una densa selva en ausencia total de aldeas o algún rastro de civilización. El agua era de color marrón y parecía que nos estábamos adentrando en zonas muy remotas y salvajes. Luego resultó no ser exactamente así claro, pero lo que sí es cierto es que en estos parajes se aloja la selva más antigua del mundo ya que ésta no fue afectada por las últimas glaciaciones, supongo que por una combinación de latitud y altitud que la protegió de la congelación.




Al llegar a Kuala Tahan nos dirigimos rápidamente junto con Yogui y Tanjia en busca de las mejores y más baratas habitaciones dobles de la aldea en Durian Chalet, en algo que se pareció a las carreras más competidas de Pekin Express. Los islandeses nos pisaban los talones y corríamos el riesgo de ser adelantados y de que nos arrebataran la oferta. Finalmente no fue así, y cada pareja encontramos una estupenda habitación doble equipada con mosquitera, tendedero para hacer la colada, una kettle y dos tazas, y en cuya puerta, que daba a un jardín precioso, los dueños del hotel prendían una espiral antimosquitos cada noche. Nada de lujos, pero el trato fue estupendo. En realidad hemos protagonizado carreras más encarnizadas contra otros turistas en la lucha por las últimas habitaciones o plazas disponibles. Concretamente recuerdo una en Sikkim en la que corrimos desesperados pero muertos de la risa, además de cargados con las mochilas, tratando de adelantar a un matrimonio indio que iba por una calle paralela. Andrés había preguntado anteriormente por plazas en un jeep compartido y sabíamos que sólo quedaban dos. También sabíamos que el matrimonio, con el que precisamente habíamos compartido el trayecto previo, tenía el mismo destino que nosotros, así que sólo había sitio para una pareja ¡nosotros! Parecíamos Alazne y su madre en sus peores momentos, ¡je, je! Después me sentí un poco mal porque se quedaron en tierra, pero es que tuvieron unos gestos y actitudes muy feas con nosotros en el viaje anterior.

Bueno que me lio. La intención era preparar una excursión a la selva de un par de días o tres, lo cual seguramente requeriría el pago de un guía o excursión organizada que nos dirigiera los pasos y nos facilitara la comida y el agua. Dormiríamos en una cueva o bien en un hide, esto último no sé cómo se traduce exactamente al español, pero es una cabaña en alto en medio de la selva desde la que puedes esperar bien callado y vigilando por una ventana para observar la posible vida animal qué pase por allí. En este caso podríamos ver elefantes salvajes, tapires, gibones, ciervos, jabalíes e infinidad de pájaros. Cuando preguntamos por las diferentes opciones que había, lo más barato resultó ser una excursión con guía de dos días y una noche durmiendo en un hide por la friolera de 110 euros los dos. A lo mejor no os parece muy caro, pero conociendo los precios de aquí y, sabiendo que dormir en el hide tan sólo costaba 1,25 euros por persona que se pagaban a las autoridades del parque, nos pareció un abuso. Otra opción era hacer el mismo recorrido por nuestra cuenta, ya que la excursión a ese hide en concreto no requería obligatoriamente el alquiler de un guía -mientras que a otros hides más lejanos sí- con la desventaja de acarrear nosotros con el agua y comida para dos días y peor aún, enfrentarnos a los peligros de la selva nosotros solos.

Mientras decidíamos qué era mejor, el primer día después de llegar a Taman Negara hicimos una pequeña excursión por el parque. En este caso el paseo fue por la zona más cercana a la entrada, de modo que todo estaba muy bien señalizado y podríamos volver al pueblo en pocas horas. Además fuimos tranquilamente con Yogui y Tanjia observando la multitud de flores diferentes, los helechos de mil y una formas, y la infinidad de bichos, orugas, arañas, mariposas y demás que pueblan el rain forest.







Lo más interesante de la salida fue llegar al famoso Canopy Walk del Taman Negara, un recorrido colgante que transcurre entre 30 y 40 metros de altura por las copas del los árboles, y que en esta caso es el más largo del mundo ya que tiene una longitud de unos 500 y pico metros. La mala suerte fue que estaban reparando una zona del mismo, y al final sólo disfrutamos de 270 metros de recorrido por las alturas. De todos modos fue espectacular, y la visión y los sonidos de la selva ahí arriba son únicos. Aquí os adjunto unas fotos para que os hagáis una idea.






Al final, tras un ataque de valentía y quizás también de racanería, no sé qué factor de los dos influyó más, decidimos adentrarnos en la selva por nuestra cuenta, asegurándonos antes de que los caminos estaban bien señalizados, pagando nuestros 2,50 euros para reservar dos camas en el hide y preguntando a los locales por las precauciones a tomar par que no nos faltara nada imprescindible durante nuestra excursión, cosas como cantidad de agua necesaria, saco de dormir sí o no, mosquitera… en fin. Igualmente sabíamos que de nuevo las afamadas leeches o sanguijuelas poblaban el parque, sobre todo tras días de lluvia como había sido el caso, por lo que preguntamos insistentemente a todo el mundo que pudimos la manera de evitarlas, ¡íbamos a estar dos días en la selva, y no estábamos dispuesto a acarrear ningún parásito chupasangre! Respuesta: Baygón anticucarachas. Sí amigos, el espray verde que se vendía en todas y cada unas de las multi-stores locales era el remedio que utilizaban los autóctonos para evitar las leeches. Según ellos era tan sencillo como rociar los zapatos y calcetines, nunca la piel directamente claro, con aquel espray, lo cual evitaría que los bichos subiesen por ellos en busca de piel en la que engancharse. ¡No compramos un bote sino dos!

