martes, 10 de agosto de 2010

10 de agosto de 2010, ¿hay alguien ahí?

Y tras unos días de relax en Savannaket nos dirigimos de nuevo al sur. En este viaje nos volvieron a acompañar Jake y Rosie, que tras investigar la misma guía de Laos que nosotros, decidieron Tat Lo como su próximo destino. Si al final todos los guiris acabamos haciendo la misma ruta, o parecida… y nos creemos aventureros o algo así, ja, ja. Lo de ser viajeros independientes está muy bien, pero al final todos vamos con nuestra guía debajo del brazo. Más adelante Jake y Rosie tomarían un ritmo más frenético y nos dejarían atrás. Nosotros, a estas alturas de vuelta al mundo, ya vamos más tranquilitos.

Decidimos hacer nuestra siguiente parada en Tat Lo, entre otras cosas porque un guiri francés, que nos encontramos en la Cameron Highlands en Malasia, nos lo mencionó como un paraíso en el que tuvo que quedarse unos cuantos días porque le cautivó completamente. Pero en la Loly no ponía nada de otro mundo; algo así como un paraje rural entre varias aldeas por las que discurría un río con varias cataratas. Las actividades para hacer eran pocas aparte de pasearnos por las aldeas y saltos de agua, aunque tendríamos finalmente la oportunidad de montar en elefante, algo que habíamos ido dejando para otro momento desde nuestros días en la India.

Para llegar a Tat Lo pudimos evitar los, a estas alturas tan temidos, sawngthaew, esos camiones endemoniados con tablas por asientos. Tomamos un autobús dirección Pakse, la siguiente población importante al sur y también a orillas del Mekong, y desde allí otro dirección este. Por último habría que conseguir un medio de transporte desde la carretera principal, donde el segundo autobús nos abandonaría, y que nos llevara a la aldea de Tat Lo. Un camión con unas sillas de jardín sería suficiente para un trayecto de unos escasos cinco minutos.

Tat Lo resultó no ser nada, unas cuantas casas tradicionales esparcidas alrededor de una carretera de tierra roja. Eso sí, no le faltaba nada en lo que se refiere al Laos más rural, gallinas por todo lados, cochinos con sus guarrinos chicos, niños en pelotas o no correteando de aquí para allá en pandillas, aldeanos en moto o bici a 10 por hora etc. Tuvimos la suerte de no encontrar habitación en la, tan afamada entre los turistas, casa de huéspedes de Tim, y es aquí donde Tat Lo nos sorprendió con una cabaña de madera en el hostal de al lado. Concretamente una cabaña asomada a un río cuya agua caía por una catarata y se ensanchaba formando un pequeño lago frente a nuestra balconada. Desde allí tendríamos la oportunidad de dejar pasar las horas observando la vida local, los niños jugando y bañándose mientras otros hacían la colada, otros pescaban lanzando sus redes en los recodos de aguas más tranquilas, o simplemente cruzaban de una orilla a la otra por el rudimentario puente.

¡Y al día siguiente por fin nos paseamos en elefante! Eso sí, primero esperamos media horita a que los paquidermos se pegaran una duchita en el río mientras nosotros los observábamos desde la terraza del hotel que los empleaba. Evidentemente teníamos que hacer el trekking en elefante -sobre todo estando en Laos, país que fue llamado inicialmente “reino del millón de elefantes” por su primer fundador, aquel camboyano exiliado y que unificó todo el territorio bajo su mandato-, aunque la actividad tiene más de curioso que de excitante o divertido. Eso sí, fue un agradable paseo de una horita en el que primero cruzamos un tramo de selva hasta avistar una catarata en el río, y luego nos acercamos a una aldea cercana para atravesarla a lomos del enorme animal. La verdad es que fue algo surrealista andar ahí montado encima del elefante entre las casas de madera donde los vecinos hacían su vida normal; creo que en este caso la atracción éramos más nosotros para ellos que al contrario, más aún cuando Andrés y yo, sentados en nuestra cesta de mimbre, sujetábamos sobre nuestras cabezas sendos paraguas negros a modo de parasol, ¡qué monos! Siento no tener fotos de esta estampa pero claro, llevábamos nosotros la cámara y era imposible autorretratarnos encima del elefante con nuestras sombrillas.

