domingo, 1 de agosto de 2010

Regreso a Vientiane y Laos centro

¡Hola queridas/os! A estas alturas de canícula no esperamos una audiencia abrumadora, pero igual queda algún fiel seguidor, sí Mari Asun que sé que estáis ahí, así que aquí estamos de nuevo. Muchas gracias por seguirnos, de verdad, vuestra compañía virtual se nos hace muy cálida y amortigua en parte la lejanía de vuestras presencias. Perdonadme si muestro un tono algo afectado y rimbombante, es que me he tragado dos novelas seguidas de Jane Austen, me encanta.

Con Antonio nos habíamos quedado en el regreso a Vientiane por carretera en sustitución del trayecto en barco que pensábamos hacer. Una vez de regreso en la capital de Laos, no queríamos permanecer demasiado tiempo, pero antes de partir hacia el sur hicimos una visita que considerábamos muy importante. Se trata de COPE, una organización que se dedica sobre todo a ayudar a víctimas de accidentes relacionados con material explosivo. También ofrece su apoyo a personas que hayan perdido de alguna extremidad en otro tipo de accidente o a causa de alguna enfermedad. Tienen una exposición permanente con explicaciones sobre las bombas y la peligrosa relación de dependencia que la población rural guarda con ellas, una muestra del trabajo que realizan como ortopedas y rehabilitadores, vídeos y fotografías contando la historia de algunas víctimas y una sala con documentales. Nosotros vimos uno muy interesante sobre los trabajos de detección y desactivación de bombas por un equipo australiano que estaba seleccionando y formando a nuevos técnicos de entre la población local.

Entre los años 1965 y 1975, el gobierno de los EEUU bombardeó Laos con 2.093.100 toneladas de material explosivo durante 580.944 salidas aéreas según datos oficiales, un promedio de un vuelo cada nueve minutos. Eran bombas de racimo que estaban pensadas para abrirse antes de tocar tierra y desparramar unas trescientas o cuatrocientas minibombas (aquí les llaman “bombis”) que a su vez escupían incontables partículas de metralla al contacto con el suelo, una auténtica filigrana. Por suerte o desgracia el material debía tener alguna laguna en su diseño, y se calcula que un nada desdeñable 30% de los artefactos no funcionó bien en su momento, con lo que yace semienterrado en los campos de casi todo Laos; lo malo es que aunque en su día no funcionaran, todavía pueden hacerlo. El coste económico de semejante campaña fue de unos dos millones de dólares al día durante ¡nueve años! de fuegos artificiales a lo largo de toda la geografía del país. En cuanto al coste en vidas al parecer nadie sabe cuánta gente murió entonces, pero el asunto es que siguen muriendo personas y otras sufriendo terribles mutilaciones cuarenta años después.

En áreas rurales con los recursos limitados a la pequeña producción agrícola y la ganadería doméstica, la búsqueda y venta de la chatarra procedente de las bombas, sobre todo por niños, constituye una entrada económica muy superior a cualquier otra. Así, entre el desconocimiento relativo del peligro potencial de la chatarra y la necesidad económica de estas comunidades, el tema parece obviarse y nadie impone un remedio definitivo. De vez en cuando mueren cuatro o cinco chiquillos, pero me imagino que todos pensarán que a sus hijos no les va a ocurrir, así que los padres cruzan los dedos cuando los niños salen, y ponen la mano cuando regresan. El gobierno no parece dispuesto más que a lanzar una campaña educativa de vez en cuando, de un modo u otro hay un sector de la población que remienda sus miserias con este cambalache y, pensando fríamente, la administración busca el bienestar del pueblo ¿no? Además los intermediarios de la chatarra, que ganan una buena cantidad de dinero, están bien organizados y supongo que dejarán un porcentaje de esa ganancia en el bolsillo de algún ministrillo. O sea que entre las autoridades se impone la ceguera por encargo, ¡qué cosa tan común!

Las ayudas de otros países para la localización y desactivación del material explosivo van haciendo lentamente su tarea pero, según el ritmo actual, pueden tardar cien años más en acabar con el último rastro. Los Estados Unidos, contradiciendo su espíritu magnánimo, sólo aportan unos seis millones de dólares al año, lo que solían costar los bombardeos de tres días. Se conoce que no están muy arrepentidos.

Yo intentaba entender por qué Estados Unidos tenía ese afán de bombardear Laos, cuando quedé pasmado al saber que el país había sido declarado neutral en la conferencia de Ginebra en 1954. En dicho acuerdo se prohibía la presencia de militares extranjeros en su territorio. ¿Entonces? Bien, resulta, según la versión “más oficial”, que en esos momentos USA estaba en pleno delirio de Vietnam y los vietnamitas del norte (los malos y comunistas) pasaban al sur (los buenos, aliados con EEUU, claro) utilizando la conocida como “Ruta Ho Chi Minh”, que cruzaba Laos casi de norte a sur por el este. Yo no sé cuántos vietnamitas utilizaban dicha ruta, pero da la sensación de que Estados Unidos reunió a su consejo de sabios para inventar lo de matar moscas a cañonazos.