Y allá que nos dirigimos al día siguiente, con una ruta por delante de 11 kilómetros y una estimación de seis horas para cubrir el recorrido. El camino transcurría en su mayoría por un trazado paralelo al río, y sólo en los últimos dos kilómetros se adentraba al interior de la densa selva donde se localizaba el hide. Ya nos habían avisado de que el trazado era relativamente duro, sobre todo por las subidas y bajadas constantes de los pequeños y no tan pequeños barrancos por los que se deslizaban arroyos que iban a parar al río que quedaba a nuestra izquierda. Y nada más comenzar el trekking allí estaba, cruzada en medio del camino, sin distinguir bien si era una raíz más en el suelo o no, una serpiente completamente negra y absolutamente quieta que por suerte pudimos reconocer. No llega a ser así y la piso, o se me mueve bajo los pies o algo y me muero del susto… Afortunadamente mientras la observábamos en la distancia retrocedió sobre sus pasos y se perdió en la hojarasca.

El calor era asfixiante, y la humedad no os cuento, lo cual combinado con las subidas y bajadas constantes y nuestra indumentaria de manga larga y pantalón largo, en la selva hay que cubrirse señores, hacía que estuviéramos sudando lo que no habíamos sudado en los tres meses de la India. Y no estoy exagerando. Además tampoco queríamos bajar mucho el ritmo ya que las amenazas de la jungla eran constantes, las leeches estaban al acecho paradas en medio del camino y esperando notar las vibraciones del suelo para ponerse a explorar como locas hasta encontrar donde engancharse, a algunos mosquitos y otros insectos voladores no parecía importarles el sabor amargo del repelente que cubría nuestra piel, e incluso un abejorro o lo que fuera aquello me embistió y picó en la frente provocándome un calorcito que afortunadamente no fue a peor. “Venga chico, que cuanto antes lleguemos a la cabaña esa antes descansamos, ya comeremos allí”, le decía yo a Andrés quien desistió de parar a comer sentado en un tronco al ver un par de sanguijuelas que se dirigían a sus zapatos como si de un imán se tratara. A todo esto el entorno y el paisaje eran espectaculares, solo que no estábamos en la situación de pararnos y recrearnos posando y haciéndonos fotos. Los peligros de la selva no eran pocos. A pesar de ello pude capturar a Andrés en una instantánea en la que no debéis de dejar de apreciar sus nada favorecedoras transparencias, ¡je,je!. Haced zoom por favor, así veis que no estoy exagerando cuando os digo lo que sudamos.



Por fin vimos un clarito en la selva. “Mira, ahí está el hide”. Unas largas escaleras subían a la cabaña que parecía estar a la altura de un segundo piso aproximadamente. Pero no fue tan fácil como subir y despojarnos de nuestras mochilas para descansar, comer y reponer fuerzas. Conforme nos acercábamos a la base de las escaleras un zumbido omnipresente y cada vez más ensordecedor nos rodeaba por completo. Sí, eran abejas, creemos, cientos de abejas que revoloteaban al inicio de las escaleras, a lo largo de todos los escalones y, sin apenas darnos cuenta, alrededor de nosotros, inspeccionando los colores de nuestras mochilas, persiguiéndonos cuando reculamos para alejarnos de la nube de insectos. A ver quién era el guapito que entraba en el hide, ¡menuda bienvenida! Evidentemente teníamos que dormir allí, no teníamos tiempo, y mucho menos fuerzas, para volver andando seis horas sobre nuestros pasos hasta el pueblo. El pánico se apoderó de la situación mientras dábamos vueltas sobre nosotros mismos y uno alrededor del otro avisándonos mutuamente de donde estaban las abejas que nos perseguían a cada uno… surrealista. Pero afortunadamente la psicosis no llegó a más, y el guapito que se atrevió a coger el seguío y subir las escaleras fue mi Andrés, que cuando menos me lo esperaba me dejó sólo allí abajo y con una cara de imbécil que no veas, mientras él ya se había refugiado y puesto a salvo en el interior de la cabaña.