Ya de vuelta volvimos a atravesar la masa forestal. Y una cosa que yo no sabía hasta ahora es que por lo visto los elefantes nunca se caen. Pensándolo bien, nunca he visto esa imagen, y no me extraña que sea así porque con ese peso un jardazo del animal puede ser fatal. Observamos cómo el animal se asegura bien antes de poner el pie en terrenos resbaladizos, charcos o rocas, y para ello se toma su tiempo y anda con una calma extraordinaria. Mientras pensaba todo esto nuestro animal pegó un traspiés con una de las patas traseras, lo que hizo que sufriéramos un vapuleo y se nos pusiera el corazón a mil en décimas de segundo… hasta el jinete del elefante, que dirigía el animal sentado en su cuello y con los pies tras sus orejas, hizo un gesto de quitarse el sudor de la frente tras el susto. No quiero pensar lo que podía haber pasado, sigamos pensando que los elefantes nunca se caen, más aún cuando además nuestro seguro de viaje no nos cubre una actividad de riesgo como esta. Evidentemente los ocho euros que pagamos cada uno por el paseo no incluyen una posible indemnización en caso de accidente.

De vuelta en la aldea nos apertrechamos de unas mazorcas de maíz y unas frutas para sentarnos en nuestra terracita y ver pasar la tarde. Ese mismo día Jake y Rosie habían decidido darse un paseo río arriba, ya que ellos ya habían tenido la oportunidad de montar en elefante y además tendrían que abandonar la aldea al día siguiente. Disfrutando de nuestras viandas observábamos cómo una pandilla de niños había decidido acompañar a tres guiris que se estaban bañando frente a nuestra cabaña, aunque con tanto jaleo que armaban más que acompañarlos les estaban dando la tarde. Cuando de repente:

-¡Hola! ¿Qué tal? ¿Cómo estáis?- nos imperaba una de las guiris en español.

-¿Quién es?-le preguntaba a Andrés, yo que no veo mucho de lejos y menos cuando va escaseando la luz. Recordadme por favor que vaya a graduarme de nuevo de vuelta en España, que después de diez años de ponerme las gafas y no revisarme además de una corrección de la vista me hacen falta unos cristales decentes.

-¡Ahhh!, creo que son las niñas de Kuala Lumpur- me comentaba Andrés a la vez que saludaba con gestos sin estar seguro del todo de la identidad de las dos chicas y el chico que las acompañaba.

Y sí, resultaron ser Susana y Gaëlle, española y francesa que conocimos en el bus al aeropuerto de Kuala Lumpur cuando íbamos a coger nuestro vuelo a Vientiane. Ellas volarían a Phnom Penh, capital de Camboya. Y la verdad es que no se cómo no se escondieron de nosotros, porque le dimos el viaje contándoles, durante una hora de trayecto sin parar, todas nuestras aventuras y desventuras por tierras indias. Vamos, poco más o menos lo que hemos hecho con el blog y vosotros pero concentrado en una hora de autobús. ¡Qué espanto! ¡Qué tíos más coñazo con la India! Pronto estábamos sentados con ellas en la orilla del río contando batallitas y comiendo rambutanes.

Esa noche cenamos con Rosie y Jake, quienes nos contaron su caminata del día y que nosotros repetiríamos al día siguiente, y nos despedimos finalmente de ellos. Esperamos tener la oportunidad de verlos de nuevo ya que han sido una pareja encantadora con la que compartir unos días de viaje y unas cuantas cervezas. Al día siguiente alargamos nuestro desayuno en compañía de Susana y Gaëlle, y finalmente salimos a pasear en lo que resultó ser una excursión masiva: nueve guiris en total, dos francesas jipilonas un poco cortadas o con poca idea de inglés, no sé exactamente qué les ocurría, un neozelandés de piel morena que debería ser descendente de maoríes o de aborígenes de alguna isla del Pacífico, una pareja alemana que habíamos conocido hacía dos días en el autobús de Savannaket a Pakse, Susana y Gaëlle y nosotros dos. Todos hablando unos con otros, siguiendo un sendero paralelo al río y sin mucha idea de dónde íbamos, sólo teníamos unas breves indicaciones de Rosie y Jake. Primero habríamos de llegar a unas cataratas, y pasadas éstas atravesar una aldea para luego continuar andando por campos de arroz hasta un segundo poblado. Más allá quedaría una catarata enorme pero seca, ya que la presa construida río arriba controla el flujo de agua para producir energía hidroeléctrica. El primer salto de agua precioso, aquí tenéis la foto.