A mí me da que algún amigo del presidente estadounidense le había ofrecido a éste unas nuevas bombas último modelo que estaba fabricando, así que la Casa Blanca no lo pudo resistir y compró 260 millones de unidades, no se fueran a acabar. Cuando recibieron el pedido se montaron una ciudad secreta dentro del territorio de Laos (¿habíamos dicho conferencia de Ginebra o que no falte la ginebra?) para tener una base y un aeropuerto bien localizados y ¡ala, a ver quién es el guapo que se atreve a pasar por la mencionada ruta!

Como acompañamiento de fondo, parece que los estados los EEUU apoyaban desde hacía ya algún tiempo al ejército monárquico de derechas en la conocida como “Guerra secreta” de Laos, contra los comunistas de izquierdas, claro. Así las cosas, tuvieron que repartirse las bombas entre la ruta Ho Chi Minh y algunos objetivos políticos en el norte del país.

Aquí tenéis un mapa con un punto rojo por cada misión de bombardeo (hagan zoom)

Este es un resumen incompletísimo de lo que pasó, ya sabéis que donde estén los americanos hay espionaje, contraespionaje y encaje de bolillos. Al final, EEUU salió con el rabo entre las piernas de Vietnam y en Laos ganaron los comunistas, entonces ¿para qué sirvió tanta bomba? Me imagino que el fabricante de armas acabaría de juntar para la entrada de un pisito.

Siento haber tenido que incluir una lección de historia en tiempo de vacaciones, pero es que nosotros nos quedamos perplejos con las cositas de los Estados Unidos.

Y de Vientiane poco más, porque al siguiente día salimos hacia el sur. Queríamos visitar Kong Lo, una cueva que está en el centro del país y que según las guías era una de las más impresionantes que se pueden visitar por aquí. Cogimos un autobús y en unas horitas de nada estábamos en una aldea pequeñita ,Ban Na Hin, que la mayoría de la gente visita sólo para hacer la excursión de la cueva y dónde no había mucho que hacer. Así que tuvimos tiempo para unos paseítos y unas BeerLao.

En el camión que cogimos el día siguiente para ir a la cueva de Kong Lo conocimos a Rosie y Jake, una pareja de ingleses de veintitantos años que llevaban un año viviendo en Ho Chi Minh City (antigua Saigón), Vietnam. Ella trabaja como profesora de inglés para niños en proyectos solidarios y él como arquitecto en prácticas para clientes que le vuelven loco con el Feng Shui. Os los presento porque seguiremos juntos de viaje durante algunos días.

Vistas desde el camión camino de la cueva

Algunas cabañas típicas

El verde fosforito de Laos

La cueva es un hueco que el río ha ido horadando en la roca, me imagino que a lo largo de diezmiles y diezmiles de años, hasta conseguir un túnel de siete kilómetros y medio por el que el río discurre con algo de prisa pero sin peligro. Gracias a ello se puede navegar por todo el trayecto y cruzar de un lado a otro de la montaña. De hecho los locales lo utilizan como vía de comunicación cotidiana, cada día cruzan barcas con pasajeros que cargan con sus sacos de grano y sus bolsas de mazorcas y verduras para la semana.

Antonio en la entrada de la cueva

El interior de la cueva está sumido en una infinita oscuridad, huelga decirlo, y a pesar de que llevábamos linternas había zonas en que no servían de mucho, ya que las bóvedas llegan a alcanzar hasta cien metros de altura y noventa de ancho. Las barcas son para tres turistas, así que no pudimos viajar con nuestros recién adquiridos compañeros, Antonio y yo íbamos en una canoa fragilísima con un vigía al frente y el piloto detrás. Al comenzar la travesía teníamos algo de cachondeíto, porque todo parecía la típica atracción turística cargada de expectativas pero que luego se queda en poco más que una rascadeta de butxaqueta (butxaca=bolsillo en catalán). En cuanto avanzamos los primeros cientos de metros nos fuimos quedando calladitos. La sensación era sobrecogedora, había un insistente murmullo de agua que el eco multiplicaba hasta darte la sensación de que no ibas a tardar mucho en caer por la catarata. El motor del barco embarullaba el encanto y ahuyentaba el pequeño cosquilleo de inseguridad, pero no habría sido práctico remar a contracorriente por evitar el ruido por muy romántico que yo lo hubiera encontrado a priori.

Yo me imaginaba en una novela de exploradores, o la de Verne del viaje al centro de la tierra, o no, mejor, esas películas que ridiculizan a las osadas señoras que se atrevieron a acompañar a sus maridos en sus expediciones con complicados vestidos e insuficientes comodidades… ¡Walkin! ¡Walkin! ¿Qué? ¡Walkin! ¡Walkin! El conductor de la canoa me sacaba a gritos de mi ensoñación para ponerme los pies en la tierra, bueno, en el agua, porque había que sortear un pequeño desnivel bajando de la embarcación y caminando unos metros. Esto se convertirá en algo habitual en el resto del trayecto. Antonio había decidido traer los zapatos porque resbalan menos y, claro, fue haciendo chop-chop hasta que volvimos al hostal, je, je. Cuando caminábamos la corriente nos trastornaba los andares y yo iba como una mari torpe el día que la llevaron a Guadalpark , exclamando y perdiendo el equilibrio a cada paso por la fuerza del agua. En una de las paradas los guías encendieron unas luces y nos dieron un pequeño paseo por un hueco de la cueva que tiene algunas estalactitas y estalagmitas. Pero las formaciones calcáreas no son el fuerte de esta gruta, así que yo estaba deseando volver a la barca para seguir imaginándome absurdeces de las mías.