¡Ea, pos nada, p’arriba! Y allí que me dispuse a subir las escaleras tranquilamente sin molestar a nuestras vecinas pidiéndole a todos los santos, vírgenes y cristos -en estas situaciones viene muy bien creer en estas cosas- que no me picara ninguna de aquellas zumbonas criaturas. Cuando alcancé el pomo de la puerta sin que nada hubiera ocurrido mis niveles de adrenalina bajaron de inmediato. “Uff, ¡menos mal!” Pero cuál fue mi sorpresa, pequeño saltamontes, cuando abrí la puerta y el zumbido dentro era igual que fuera “ahhh”. Evidentemente, la ventana alargada por la que de seguro –sí claro- avistaríamos la rica fauna salvaje del Taman Negara era una abertura sin cristal, ni mosquitera ni nada. Sinceramente, en ese momento me vi acabando como McCaulay Coulkin, o como se escriba, en su película “Mi chica”. Mira que hace años y tengo mala memoria, pues se me vino la película a la cabeza con total claridad.

Lógicamente aquello había que resolverlo. Afortunadamente nuestro equipaje llevaba todo lo necesario: mosquitera, chinchetas, pinzas y una cuerda para colocarla en las literas de madera, y antihistamínicos por si la cosa se ponía chunga como en la película. Lo único que faltaba era paciencia y autocontrol para no entrar en pánico mientras colocábamos el dispositivo protector. Nuevamente tuvimos éxito y nos pusimos a salvo lo más rápidamente posible. Además llevábamos parches de piretrina para repeler los mosquitos que de seguro también entrarían por la ventana, eso fijo. Coronel Tapioca total, pero esta vez con razón, por no hablar de las pastillas potabilizadoras de agua que nos permitieron beber agua de los arroyos cuando acabamos con los seis litros de agua mineral que portábamos inicialmente.

No hace falta decir que estamos vivos, que resolvimos la situación con éxito y que al menos pudimos dormir, eso sí, no vimos tapires, ni elefantes, ni cochinos-jabalíes ni na de na… en fin, nos conformaremos con los impresionantes sonidos de la selva y con haber superado con éxito esta aventura. A continuación os pongo una foto del chiringuito que nos montamos. Se nos ocurrió arrimar la litera a la ventana de modo que a través de la mosquitera podíamos observar el claro de la selva protegidos de las abejas. En la segunda foto aparece la vista que teníamos desde el hide.




Al día siguiente lo mismo. Otra vez las abejas. Pero solo hacía falta recoger y pirarnos. Teníamos pensado hacer la vuelta por otra ruta diferente a la del día anterior, de modo que la ruta final sería un recorrido circular que nos llevaría de nuevo al pueblo. Pero esto pudo ser. En el nuevo itinerario hacía falta cruzar un río por una zona en la que no había puente. El poder hacerlo o no dependía de los niveles de agua que llevara el cauce, y parecía que en estas fechas era suficiente como para cubrirnos hasta la cintura. No estábamos dispuestos a empaparnos y continuar la ruta de vuelta con los zapatos empapados, así que decidimos tomar el mismo camino que el día anterior pero en sentido opuesto. La decisión fue matadora, ya que desde las primeras horas notábamos el cansancio acumulado, la falta de buena alimentación y la mala noche en esas literas de madera sin colchón. De nuevo gracias a nuestros aislantes pudimos dormir algo. Las constantes subidas y bajadas estaban acabando con nuestras fuerzas, pero de nuevo no queríamos bajar el ritmo. En algunos momentos en los que ascendíamos barrancos casi verticales enganchados a una cuerda creí que no podía… Finalmente llegamos a Kuala Tahan en menos tiempo del esperado en comparación con lo que habíamos tardado el día anterior.

- ¡Mira Andrés!, aunque tuviéramos pensado irnos mañana a las islas de la costa este, yo necesito un descanso. Mañana nos quedamos aquí sin hacer nada, dormimos, comemos en el restaurante flotante ese que nos gusta y ya está- sugería, o más bien informaba, a Andrés.

- Venga vale, por mi encantado –

Al día siguiente recobramos fuerzas. Además encargamos en el hotel que nos pusieran una lavadora. ¡La segunda colada que encargamos desde que estamos de viaje! Llevábamos ya tres meses y medio lavando a mano como las antiguas. Es duro… y no queda igual que a máquina. ¿O seré yo? Que no sé frotar bien…

Y aquí fin de nuestra aventura forestal, ya que dirigimos nuestros pasos a la paradisíaca costa este de Malasia peninsular. Nuestra primera parada Pulau Redang, una isla que según teníamos entendido era uno de los mejores sitios del mundo para hacer snorkelling dada la claridad de sus aguas. Lo único malo es que para poder disfrutar unos días allí estás obligado a contratar un pack de viaje que incluye bote a la isla, alojamiento en hotel con pensión completa y salidas a distintos punto a hacer snorkelling. A esta isla no existe transporte local que puedas coger por tu cuenta, ni siquiera existen alojamientos para viajeros independientes que no tengan reserva previa, así que decidimos pagar un extra sobre nuestro presupuesto y disfrutar de esas afamadas aguas y sus arrecifes de coral.