De lo más auténtico fue la llegada al primer poblado. Nosotros desembocábamos en la aldea desde un camino de vegetación bastante densa y de repente, se abrió un claro en la selva y nos encontrábamos entre las primeras casas construidas con madera y hojas de palmera. No se veía gente ni había ruido, por lo que al avanzar en relativo silencio aquello parecía la llegada de unos exploradores a un pueblo no contactado, salvando las diferencias claro. Pronto nos encontramos en el medio de una plaza de tierra sobre la que se disponían las casas en disposición más o menos circular, y comenzamos a observar la vida de la gente de la aldea, los animales sueltos, y una pandilla enorme de niños y niñas de muy distintas edades jugando y armando jaleo. Allí que nos paramos un rato y un aldeano jovencito se me acercó para ofrecerse, por unos kips (moneda de Laos), a guiarnos a la siguiente aldea a través de los campos de cultivo. Aunque rechazamos amablemente su ofrecimiento y por tanto le negamos el dinero, le proporcionamos algunos cigarrillos. A pesar de todo el chico fue muy amable desde el principio, no dejó de sonreír en todo el rato y finalmente nos indicó cómo continuar nuestra ruta. La gente de Laos es por lo general encantadora, tienen muy buen sentido del humor y son muy relajados, más aún en zonas rurales como esta. Son sin duda lo mejor del país, y no exagero.

En el final de la excursión nos dio tiempo a desorientarnos en los campos de arroz y otras verduras, hacernos fotos, y encontrarnos con un agricultor que pese a sus gritos iniciales al invadir su parcela acabó guiándonos a la siguiente aldea. De nuevo más niños, más risas con ellos, algunos bailoteos y culebra-culebra para hacerles gracia y vuelta a Tat Lo, pero esta vez por la carretera, que aunque menos bonito era más corto.

Nuestra siguiente parada sería Champasak, pueblo más al sur y al otro lado del Mekong es decir, en la orilla oeste. Para ello volvimos a Pakse con Susana y Gaëlle donde nos despediríamos, ya que ellas se dirigían a Tailandia y nosotros continuamos al sur de nuevo en otro sawngthaew. En Champasak había poca cosa que hacer, y básicamente lo habíamos incluido en nuestra ruta para visitar las ruinas de un templo khmer de la época de Angkor. Os explico. Los khmer son los habitantes de Camboya y por tanto, la cultura khmer, el idioma khmer y así sucesivamente, es todo lo que se refiere a Camboya y sus habitantes. En su día, aproximadamente entre los siglos IX y XV, el imperio khmer ocupaba la mayor parte de Tailandia, Laos, y el sur de Vietman. Por lo tanto controlaban gran parte de la costa de la península de Indochina y el cauce del Mekong desde su desembocadura, actualmente al sur de Vietnam, hasta la frontera norte con China. Pero antes de esta época dorada, en la que se construyeron los templos de Angkor cerca de la ciudad de Siem Reap, ya existían pequeños imperios que precedieron al gran imperio khmer, concretamente los de Funán y Chenla, que estarían emplazados en el sur y centro de la actual Camboya. Y con todo esto lo que quiero decir es que, básicamente, en la cultura Khmer se diferencian dos periodos: el periodo pre-Angkor y el periodo Angkor; algo así como nuestro antes y después de Cristo, vamos. Y ¿a qué venía todo esto? Pues volviendo a nuestra parada en Champasak, Laos, allí visitaríamos las ruinas de Wat Phu, un templo construido por el imperio khmer en la época de Angkor; de hecho este templo estaría comunicado directamente con Angkor, en Camboya, por una calzada que uniría las dos ciudades. También es importante saber que la religión que practicaban los khmer en su día era el hinduismo, aunque con algunas incursiones en el budismo. Todavía no tengo muy claro cómo ni por qué se pasó de un culto mayoritariamente hinduista a la práctica del budismo, y menos aún cuando se supone que el budismo de aquel entonces era budismo Mahayana, de la ruta grande (norte) del Himalaya y Nepal, China, Corea y Vietnam, cuando hoy en día es Theravada, de la ruta pequeña (sur) desde Sri Lanka y Birmania a Camboya y Laos.