Este soy yo cuando dimos el paseo por la gruta iluminada

Disfruté muchísimo con las gotitas que caían del techo e incluso con alguna buena ducha que el timonel acostumbra a utilizar como nota cómica para el viaje y aportar algo más de emoción. Cualquier cosa añadía interés a mis pensamientos. Por lo visto el túnel sirvió como refugio de guerra en alguno de los capítulos negros de la historia de Laos y mi mente melodramática estaba en plena lucha para no pensar demasiado en ello cuando sobrevino el final del trayecto. Detrás de la última curva comenzamos a ver luz natural y al girar llegamos a una amplia sala cuyos últimos metros de oscuridad en degradé enmarcaban la salida. Una preciosa abertura de diez o quince metros de altura rodeada de un verde brillantísimo que me invitó a descubrir que había tenido la respiración levemente contenida desde la última vez que vi el cielo. En la salida al exterior hubo algo de regocijo pero al navegar otros veinte metros ya estaba deseando volver a entrar. Por suerte había que desandar lo andado por el mismo camino, y tras veinte minutos concedidos al enfriamiento del motor y a la imperiosa y unánime necesidad de los guías de nuestra barca y la de nuestros amigos de fumarse el cigarrito, volvimos a la caverna, esta vez a favor de la corriente.

La entrada de la cueva

Me encantó la experiencia, el barquito era incómodo y el motor te ponía la cabeza loca, pero son dos cosas que ya he olvidado por completo, ahora sólo recuerdo nuestros puntos de luz errando por las paredes y los techos como luciérnagas locas, la intimidación de esa espesísima oscuridad, y el interés con que intentaba imaginarme el tiempo y la paciencia que ese pequeño torrente había empleado para crear esta vía. Habíamos atravesado el tubo digestivo de la ballena y estábamos a salvo, habíamos bajado al corazón de la tierra y podíamos contarlo, había sido, en definitiva, una aventura preciosa y un regalo para mi imaginación.

Emmmm, bueno, un poquito cursi sí que ha quedado al final, pero es que si no hago un poco de pastel vais a creer que soy un insensible, siempre contando crónicas irónicas.

Reanudando el camino al sur nos detuvimos en Savannakhet, una ciudad desde la que se puede ver Tailandia al otro lado del Mekong. De atractivos turísticos no parecía que fuéramos a encontrar el oro y el moro, pero es que teníamos que parar porque la mismita noche que llegábamos era la final del mundial y, claro, era mejor parar en una población grandecita para tener más posibilidades de encontrar un bar con pantalla gigante o tele en la habitación. Rosie y Jake se unieron con nosotros y viajamos los cuatro en un camión revientaculos (perdón) desde Ban Na Hin, la aldeíta de la cueva. Al llegar nos pusimos a buscar hostales y en el primero que visitamos conocimos a Kevin, un chico francés estudiante de medicina que estaba haciendo unas prácticas en un hospital de la ciudad. Luego en nuestro alojamiento definitivo comprobamos con alborozo que las habitaciones tenían tele y nevera, con lo que si no encontrábamos un bar que fuera a estar abierto para la final podríamos verla en la habitación.

Efectivamente, en Laos hay una especie de toque de queda a las 23:00 y después de preguntar durante un buen rato en todos los bares que vimos con tele, parecía que ningún local nos iba a dar el gusto de apoyar a la roja, de modo que tuvimos que comprar quince botellas de dos tercios de cerveza y ¡marchando para la habitación! Cuando llegamos nos dimos cuenta de que eran las 22:00 y que faltaban tres horas y media para empezar el partido, bueno, pues nos vamos a la calle hasta que cierren los bares. A diez metros del hostal había un bar con terracita muy agradable, pero el camarero nos invitó a pasar dentro, un local con aspecto muy occidental y con ¡¡¡PANTALLA GIGANTE PARA VER LA FINAL DEL MUNDIAL!!!! ¡Maldición! ¿Y ahora qué? Evidentemente al comparar, decidimos quedarnos en el bar y ya si eso en días posteriores iríamos reduciendo el stock alcohólico que habíamos almacenado en nuestra nevera.

El camarero iba a hacer la foto pero le vi torpe,
aunque monísimo y encantador, y preferí que saliera él

El bar tenía una atmósfera rarilla, pero nos dimos cuenta de que lo único fuera de lo habitual era que los parroquianos eran travestis y mariquitas, mira tú qué jocosa coincidencia. Al principio Jake parecía no tenerlas todas consigo pero en seguida nos desinhibimos coreando burradas futbolísticas en inglés y en español al más puritito estilo hooligan que él nos enseñó muy bien. La noche fue muy graciosa, no parábamos de hacer payasadas y reír, Antonio intentaba convencer a nuestra travesti favorita de que no animara a Holanda, pero es que a ella le gustaba el color naranja y contra eso no hay argumentos patrios que valgan. Tuvimos tiempo, por lo infinito del partido, para ponernos nerviosos, emocionarnos, luego Rosie se fue a dormir antes de la prórroga, y al final ya queríamos que acabara como fuese porque estábamos muertos de cansancio.