La experiencia no fue exactamente lo esperado. Os cuento. Nada más bajar del minibús, que nos dejó en el embarcadero, nos vimos rodeados de decenas de familias chinas de tres generaciones que se amorraban impacientemente a los barcos todavía no preparados para salir. Las chinas ya disponían de pamelas que acababan de comprar en los puestos del embarcadero, y no se habían dejado atrás sus cestas repletas de comida y snacks para su excursión del año. Como nota discordante estábamos Andrés y yo, los únicos occidentales, y una pareja de musulmanes malayos que no paraban de hacerse fotos de una manera compulsiva en todas las posturas y gestos… no exagero, en el viaje de vuelta lo pillamos a él autofotografiándose haciéndose el dormido en los asientos del bote ¡muy fuerte! El hotel resultó bastante decente, bueno, concretamente el mejor hotel en el que hemos estado hasta ahora, pero sin lujos. Eso sí, el enclave era espectacular. Y allí que nos las aviamos para conseguir comida y relajarnos entre las hordas de chinos que bajo nuestro punto de vista resultaron ser de lo más entretenido. Otros hubieran muerto de desesperación.

Así que allí estuvimos dos noches y tres días, saliendo a hacer snorkelling por distintos puntos del archipiélago, y jartándonos de café, tostadas y postres chinos entre una excursión y otra. Nada de manjares exquisitos pero cantidad no faltaba, que eso también cuenta. Los fondos marinos nos deleitaron con pequeños tiburones, multitud de peces payasos en sus anémonas, alguna que otra raya e infinidad de peces de colores. No son los arrecifes más bonitos que hemos visto, pero el agua sí que era la más clara. Como curiosidad os cuento que las mujeres musulmanas no se privan de hacer snorkelling, eso sí, con pantalones largos y camiseta de manga larga, y las gafas y el tubo colocados encima del velo ¡toma ya! A continuación o pongo unas fotitos de la isla con algunas poses de lo más natural. Todo para vosotros. La experiencia submarina fue mejor en nuestra siguiente etapa, pero eso ya le toca a Andrés, que yo ya me he colao escribiendo –no creáis, que me ha costao lo mío-.







Y por último os adjunto un mapa muy chulito de la ruta que llevamos hecha, no sé hasta que momento está actualizado. Una cortesía de María y de mi hermano Aitor, que se lo han currado que no veas. Desde aquí mil gracias y un beso enorme. Todo para que nos sigáis con más facilidad y mejor orientación. Mil besos a todo y hasta pronto.

Antonio


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sábado, 19 de junio de 2010

Sorprendente Kuala Lumpur

¡Ah, viajar! La vuelta al mundo, cambiar de país, el intríngulis de una cultura nueva, la incógnita, la sorpresa y la ilusión de la novedad. La verdad es que se nos había olvidado que teníamos que visitar más países, la India nos atrapó en su ritmo lento y largo por su interminable geografía y ahora sentimos de nuevo la emoción del primer día. Kuala Lumpur parece no ser un destino turístico muy jugoso, eso dicen, pero a Antonio y a mí nos gustan las ciudades, al fin y al cabo nosotros mismos vivimos en ciudades. Luego también visitaremos otros destinos en el país, entre ellos un parque nacional, playas, ya veremos.

Perdonad si el relato de hoy es por un lado un poco largo y por otro un poco desestructurado, es que hace bastantes días que hemos estado de excursiones y actividades y no hemos parado ni un segundo así que no nos hemos puesto a escribir, esto explica pues el silencio tan largo, lo siento Roberto hijo. Espero que no os rindáis y nos sigáis dando otra oportunidad.

Nada más llegar a Malasia empezamos a notar el fortísimo contraste con la experiencia india, el autobús del aeropuerto a la ciudad era como un sueño, iba a cien por hora o más, por unas autopistas presiosas, con aire acondicionado, asientos con la tapicería nueva, ¡y reclinables! Eran demasiadas comodidades juntas, estábamos al borde de las lágrimas cuando a través de las impolutas ventanas de ese palacio con ruedas pudimos disfrutar de nuestra primera vista sobre las torres Petronas, impresionantes. Las torres llevan el patronímico de la empresa que las construyó, es decir, la compañía nacional del petróleo de Malasia, y durante unos cuantos años disfrutaron del título de construcción más alta del mundo. Hoy día tienen el record de consolación de las torres gemelas más altas del mundo, bueno, algo es algo.



Habíamos reservado unas literas en un dormitorio compartido en Chinatown, mañana nos darán una habitación doble para nosotros solos, llegamos tarde y antes de dormir salimos a dar una vuelta por Petaling Street, la calle principal del barrio chino. Es un tramo de unos quinientos metros cubierto con una pérgola ondulada sembrada de farolillos rojos que aunque muy tranquila por la noche de día se pone literalmente maciza de tenderetes de ropa y accesorios de marca cien-por-cien-totalmente originales.