Acerca de las ruinas de Wat Phu que fuimos a visitar en Champasak os puedo decir, como curiosidad, que es un templo que se construyó en la falda de una montaña que se consideraba sagrada. Y esto era así porque los khmer afirmaban que tenía forma de linga, ¿y qué es un linga? Pues una pilila, pene o falo, como queráis llamarlo. Concretamente los hinduistas adoran el linga de Shiva, y es muy común encontrar piedras enormes talladas con forma fálica en los templos. En el de Champasak, un enorme Shiva linga en el centro del templo se utilizaba para verter sobre él el agua del manantial de la montaña con forma de linga, valga la redundancia, y luego repartirla por un sistema de canalización a los campos de cultivo de los alrededores. Así éstos ganarían en fertilidad, evidentemente. El templo estaba en el nivel más alto del complejo, y a él se ascendía tras pasar entre las reservas de agua ya beatilingadas, y atravesar algunas construcciones en niveles intermedios de las que no se conoce con certeza su primitiva utilidad. En el templo hoy día sólo se pueden observar varias estatuas de Buda que sirven de culto y que quedan en el centro de las antiguas paredes del templo. Alrededor del complejo se alojan varias piedras talladas con formas curiosas, como un elefante, un cocodrilo o una huella de Buda. Aquí os pongo las fotos, las dos primeras de la calzada de ascensión al templo y las otras tres de las piedras de los alrededores.

La verdad es que las ruinas estaban bastante hechas polvo, aunque actualmente están siendo reconstruidas y restauradas con la ayuda de profesionales internacionales. Por lo que más mereció la pena fue por las vistas, ya que al encontrarse en la falda de la montaña se podía ver el maravilloso paisaje que se extendía frente a nosotros con el Mekong de telón de fondo. Una pena no tener una buena foto que refleje la belleza de los campos de arroz salpicados con árboles y palmeras, pero es que no se puede triunfar siempre en esto de la fotografía. De vuelta en bici a Champasak, por supuesto con nuestros paraguas en una mano para refugiarnos del sol a la vez que pedaleábamos, pudimos parar para fotografiar un campo de flores de loto. A etas alturas ya hemos probado las raíces de la flor de loto en ensalada así como los frutos, que si os fijáis bien en la foto son una bolitas que quedan atrapadas en lo que se asemeja a una alcachofa de ducha. Las flores se cortan y utilizan como ofrendas en los templos budistas, ya sabéis, para eso de reencarnarse con mejor fortuna.

Y desde Champasak, donde pasamos un par de noches en el hotel más barato que hemos pagado hasta ahora, dos euros la noche, nos dirigimos en minivan al último punto de nuestra ruta por Laos, las islas de Si Phan Don, también conocidas como las famosas 4000 islas del Mekong. La fama les viene, además de por ser un paraje paradisíaco en medio de las aguas marrones del Mekong, por ser el sitio ideal para descansar alojado en cabañas de madera sobre el río y disfrutar de prolongadas siestas en las tan comunes hamacas. Aquí cada casa tiene unas cuantas y parecen ser esenciales para disfrutar de el ritmo d vida más relajado que jamás he visto. Nosotros por supuesto nos apuntamos, aquí una foto.

Y aunque no haya nada que hacer, una parada en Si Phan Don es estrictamente necesaria para todo visitante de Laos. El paraje es muy especial, y no sé si son realmente 4000 islas, aunque seguro que son muchas. Infinidad de trozos de tierra grandes y pequeños repletos de vegetación que descansan entre los miles de brazos en los que se divide el enorme río. Es como un delta infinito pero a cientos de kilómetros del mar. Aquí os añado una fotos de las vistas desde nuestra cabaña, la segunda de una puesta de sol.

Y aparte de cuidarnos, dormir y descansar, cambiar cena por cerveza alguna que otra vez y hartarnos de comer, también nos dimos un paseo en bicicleta uno de los cuatro días que en total estuvimos en la isla de Don Det. En concreto esta isla está unida a la isla de Don Khon, más al sur, por un puente de piedra sobre un brazo del Mekong que corre vertiginosamente hacia una enorme cascada. De nuevo en bicicleta recorrimos los caminos de piedra y tierra de las islas, explorando las zonas más rurales y huyendo de la concentración de casas de huéspedes al norte de la isla de Don Det donde nos alojábamos. A pesar de haber muchos hostales y restaurantes acumulados en un mismo punto, esto dista enormemente de Lloret de Mar o Torremolinos, con lo que esperemos por muchos años siga siendo un pequeño paraíso en el sudeste asiático. Por último os enseño unas fotos de la excursión, la primera una foto obligada para que entendáis por qué la gente local se ríe de nosotros cuando vamos de paseo, y la segunda y tercera fueron fotos que nos sacamos en los alrededores pedregosos de la cascada que fuimos a visitar.