Casi todos con la roja

Esta es la seguidora de Holanda, era muy graciosa

Y ¿sabéis? ¡Ganó España!

No os imagináis cuántas felicitaciones nos quedan aún por recibir cada vez que digamos que somos españoles. En general el mundo está loco por el fútbol, pero que en Laos se sepan la plantilla, o como se llame la lista de los que juegan, del Barça, a mí me parece digno de mención. Nuestra amiga Cristina Gamell que es guapísima y está viviendo en Melbourne describe el acontecimiento de un modo muy elocuente: “…al día siguiente, hasta los compañeros del laboratorio con los que nunca hablo se acercaban a felicitarme, ¡era como mi cumpleaños!”. Maravillas del deporte, fíjate. ¡Un beso Cristina! Y ¡felicidades!

Al día siguiente hicimos poca cosa porque teníamos que descansar, el partido terminó sobre las cuatro de la mañana y nosotros no nos acostamos nunca más allá de las once. Vaale, bueeeno, y que teníamos una resaca considerable también. Dimos un paseíto por el Mekong y por la tarde nos tomamos unas cervezas de nuestra nevera con Rosie y Jake y Kevin y su otro amigo francés estudiante de medicina en prácticas. Otra vez nos acostamos tarde, seguíamos de celebración.

Un día más en Savannakhet y teníamos que hacer algo que no tuviera relación con la roja ni con la cerveza así que nos fuimos a conocer algún templo. De los pocos que había nos atrajo uno en que tenían un taller donde fabricaban estatuas de Buda en serie con unos moldes enormes y mucho cemento. Normalmente los monjes son bastante tímidos pero esa tarde todos querían salir en la foto, casi que me junto con un equipo de fútbol, pero estos irían con Holanda, como nuestra amiga del bar.

Naranjito fútbol club

Taller de fabricación de budas de cemento

Al salir del templo nos encontramos con nuestros amigos ingleses paseando y decidimos ir los cuatro al museo provincial, mejor hubiéramos ido a tomar una cerveza. El museo era lo más ingenuo que he visitado en mi vida, tenían fotos de los objetos de la exposición, pero no había objetos. A mí me parece muy naïf y entrañable, pero es que nos quedamos como la que se tragó el cazo, porque además las explicaciones sólo estaban en lao.

Luego quedamos con Kevin que es aficionado al funambulismo y se había traído la cuerda. Al principio nos dijo que se la llevaba porque se acercaban los niños a jugar con él, y es cierto, los chicos y los mayores que pasaban por la calle se acercaban a jugar. Pero luego, como sin querer, dejó caer que era una manera de atraer chicas. ¡Ay pillín!

Aquí salgo yo haciendo equilibrismos con la ayuda de Rosie

Esa noche, para despedirnos de Savannakhet decidimos bajar a cenar al Mekong y pasamos un rato muy agradable con Rosie y Jake en una plataforma sobre el agua, llevaba corriente ¿eh? Decidimos continuar el viaje juntos, así que al día siguiente nos fuimos juntitos a Tat Lo, a pasar unos días de cabañita junto al río. Pero eso lo contará Antonio en la próxima entrega.

Muchos besos y reitero mis agradecimientos por seguir a la escucha. Muchos besos.

Andrés.

martes, 20 de julio de 2010

Un poco de todo en Laos

Siempre que me toca a mi parece que la cosa se retrasa “un poco”. Pero en este caso tengo dos excusas. La primera es que la tecnología de las tres uves dobles todavía no ha invadido y revolucionado Laos en su totalidad. Y la segunda es que últimamente estamos viviendo un pico de actividad social que nos está impidiendo tener más ratos libres para escribir.

Así que una vez más trataré de ser breve, ja, y os contaré nuestras primeras experiencias en este país que por el momento nos tiene encantados de la vida. Aunque nunca podrá ser tan pegajoso como la India, la visa que tenemos es de un mes, y además ahora ya hemos cogido un buen ritmo de viaje. Al lío.

Dejamos Vientiane, hace ya bastante tiempo, rumbo al norte de Laos, concretamente hacia Vang Vieng. Para ello contratamos el viaje en autobús en el propio hostal donde nos estábamos quedando. Era incluso más barato que el autobús local desde la estación pública de autobuses, y además nos recogerían en la puerta. Esa misma mañana ya empezamos a disfrutar del ritmo relajado que tiene todo en Laos; nos recogen tarde, nos llevan al autobús que por cierto no estaba nada mal, y allí que echamos una horita más esperando que llegarán otros guiris de otros albergues y hostales. No pasa nada, venimos informados de que aquí todo hay que tomárselo con una sonrisa en la cara, si te enfadas el autobús no va a salir antes y otra cosa no, pero tiempo a nosotros nos sobra. El viaje lo hicimos por la ruta 13, una carretera de las más importantes del país, no existen autopistas, y pronto empezamos a disfrutar de la arquitectura más típica de Laos: casas con paredes de madera o cestería, techos de paja y elevadas del suelo al menos un metro, casi siempre más, lo cual evita que se vean afectadas por las probables inundaciones en la temporada de lluvias. Preciosas.