Farolillos de Petaling street

Una cosa que nos encantó de Chinatown fueron los horarios, esa noche nos comimos unos noodles (fideos chinos) fritos con sus gambitas y todo a la una de la madrugada. Más adelante repetiremos la experiencia incluso más entrada la madrugada encontrándonos en la mesa de al lado familias que bajan a cenar a las dos o las tres con los niños en pijama, muy de barrio y muy entrañable, la verdad y muy cosmopolita. Yo siempre he pensado que los supermercados chinos en Barcelona dan muy buen servicio porque tienen unos horarios de apertura súper extensivos y una miscelánea de produrtos más que suficiente para cualquier emergencia doméstica, ¡pero en Kuala Lumpur son 24 horas 365 días al año! Además aquí los súper de los chinos son muy graciosos porque imitan hasta en el color de los carteles a los internacionales “seven-eleven”, que pueden estar en el local de al lado, pero a ellos les da igual, copian y punto.

Según tengo entendido en China las copias son legales puesto que no existe la propiedad intelectual. A los propietarios de las marcas, aunque digan lo contrario en los medios de comunicación occidentales, les encanta que los chinos se familiaricen con las falsificaciones de sus productos para fomentar en ellos el deseo de poseer un original en el más que posible caso que alguno de ellos aumente su nivel adquisitivo. La ley en Malasia no sé qué dice a este respecto, en otras materias sí estamos algo informados y sólo os diré que Antonio y yo lo más cariñoso que nos dedicamos el uno al otro es preguntarnos la hora. ¡Bueno! ¡bueno! ¡bueno! ¡nos ha pasado un caso…! Os cuento:

Resulta que Malasia es un país islámico ¿de acuerdo? Tiene sus leyes laicas pero también se puede aplicar la ley islámica si alguien comete un delito. No sé quién elige, hay un caso conocido de una chica que bebió cerveza y su papá elgió la ley islámica para que la azotaran públicamente por su tropelía, bueno, cosas de familia. La homosexualidad islámica, es decir para los musulmanes, está terminantemente prohibida y esto conlleva o se sustenta sobre la base de una terrorífica pena de cárcel con azotes, con vapuleo público y muerte social de toda su familia y los que le hayan dirigido la palabra en los últimos cinco años. Bueno estoy exagerando, lo sé, pero es que yo me hago caca con estas cosas, perdonadme. El tema se me va de las manos, os sigo contando.
Como Kuala Lumpur es la capital del país, pues aquí está la mezquita nacional, evidentemente nosotros fuimos a visitarla porque a pesar de nuestro ateísmo ya explícito en estas páginas y por nuestro interés antropológico y arquitectónico, nos pirra un templo, no sé por qué. La Masjid Negara (traducido mezquita nacional) es una construcción bastante moderna, tiene un aire como de pabellón de la Expo, con muchos soportales y un bosque de columnas alrededor que sostiene una techumbre para dar sombra y cobijo a un grandísimo número de fieles que acuden aquí a rezar, sobre todo los viernes.


Columnata de la mezquita

En el centro de este enorme techo se encuentra la sala principal, enmoquetada y aireacondicionada. ¡Ah sí! Sí sé por qué me gustan los templos, son edificios generalmente espaciosos y si tienen la suerte de no haber contratado a un arquitecto demasiado grandilocuente y ególatra resultan acogedores a pesar de su tamaño. También hay templos pequeños ¿verdad? Pero este no es el caso. Los templos suelen tener una decoración que impresione a los feligreses, casi siempre están limpios y a veces hay algún aroma en el ambiente que te resulta relajante, inciensos, velitas, los musulmanes no gastan y quizá por eso me resulte algo fría esta sala, sin olvidar que está a 20 grados menos que el exterior. Los templos siempre son interesantes.


Sala de oración de la mezquita nacional

Bueno ¡al caso! ¡al caso!, cuando nos acercábamos a la puerta que da acceso a la sala nos encontramos con un chico bajito, jovencito, sonriente, con los bracitos cruzaditos como un profesorcito y con mucha cara de malayo (son chinos morenitos, muy cucos) que nos dijo que no podíamos pasar a la gran sala de oración y nos preguntó que de dónde éramos, que si musulmanes o cristianos, en fin rutinillas de portero. Antonio fue contestando a todo el cuestionario que yo interrumpí un segundito para preguntar si podía hacer alguna foto al interior, el chico asintió y yo me puse a lo mío. Cuando retomé la conversación la cosa había tomado unos cauces más que truculentos y el portero estaba diciendo que los musulmanes tenían mucha más fe porque (voy a hacer una pausa para mostrar mi más profundo respeto a las personas que profesan cualquier tipo de fe, pero que me perdonen los que administran la fe, porque en algunos casos se les va la olla) el Corán dice la verdad, y además está totalmente en consonancia con la ciencia actual, no como los Cristianos porque eso de la Virgen María no se lo traga ni pirri (permítaseme una traducción adaptada a mi estilo).