Y hasta aquí las historias de Laos, un país que sin duda es el que más me ha cautivado en lo que llevamos de viaje. Recomendamos cien por cien una visita a esta joya del sudeste asiático, sobre todo mientras el turismo sea tan tranquilo como hasta ahora, y antes de que el gigante chino acabe con sus bosques a cambio de carreteras de asfalto y estructuras de hormigón. Sin más os dejo, deseando que todos estéis pasando unas estupendas vacaciones. Os echamos mucho de menos y, por cierto, ya podemos asegurar que cruzamos el charco, pero no el pequeño sino el grande, el Pacífico. ¡Ya tenemos billete! Ahora sólo nos falta ahorrar un poco más para poder volver a casa desde allí pero… ¿a qué casa? ¡Ay por Dios! Dejemos de pensar en esto ahora, ya resolveremos la papeleta. Muchos y enormes besos.

Antonio

domingo, 1 de agosto de 2010

Regreso a Vientiane y Laos centro

¡Hola queridas/os! A estas alturas de canícula no esperamos una audiencia abrumadora, pero igual queda algún fiel seguidor, sí Mari Asun que sé que estáis ahí, así que aquí estamos de nuevo. Muchas gracias por seguirnos, de verdad, vuestra compañía virtual se nos hace muy cálida y amortigua en parte la lejanía de vuestras presencias. Perdonadme si muestro un tono algo afectado y rimbombante, es que me he tragado dos novelas seguidas de Jane Austen, me encanta.

Con Antonio nos habíamos quedado en el regreso a Vientiane por carretera en sustitución del trayecto en barco que pensábamos hacer. Una vez de regreso en la capital de Laos, no queríamos permanecer demasiado tiempo, pero antes de partir hacia el sur hicimos una visita que considerábamos muy importante. Se trata de COPE, una organización que se dedica sobre todo a ayudar a víctimas de accidentes relacionados con material explosivo. También ofrece su apoyo a personas que hayan perdido de alguna extremidad en otro tipo de accidente o a causa de alguna enfermedad. Tienen una exposición permanente con explicaciones sobre las bombas y la peligrosa relación de dependencia que la población rural guarda con ellas, una muestra del trabajo que realizan como ortopedas y rehabilitadores, vídeos y fotografías contando la historia de algunas víctimas y una sala con documentales. Nosotros vimos uno muy interesante sobre los trabajos de detección y desactivación de bombas por un equipo australiano que estaba seleccionando y formando a nuevos técnicos de entre la población local.

Entre los años 1965 y 1975, el gobierno de los EEUU bombardeó Laos con 2.093.100 toneladas de material explosivo durante 580.944 salidas aéreas según datos oficiales, un promedio de un vuelo cada nueve minutos. Eran bombas de racimo que estaban pensadas para abrirse antes de tocar tierra y desparramar unas trescientas o cuatrocientas minibombas (aquí les llaman “bombis”) que a su vez escupían incontables partículas de metralla al contacto con el suelo, una auténtica filigrana. Por suerte o desgracia el material debía tener alguna laguna en su diseño, y se calcula que un nada desdeñable 30% de los artefactos no funcionó bien en su momento, con lo que yace semienterrado en los campos de casi todo Laos; lo malo es que aunque en su día no funcionaran, todavía pueden hacerlo. El coste económico de semejante campaña fue de unos dos millones de dólares al día durante ¡nueve años! de fuegos artificiales a lo largo de toda la geografía del país. En cuanto al coste en vidas al parecer nadie sabe cuánta gente murió entonces, pero el asunto es que siguen muriendo personas y otras sufriendo terribles mutilaciones cuarenta años después.