Vang Vieng es una ciudad poblada casi en su totalidad por turistas y sin mucho encanto. Casas de nueva construcción, calles anchas sin posibilidad para refugiarte del sofocante sol, rebosante de bares, internet-cafés y hostales y sin ningún interés religioso ni cultural. ¿Y qué hacen aquí entonces cientos de guiris, miles cada año? Más aún, ¿qué hacíamos nosotros allí? Pues hacíamos tubing… sí, tubing.

Por Vang Vieng pasa el río Nam Song, no el Mekong, como escuché a una turista contarle a su familia por skype a grito pelao en un ciber-café. La diferencia principal es el volumen de agua, ya veréis fotos del Mekong y notareis la diferencia. Además sería mucho más peligroso hacer tubing en el Mekong. Eso sí, los dos comparten el color marrón-rojizo de sus aguas, el cual le viene dado por la tierra roja que caracteriza a todo el país, una tierra muy fina y de naturaleza arcillosa. Cuando la tierra está seca los coches levantan nubes irrespirables de polvo rojizo, y cuando está húmeda forma un barro impermeable que permite acumular agua en los arrozales. Los colores que dominan las zonas rurales del país son el rojo de la tierra y los ríos y el verde del arroz y la vegetación más salvaje.

El tubing consiste, como habréis podido intuir, en utilizar un neumático de camión a modo de flotador para dejarte llevar río abajo. Pero además de para disfrutar de unos paisajes espectaculares y para teñirte la piel y la ropa de un rojo casi perenne, el tubing es una forma de salir de marcha. Sí, una marcha fluvial y diurna. Ya estábamos avisados y habíamos leído acerca de la famosa actividad desarrollada muy profesionalmente en Vang Vieng, pero la realidad superó nuestra imaginación. Parecíamos dos idiotas cuando el tuk-tuk nos abandonó, junto con otros cinco guiris, a tres o cuatro kilómetros río arriba de Vang Vieng. Entonces se suponía que debíamos echarnos al agua y volver nosotros solos al stand donde, por una cantidad nada despreciable de kips, habíamos alquilado nuestro neumático. Antes de acercarnos a la orilla ya empezamos a escuchar la música a todo volumen de los primeros bares que se asomaban al río, y varios chicos nos animaban desde lejos a que nos acercáramos y tomáramos en su bar los primeros chupitos de whisky gratis. 12:30 de la mañana. Mejor nos echamos al agua y vamos viendo cómo funciona esto, pensamos Andrés y yo.



Dicho y hecho. Los dos con el culo metío por el agujero del donut y remojándolo en el agua, muertos de la risa y siendo acosados desde el minuto uno por los empleados de los bares que se encontraban a una y otra orilla: nos hacían señas y llamaban la atención con banderas de colores fosforito, nos gritaban a un volumen que superaba los decibelios de los altavoces de metro y medio con el musicón, y más importantemente, nos lanzaban flotadores y botellas de plástico medio llenas de agua y enganchadas a una cuerda para que, aferrándonos a ellas, pudiéramos ser remolcados a su bar. No salíamos de nuestro asombro. A todo esto la corriente del río era considerable.

No tardamos en ponernos de acuerdo para hacer nuestra primera parada y tomar nuestra primera cervecita. Era importante entonces que los dos pudiéramos acercarnos a la orilla o engancharnos, como peces que pican el anzuelo, a los objetos atados a la cuerda que contundentemente nos serían arrojados. Objetivo conseguido, pronto estábamos tendidos en una alfombra con nuestra BeerLao en la mano, y la uña de nuestro dedo meñique pintada con esmalte para indicar que al haber consumido teníamos derecho a todas las actividades que el bar nos ofrecía de manera gratuita, aparte de mover el esqueleto claro: resbalar y saltar al agua por un tobogán de unos 15 metros de largo y alicatado por dentro con azulejos blancos, deslizarnos sobre el río por una tirolina a 5 metros del nivel del agua o lanzarte al agua enganchado a una cuerda a modo de liana. Os muestro la foto de cuando salté valientemente a modo de Tarzán. Sinceramente fui incapaz de hacer una foto decente de Andrés saltando, así que protagonizo yo este momento de aventura.



Además, en los diferentes bares, también se puede jugar al billar, a los dardos, descansar en una hamaca, y no sólo emborracharte, sino que además te puedes poner fino filipino a base de los porros que te venden listos-para-fumar o comiendo toda una serie de comidas y batidos happy o magic, ya sabéis a lo que me refiero. ¡Tranquila familia! Todavía no he perdido la cabeza. Nosotros nos ceñimos a beber unas cervecitas prudentemente y disfrutar del paisaje y de la actividad que de hecho era especialmente entretenida. Así cada año en temporada alta, enero y febrero, cuando esto debe estar macizo y la movida debe ser bastante gorda, mueren uno o dos guiris por cometer la imprudencia de consumir drogas desconocidas y hacer tubing. Una pena la verdad.