El peso argumental era apabullante, la velocidad con la que hablaba y la agilidad con la que encontraba explicación para todo daba un poco de grima, y Antonio y yo que pasamos del tema hondamente nos veíamos allí argumentando perogrulladas con ese pobre chico que tenía la cabeza alicatá hasta el techo con versos coránicos. Por arte de birlí birloque el porterito quien, por cierto, comenzaba a acentuar una sutil pluma (amaneramiento) que ya le veníamos notando desde hace rato, nos hizo bajar unas escaleras y pasar a un despacho para regalarnos unos folletos sobre las temeridades científicas que supuestamente el Corán había predicho hace mucho tiempo. Una de las mejores es que según los autores del folleto (escrito en español por la, agárrense, mezquita de Granada) el Corán aseguraba que en algún momento de la gestación el feto o el embrión humano era como una materia masticada porque se parecía a una goma de mascar usada y que luego resulta que se ha demostrado científicamente que eso era así ¡toma geroma! ¡qué cosa tan absurda! ¿Y esos son los pilares de la fe? ¡Pues pitando de aquí que esto se nos cae encima! Yo creí que se me salían las órbitas de las cuencas y Antonio no quería arrepentirse de haber estudiado biología pero al final lo hizo. Como fuimos pudiendo, nos fuimos acercando a la puerta y conseguimos dejar al porterito en la puertecita donde le habíamos encontrado. No dábamos crédito, habíamos sufrido acoso religioso ¡nosotros! Yo le tuve que decir algo antes de despedirme y sin anestesia le coloqué que debía viajar un poco por Europa, que se relajaría bastante. Él creía que le proponía un viaje por los centros cristianos y católicos de más rancio calado a ver si se calmaba su fiebre coránica, ¡noooooolr! yo lo que le estaba deseando con toda mi imaginación era un carnaval de Sitges y un día del orgullo gay por todo lo alto ¡disfrazado de brasileña! Cuando nos alejamos apenas diez metros ya le habíamos rebautizado, ahora era Maricarmen la porterita ¡venga hija! con dios, nunca mejor dicho.

No salíamos del asombro, no nos lo podíamos creer, aquello no tenía sentido, ¿con esa pluma y de guardián de la fe? Pobre chico, pero qué trabajo de orfebrería no le habían practicado a esta criatura en el cerebro para estar así, no sabíamos si dar pie a la compasión, la indignación o sencillamente seguir corriendo lejos de allí. En fin amigos, como os decía antes, respeto seriamente a todas las personas que profesan alguna fe, también a Maricarmen la porterita, pero era muy alarmante para nosotros que un chico que en Sevilla sería una digna sucesora de la Esmeralda (tiren de Google) por su arte y su tronío y un manejo de las manos que ni los claveles de la Macarena peinan el aire con tanta sevillanía. Que quede claro que a un servidor de ustedes jamás se ha metido a opinar sobre la sexualidad de nadie, el que la lleva la entiende, pero es que este caso concreto nos hizo saltar por los aires porque el chiquitín era más pesado que una vaca en brazos y porque en un país con esta normativa sobre con quién se debe uno ir a dormir o no, este chico debería estar escondido en alguna parte y no en la Mezquita Nacional, es decir, ¡la boca del lobo!. En fin, que Alá le ilumine el camino a Maricarmen la Porterita.


Obreros decoran una cúpula de la Mezquita Nacional

A todo esto yo os estaba contando que la primera noche habíamos salido a horas intempestivas a cenar chino, pues bien, a la mañana siguiente las riadas de Louis Vuitones, Pradas, Guccis y Paul Smiths habían tomado la calle central de Chinatown, nosotros no somos clientes de marcas y menos de copias así es que nos entreteníamos más en salivar ante los puestos de frutas exóticas. Una mañana nos compramos rambutanes y pitahayas para después del desayuno ¡mmmmm! También hay muchas flores, hay un chico que sólo vende flor de loto, kioscos de bebidas que se entregan en bolsitas con una cañita para llevar y beber por la calle, puestos de castañas tostadas, aquí se deben dar todo el año, no sé yo qué especie de castaño es ese, pero de todos modos no apetece con este calor, ah! Maria José, la castañera de aquí va en mangalasisa, claro (esto es una broma interna con Maria José Ortuño, no le deis importancia los demás, seguid leyendo).

Después de desayunar en un sitio que tenía algo más que noodles y cosas fritas dimos una vuelta por las librerías más completas de la ciudad para buscar alguna guía de malasia y de nuestros próximos destinos en el sudeste asiático, no nos podíamos creer los centros comerciales que estábamos visitando. No es que seamos unos locos de las compras pero, comprendednos, venimos de tres meses en la India y ahora nos metemos en tres centros comerciales de lujo seguidos pues estábamos superados (nota: no es que en la India no haya shopping malls que es como se le dice en inglés a los centros comerciales, es que allí están en zonas aisladas totalmente exclusivas para pijos y no hay nada alrededor más que zonas residenciales aisladas totalmente exclusivas para pijos). El centro comercial más total-exclusivo-súper-élite era el que está al pié de las torres Petronas, en la librería de este centro nos volvimos turulatos con tantas secciones con tanta cantidad de libros en cada sección, estábamos flipados. Después nos dimos un paseo alrededor de las torres por un parquecito cercano que tiene un tartán de atletismo público para la gente que sale a correr, ¡qué detalle! Es un poco apabullante mirar hacia arriba y ver esos pedazos de edificios ahí al lado, parece irreal, algunas nubecillas pasan a media torre y te imaginas ahí trabajando ¡qué raro!





Después otra vez noodles, bueno, me ahorro el tener que repetirlo, yo he comido y cenado noodles todos los días porque me rechiflan, Antonio coquetea con el arroz de vez en cuando, pero a mí un fideo es que me pierde, me gusta todo lo chino y lo japonés, no entiendo de dónde me viene… ¡qué cosa!

Entre fideos y fideos hemos visitado una buena variedad de cosas en la Ciudad. He de decir que a mí lo que más me ha gustado son las torres, pero me encantó encontrarme en plena calle con un flamante museo textil de Malasia en el que explicaban muchas técnicas de tejido, teñido y decoración textil tradicionales de los diferentes estados de Malasia a lo largo de la historia, había una explicación de cómo los Sapiens del neolítico se hacían ropas con cortezas de árboles, a mi este tema es que me encantísima como diría mi amiga Belén (un besito guapa me parece que esta vez me vuelvo a perder el parto, todovaasalirbien). Había una detallada explicación con esquemas y vídeos de cómo realizan el batik en Malasia. Totalmente recomendable para aficionados al mundo del textil.

Antonio sin embargo disfrutó mucho más en el museo de historia nacional, allí pudimos enterarnos un poquito de dónde venía esta nación y en resumidísimas cuentas se trata de un territorio liberado de una colonia inglesa que anteriormente había sido portuguesa e intento de holandesa y que anteriormente había sido el imperio de Melaka, muy importante porque un solo rey se había hecho con las coronas de todos los reinos antiguos, mira os lo he explicado del revés. De aquellas coronas debió quedar algo ya que parece que en Malasia hay unos doce o trece reyes y el título de rey reinante, valga la redundancia, lo van pasando en relevo, como lo de la presidencia de la comunidad en los bloques de vecinos. Por cierto estando nosotros en Kuala Lumpur se ha celebrado el cumpleaños del rey que toca ahora y el campo de cricket que hay delante de la Corte Suprema lo han dejado precioso, han puesto unas pérgolas con banderitas y la bandera que ondea en el mástil más grande del mundo está recién planchada. Además hoy han venido a ensayar los militares que se ve que tienen que hacer un desfile o algo. La verdad es que el uniforme tiene gracia, llevan un pequeño sarong (como un pareo) corto encima de los pantalones que les da un aire muy exótico. ¡Qué monos oye!



Hemos pasado unos días muy agradables en Kuala Lumpur, la verdad, paseando arriba y abajo, comiendo en tenderetes humeantes y baratitos, una tarde fuimos a visitar el jardín de los hibiscos y las orquídeas, ay Cris Gamell, te habría encantado estar aquí con tu cámara puesta en la opción “mis colores”, a mí me han encantado especialmente los hibiscos, que en España dice Antonio que se le llaman pacíficos.


Pacífico en flor

Una noche salimos a dar una vuelta por la marcha de Kuala Lumpur, habíamos leído que los gays de aquí tienen un par de sitios habituales con actuaciones y travestis (por aquí se les llama lady boys) y no nos lo podíamos perder, con la orientación puesta a punto y un trazado de monorraíl que funciona como un reloj no tardamos en llegar a la zona donde encontraríamos ese par de bares, yo iba con ganas de reírme, tenía como una guasa, íbamos mirando los nombres de las calles pero no veíamos más que callejones. Claro, en uno de esos puede estar el bar en cuestión. A lo lejos, en una esquina vi un grupito de chicos jóvenes con mucho estilismo de pelo y un look más que producido, nos seguíamos acercando y yo iba mirando a ver quién parecía el más abierto para preguntarle por el club que buscábamos pero mi ojo acostumbrado a conjuntar ropa detectó una nota discordante en aquél grupo, iba como en chándal pero sin gracia, como fuera de lugar, de pronto fue como si me cambiaran el pie derecho por el izquierdo, comencé a caminar sin sentir las piernas, era como si todos los sonidos del mundo hubiesen cesado y sintiera el mismo girar del planeta, mis ojos estaban recibiendo una información que mi mente se resistía a procesar, ¿qué estoy viendo? ¿es un yonki? ¿es un mendigo? ¡no! ¡es Maricarmen la porterita!

¡Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo! Cielo santo por Alá qué hemos hecho mal, ahora ya no le podremos preguntar a ninguno del grupo por el bar porque el energúmeno este no necesita mucho para pegarse aquí media hora contándonos movidas religiosas, contrimás si le preguntamos por un club gay. Yo le dije a Antonio, quien vivía en la ignorancia, que mirara hacia delante, que mira quién está aquí, que no mire, que mire, que no mire, ¡Helouuuuuuuu! ¿cómo tú por aquí? Adios adioooooooooooos, yo no detuve el paso ni mijita, a mí no me pillaba ni de coña, y en cuanto anduvimos dos metros más comenzó el pitorreo, ¡lo sabía! ¿dónde iba a estar si no? ¿Será posible con la tabarra que nos dio? ¡Esto es doble vida y lo demás es cuento! ¡Qué callado se lo debe tener! Y así seguimos caminando hasta que nos dimos cuenta que seguramente nos habríamos pasado de la calle del local que buscábamos.