Y de vuelta a Vang Vieng había bastantes pocas cosas que hacer. El precio de la hora de internet estaba fijado en toda la ciudad y a una cuantía excesivamente elevada, más de tres veces lo que pagábamos en Vientiane. Sólo había que elegir uno de entre los numerosos bares y restaurante para cenar y tomar unas cervecillas. La oferta era de lo más curioso, desde el Aussie Bar, en el que nos acordamos de Cristina bebiendo nuestra BeerLao envuelta en un apretado stubby holder, al bar que en tres pantallas diferentes pasaba en paralelo los DVDs de Friends desde por la mañana hasta el cierre. Aquí os muestro una foto en la que se ven las mesas bajitas en las que los guiris nos sentábamos semitumbados y mirando todos en la misma dirección; surrealismo en Laos. Majo, te hubiera encantado y no paramos de acordarnos de ti. ¡Por favor! ¡Montadle a la niña un bar así en Barcelona!



Y al día siguiente pudimos disfrutar de una de las excursiones más bonitas que hemos hecho hasta ahora en el viaje. Nos alquilamos unas bicicletas y nos alejamos del paraíso guiri de Vang Vieng, adentrándonos en los paisajes más típicos de arrozales y masas de roca kárstica con sus paredes y vegetación característica. Las volveremos a ver en muchos otros puntos del país, y supongo también en Vietnam en el futuro. En principio queríamos visitar alguna de la multitud de cuevas que alberga las montañas de roca caliza del entorno, pero tras asomarnos a una de ellas, decididamente apostamos por pasar un poco de largo y disfrutar intensamente del paisaje, las aldeas y sus gentes, y sobre todo de la tranquilidad del Laos más rural que por lo que hemos visto más tarde es de lo mejor del país.





Así, llegamos a parar a una aldea en la que no había casi nada y por supuesto no había un restaurante que nos estuviera esperando con una carta en inglés. Tras preguntar con señas a varios niños, una mujer fue capaz de acompañarnos a lo que parecía ser la tienda de chucherías, y que al final resultó serlo todo en el pueblo: tienda de comida, restaurante, bar, droguería, etc. Era la primera vez en todo el viaje que llegábamos a un sitio que, a pesar de no ser especialmente remoto, no conseguíamos comunicarnos con nadie a través del lenguaje. Allí que nos atendió un hombre y de nuevo a base de gestos conseguimos que entendiera el hambre que arrastrábamos. Evidentemente allí nadie eligió plato ni nada, y estábamos dispuestos a comernos lo que fuera. El rato resultó de lo más agradable ya que el señor, que no se achantaba por la barrera lingüística, se sentó con nosotros a ver cómo comíamos y a intercambiar información de lo más básico pero también de lo más interesante. Nos enteramos que el sticky rice (arroz pegajoso) tan consumido en el país hace que se te empine la churrina, mientras que el arroz blanco tal y como lo conocemos en España no sirve para nada. ¡Vaya chasco! Recordaremos siempre ese ratito que echamos con el hombre. Os añado una foto de la tienda-restaurante y otra con el señor.





Una vez comidos emprendimos la vuelta a Vang Vieng y paramos por el camino a tomar un cafelito y a echar algunas fotos aprovechando la luz que había. Os enseñamos algunos de los paisajes que atravesamos, sinceramente unos de los más bonitos que he visto, ¿qué pensáis?







Nuestra siguiente parada fue Luang Prabang, una ciudad situada al norte de Vang Vieng y a orillas del Mekong, concretamente donde se une con el río Nam Khan formando una península rodeada de agua dulce que constituye la zona más antigua de la ciudad. A modo de resumen se puede decir que Laos no existió como tal hasta que un príncipe khmer, del antiguo imperio camboyano, conquistó y unificó la zona a mediados del s. XIV arrebatándosela principalmente a los thais. Entre otras razones, este príncipe fue responsable de tal campaña en tierras tan lejanas por acostarse con una de las concubinas de su padre… si es que en tos Laos cuecen habas. A los pocos años uno de los reyes descendientes de este conquistador inicial recibió como obsequio el Pha Bang de sus colegas khmer, una escultura de un Buda que sería alojado en Luang Prabang y que le otorgó a la ciudad su nombre. Desde entonces dicha ciudad ha sido la capital real de uno de los tres reinos en los que en el s. XVIII se dividiría Laos por los ataques de birmanos y thais, junto con Vientiane y Champasak más al sur. En la más reciente reunificación del país bajo el protectorado francés, a finales del XIX, Luang Prabang se constituyó como la capital real además de ser el centro religioso más importante del país, venerando principalmente al Pha Bang y albergando multitud de templos budistas.
La ciudad se aloja en terrenos llanos rodeados de colinas y bosques, y las casas y templos se encuentran dispersos entre arboles, jardines y calles de tráfico muy relajado. De nuevo disfrutábamos del ritmo lento y sosegado que caracteriza el país. Abajo os añado unas fotos de las vistas desde el Phu Si al atardecer, la única colina que existe en la ciudad. En la primera se ve Luang Prabang hacia el oeste y el río Nam Khan, y en la tercera la puesta de sol tras la orilla este del Mekong.







Obviamente las actividades en Luang Prabang fueron de lo más cultural y principalmente visitas a templos. Uno de ellos es de los más importante y antiguos en Laos, el Wat Xieng Thong del año 1560. Este templo se caracteriza por los tejados, que llegan prácticamente al suelo, y por los mosaicos de cristal que adornan la pared trasera externa y alguna que otra construcción dentro del mismo complejo.





Otro de los edificios más importantes de la ciudad es el antiguo palacio real, antiguo porque los reyes aquí ya no pintan nada. “Lao PDR” significa Lao People’s Democratic Republic, o lo que es lo mismo, República Democrática Popular de Laos. Concretamente los últimos reyes fueron derrocados en la revolución cultural de 1975 en la que se instauró el comunismo en el país, tras lo cual el matrimonio real fue enviado a las montañas del noroeste. Allí el rey y la reina fueron encerrados y murieron finalmente por falta de alimentación y cuidados médicos, ¡toma ya!, y esto fue en el ’75. Ahora el palacio real es el Museo Nacional que muestra las estancias tal y como quedaron en 1975 y alberga en una de sus habitaciones al Pha Bang. Evidentemente en ningún lado del museo se habla del proceso de abolición de la monarquía y de cómo se quitaron de en medio a los últimos habitantes de la casa. Abajo os adjunto una foto del palacio real y del templo que, aunque planificado inicialmente, se está acabando de construir actualmente. Cuando esté terminado albergará al Pha Bang.





Por las noches había poca cosa que hacer en la ciudad. No sé si Andrés os ha comentado ya que aquí en Laos hay toque de queda a las 23:30. Exactamente no sabemos muy bien en qué consiste. Parece que es algo estricto para los bares restaurante y comercios, los cuales han de cerrar a esa hora, aunque las personas pueden todavía permanecer en la calle. A pesar de esto a partir de las 23:30 todo está muerto, claro, en la calle no hay nada que hacer. Así nos limitábamos a cenar cada noche en el mismo sitio y bastante temprano, un callejón cerca del mercado nocturno de artesanía, pero que en este caso alojaba multitud de puestos de comida all-you-can-fit. Esto se traduce como “todo lo que puedas llenar”, y la mecánica era “todo lo que puedas llenar tu plato por 10000 kips (1 euro)”. Así tenías varias cosas para elegir, y lo podías mezclar todo y hacer montañita en el plato. Aquí una foto de las chicas que cada noche nos daban de comer.



Como ya os he comentado Luang Prabang es la ciudad más religiosa del país y la que alberga mayor número de templos budistas. Andrés ya contó que lo de ponerse a monje es algo habitual entre los chicos, aunque más que habitual es recomendable o necesario, ya que así terminan de formarse como hombres maduros y de provecho. Además esto constituye una razón de orgullo para la familia, la cual al hacer esta aportación al culto de Buda tiene más méritos a la hora de reencarnarse en mejores condiciones en las siguientes vidas. En el Wat Manolom tuvimos la oportunidad de colarnos en una ceremonia de “meterse a monje” de un chico. Primero pedimos permiso con señas y luego nos sentamos al fondo del templo, aunque en aquel momento no sabíamos qué era exactamente lo que estaba pasando realmente. Fue curioso y al final entretenido, ya que los familiares comenzaron a lanzar caramelos y billetes de 1000 kips (10 céntimos de euro) para que los más pequeños de la familia se revolcaran a gusto como si de la cabalgata de los reyes magos se tratara. En la primera foto salgo hablando con algunos novicios en el momento en el que les mostraba en un mapamundi del iPod dónde estaba España. Fue entonces cuando nos explicaron lo que había ocurrido en la ceremonia a la que acabábamos de asistir. En las otras dos fotos aparecen los novicios y monjes en otra ceremonia a la que asistimos más tarde, una especie de rezos a Buda entonando al unísono lo que podrían ser algo parecido a los mantras de la India.







Otra de las cosas más curiosas y bonitas fue presenciar al Tak Bat. Como ya he comentado antes el objetivo del budismo es, resumiendo en exceso, conseguir reencarnarse en mejores condiciones en las siguientes vidas. Lo de alcanzar el nirvana como hizo Buda es algo que ya casi ni intentan los budistas de a pie. Así lo que trata de hacer un buen budista en Laos es hacer méritos. Además de mandar al niño a ponerse a monje, también consigues muy buen puntaje si haces ofrendas a los monjes. Los monjes son enormemente respetados y, entre otras cosas, no se les debe tocar ni colocarse a una altura física superior a ellos. La ceremonia del Tak Bat consiste en que los monjes y novicios de cada templo recorren en fila las calles de la ciudad entre las 5 y las 5:30 de la mañana y en estricto silencio; durante el recorrido pasan por delante de ciudadanos que, sentados en el suelo, donan comida que colocan en los recipientes redondos que cada monje lleva consigo. El esfuerzo de levantarse a las 4:30 mereció la pena. Aquí unas fotos matutinas.