Tras una pausa de reflexión volvimos con determinación a preguntarle a Maricarmen la porterita por el local. ¡Helou! perdona Maricarmen, ¿dónde está el Blue Boy? Y en ese momento ya empezó ella a hacer aspavientos y carcajadas ¡lo sabia! - decía la porterita- en cuanto os vi esta mañana lo sospeché con esos pendientes, claro, claro, blablá, el Blue Boy está en esta calle ahí al fondo a la derecha. El tío se lo sabía perfectamente y estaba en toda la esquina, confirmado Maricarmen es gay.

Así que finalmente llegamos al local que buscábamos para pasarnos todo el rato que nos duró la cerveza que nos tomamos (sólo una porque nos costó 22 ringgits, unos 5.5€) comentando lo fuerte que era el acontecimiento que acabábamos de vivir. Definitivamente la religión es un rollo. Como en el local no había mucho ambiente la cerveza era carísima y el espectáculo tardaría en comenzar, nos largamos a dar un paseo de vuelta al hotel, no habíamos caminado ni cien metros cuando en otra esquina nos volvimos a encontrar con lo más pesado de Malasia, sí, claro que sí, Maricarmen. Ahora sí que nos pilló y acabamos preguntándole, pero tu ¿eres gay? Y él con esa manera compulsiva de explicarlo todo decía que no, que él no podía porque estaba la ley islámica y que él era muy respetuoso, claro.

Pobre chico, allí se quedó bajo las vías del monorraíl dando vueltas por la zona donde los gays que o no son musulmanes o no se lo toman tan a pecho se congregan para divertirse, es una zona muy bulliciosa de Kuala Lumpur entre los centros comerciales que tienen las fachadas llenas de neones y pantallas con anuncios, daba cosita de verle a él con su chándal que le queda fatal y una botellita de agua en la mano porque de alcohol nanai. Según nos dijo se paseaba por allí porque le hacía gracia ver a los gays porque se vestían muy graciosos y muy creativos, ángelito.

Bueno y ya no os como más el tarro con Maricarmen la porterita, que va a parecer esto un folletín de posguerra con estos personajes.


Nos encanta el Monorraíl

Como dije al principio era muy probable que me fuera de una cosa a otra y ahora me he acordado de que un día fuimos a la oficina nacional de turismo a ver unas danzas populares, fue muy divertido y al final nos hicimos una foto con los bailarines porque se ponían allí a posar a propósito y nos hizo gracia.




Después nos dimos una vuelta para ver las torres de noche y, si de día me habían gustado, de noche nos maravillaron. Parecían salidas de una película futurista pero de las antiguas, no podía parar de mirar para arriba y hacer fotos desde todos los ángulos. Las habíamos visto hasta desde dentro porque se puede subir al puente de forma gratuita. El puente está en la planta 41, de 84 que tiene en total, y es una salida de emergencia para pasar a la otra torre, pero de noche es que tienen un atractivo.



Un edificio vecino refleja las Petronas




Hemos pasado unos días muy agradables en la capital, pero teníamos que seguir y decidimos
tirar para las Cameron Highlands, una zona por el centro del país que prometía paisajes preciosos de campos de té entre la selva y una flora extraordinaria, sobre todo la raflessia, una de las flores más grandes del mundo. Pues bien, cuando llegamos allí nos encontramos con que las highlands son la huerta de Malasia y están llenas de invernaderos de fresas y lechugas hidropónicas que quiere decir que se cultivan en agua con ingredientes, y cada vez que salías de excursión sólo veías plástico, parecía Almería, salvando las distancias. Había trozos de selva muy bonitos y los campos de té eran muy grandes y verdes pero en realidad la visita a las Cameron highlands se salvó porque pudimos ver la raflessia. Parece una cosa de cuentos, me recuerda a los dibujos animados de fantasías en el bosque, ¡es enorme! Por lo visto es una planta parásita que sólo florece, no tiene ni tronco ni hojas ni nada, se engancha a alguna planta y ahí crece, y cómo crece. También dimos unos paseos por la selva nosotros por nuestra cuenta, pero la verdadera aventura en la jungla la veremos en el próximo capítulo.





Antonio y yo coronados con helecho en la excursión para ver la raflessia

Ahora os dejo que ya está bien por hoy.

Muchos besos, y gracias por seguir ahí, para nosotros es muy importante, aunque penséis que estamos a la vida vidorra y que no nos acordamos de nadie no es cierto, es verdad que estamos de vacaciones pasándolo rechupi, pero también es muy raro estar tanto tiempo sin amigos, así que por favor, escribidnos unos meils que no os cuesta nada. Quería dar también las gracias por seguirnos a todos los anónimos amigos de amigos que han recibido el link y, aunque no nos conozcamos, nos estáis siguiendo, eso tiene un valor extra así que para vosotros gracias-gracias.

¡No orvidarnooooo!