En Luang Prabang estuvimos finalmente cuatro o cinco días, tras lo cual nos dirigimos de nuevo a Vientiane para, desde allí, iniciar nuestra ruta hacia el sur de Laos camino de Camboya. Pero no queríamos volver sobre nuestros propios pasos y recorrer de vuelta la ruta 13 pasando de nuevo por Vang Vieng. Decidimos visitar la provincia de Sainyabuli, al este del Mekong y limítrofe con Tailandia, desde donde podríamos tomar un barco río abajo por el Mekong rumbo a Vientiane. Pero para ello tendríamos que hacer dos etapas consecutivas por tierra, primero hasta Sainyabuli, la capital de la provincia, y al día siguiente rumbo a Pak Lai, donde podríamos montarnos en el barco que en ocho horas nos dejaría en Vientiane. El viaje en bus a Sainyabuli fue correcto, eso sí, por carreteras de tierra. Del total de 29811 kilómetros de carretera en Laos, sólo 4010 kilómetros están asfaltados. Ya nos daríamos cuenta de la crudeza de estos números al día siguiente cuando, tras pasar encerrados en la habitación de Sainyabuli casi toda la tarde evitando el calor y el sol, saliéramos rumbo a Pak Lai en un sawngthaew. ¿Y qué es un sawngthaew os preguntaréis? Pues aquí os pongo una foto. Es una camioneta tuneada para que en la parte trasera puedan sentarse en dos banquitos longitudinales hasta 23 personas mayores y tres niños, amontonar maletas y mochilas sobre las que sentarse y viajar de espaldas, acumular sacos de grano y verduras, llevar pescados coleteando en bolsas de plástico y gallinas en cajas de cartón, y por supuesto relincharse en la estructura metálica más trasera y viajar todo el rato de pie. Evidentemente sin ventanas ni aire acondicionado, sino más bien tragando la nube de polvo que el propio vehículo levanta en la carretera seca no asfaltada. Y esto no es exageración, aquí la gente lleva su propia mascarilla para al menos mantener sus pulmones a salvo. No sé si os ha dado esa impresión, pero el viaje de seis horas a Pak Lai fue lo peor que hemos sufrido en estos ya casi cinco meses de viaje. Atención si tenéis intenciones de visitar Laos, esos infernales sawngthaew son inevitables en muchos recorridos.





Por fin en Pak Lai y obligados a echar una noche allí, nos enteramos que no había servicio de barcos a Vientiane. Nuestro gozo en un pozo. No entendimos si es que habían dejado de ofrecer el servicio o qué, pero el caso es que seguro que no había. Al día siguiente nos enteraríamos de que los niveles de agua en el Mekong eran muy bajos para la época en la que estábamos y que por tanto se había suspendido el transporte de pasajeros. Frustrados y todavía acarreando el dolor de culo del banquito del sawngthaew, no cesamos en nuestro empeño de ir en barco a Vientiane, así que nos dirigimos al pequeño puerto fluvial donde se agrupaban cuatro o cinco barcos. Preguntamos a ver si alguno de aquellos cargueros iba a Vientiane al día siguiente, y por un momento pareció que sí. Nos indicaron que subiéramos al barco a hablar con el responsable, pero no hubo manera. Aunque intentamos convencerlo con sonrisas y gestos medio cómicos ese hombre acabó por darnos la espalda y hacer oídos sordos. ¡Qué bonito hubiera estado en el blog contar un autostop fluvial!



Así que nada, de nuevo a buscar transporte a Vientiane para el día siguiente. Nos despertamos temprano y preguntamos por el autobús que salía a las nueve de la mañana, aunque unos locales terminaron convenciéndonos para ir en monovolumen por el mismo precio. El transporte privado a modo de taxi supongo ilegal, es algo también común en Laos. Total que dijimos que sí. Mientras esperábamos para la salida que sería a las diez, una hora más tarde que el bus, desayunamos en una terracita desde donde pudimos disfrutar de las danzas populares de las mujeres. Por lo visto tendría lugar una jornada de deportes al aire libre en el pueblo, y las mujeres de cada barrio o aldea cercana se agrupaban para dirigirse al campo de juego haciendo paradas y bailando suaves compases acompañados por idénticos movimientos de manos y pies. Fue una sorpresa agradable y muy bonita. A nosotros, por supuesto, el que más nos gustaba era el único chico que junto al resto de mujeres y en primera fila bailaba y movía las manos. Lo hacía perfecto. Aquí os adjunto las fotos.





Por fin parecía que llegaríamos a Vientiane en un monovolumen con aire acondicionado. Eso sí, igual de apretado que el sawngthaew, yo iba delante con los pies sobre un saco de grano. Andrés iba en la segunda fila de asientos, y tras él, otras dos filas más. Pensábamos que iba a ser un viaje más cómodo, pero tras cruzar el Mekong en barca hacia la orilla oeste mi acompañante comenzó a repartir bolsas de plástico a todos los viajeros. Esto ya lo habíamos presenciado en el bus de Luang Prabang a Sainyabuli, pero nunca supimos para qué era, aunque sospechábamos algo. Pronto, cuando el conductor tomaba a toda velocidad las curvas y subes-y-bajas de la carretera a modo de montaña rusa, salimos de dudas. A él parecía no importarle, pero Andrés no pudo evitar ponerse los cascos de iPod a todo volumen para no escuchar la orquesta gutural que viajaba en las dos filas traseras. Y allí que pasamos las cinco horas hasta que llegamos a Vientiane haciendo paraditas y desechando lo que en otra especie hubieran sido egagrópilas. Con deciros que para Andrés el viaje fue peor que el del sawngthaew del día anterior os lo digo todo. ¡Por fin llegamos a Vientiane! Y por fin acabo esta entrada, ¡qué deseperación!

Aquí os dejo con este buen sabor de boca, esperando que todos estéis bien y disfrutando ya de vacaciones, viajes, playas, familia y amigos, buena comida y cerveza bien fresquita. Muchos besos a todos y hasta pronto.

Antonio