En áreas rurales con los recursos limitados a la pequeña producción agrícola y la ganadería doméstica, la búsqueda y venta de la chatarra procedente de las bombas, sobre todo por niños, constituye una entrada económica muy superior a cualquier otra. Así, entre el desconocimiento relativo del peligro potencial de la chatarra y la necesidad económica de estas comunidades, el tema parece obviarse y nadie impone un remedio definitivo. De vez en cuando mueren cuatro o cinco chiquillos, pero me imagino que todos pensarán que a sus hijos no les va a ocurrir, así que los padres cruzan los dedos cuando los niños salen, y ponen la mano cuando regresan. El gobierno no parece dispuesto más que a lanzar una campaña educativa de vez en cuando, de un modo u otro hay un sector de la población que remienda sus miserias con este cambalache y, pensando fríamente, la administración busca el bienestar del pueblo ¿no? Además los intermediarios de la chatarra, que ganan una buena cantidad de dinero, están bien organizados y supongo que dejarán un porcentaje de esa ganancia en el bolsillo de algún ministrillo. O sea que entre las autoridades se impone la ceguera por encargo, ¡qué cosa tan común!

Las ayudas de otros países para la localización y desactivación del material explosivo van haciendo lentamente su tarea pero, según el ritmo actual, pueden tardar cien años más en acabar con el último rastro. Los Estados Unidos, contradiciendo su espíritu magnánimo, sólo aportan unos seis millones de dólares al año, lo que solían costar los bombardeos de tres días. Se conoce que no están muy arrepentidos.

Yo intentaba entender por qué Estados Unidos tenía ese afán de bombardear Laos, cuando quedé pasmado al saber que el país había sido declarado neutral en la conferencia de Ginebra en 1954. En dicho acuerdo se prohibía la presencia de militares extranjeros en su territorio. ¿Entonces? Bien, resulta, según la versión “más oficial”, que en esos momentos USA estaba en pleno delirio de Vietnam y los vietnamitas del norte (los malos y comunistas) pasaban al sur (los buenos, aliados con EEUU, claro) utilizando la conocida como “Ruta Ho Chi Minh”, que cruzaba Laos casi de norte a sur por el este. Yo no sé cuántos vietnamitas utilizaban dicha ruta, pero da la sensación de que Estados Unidos reunió a su consejo de sabios para inventar lo de matar moscas a cañonazos.

A mí me da que algún amigo del presidente estadounidense le había ofrecido a éste unas nuevas bombas último modelo que estaba fabricando, así que la Casa Blanca no lo pudo resistir y compró 260 millones de unidades, no se fueran a acabar. Cuando recibieron el pedido se montaron una ciudad secreta dentro del territorio de Laos (¿habíamos dicho conferencia de Ginebra o que no falte la ginebra?) para tener una base y un aeropuerto bien localizados y ¡ala, a ver quién es el guapo que se atreve a pasar por la mencionada ruta!

Como acompañamiento de fondo, parece que los estados los EEUU apoyaban desde hacía ya algún tiempo al ejército monárquico de derechas en la conocida como “Guerra secreta” de Laos, contra los comunistas de izquierdas, claro. Así las cosas, tuvieron que repartirse las bombas entre la ruta Ho Chi Minh y algunos objetivos políticos en el norte del país.

Aquí tenéis un mapa con un punto rojo por cada misión de bombardeo (hagan zoom)

Este es un resumen incompletísimo de lo que pasó, ya sabéis que donde estén los americanos hay espionaje, contraespionaje y encaje de bolillos. Al final, EEUU salió con el rabo entre las piernas de Vietnam y en Laos ganaron los comunistas, entonces ¿para qué sirvió tanta bomba? Me imagino que el fabricante de armas acabaría de juntar para la entrada de un pisito.

Siento haber tenido que incluir una lección de historia en tiempo de vacaciones, pero es que nosotros nos quedamos perplejos con las cositas de los Estados Unidos.

Y de Vientiane poco más, porque al siguiente día salimos hacia el sur. Queríamos visitar Kong Lo, una cueva que está en el centro del país y que según las guías era una de las más impresionantes que se pueden visitar por aquí. Cogimos un autobús y en unas horitas de nada estábamos en una aldea pequeñita ,Ban Na Hin, que la mayoría de la gente visita sólo para hacer la excursión de la cueva y dónde no había mucho que hacer. Así que tuvimos tiempo para unos paseítos y unas BeerLao.

En el camión que cogimos el día siguiente para ir a la cueva de Kong Lo conocimos a Rosie y Jake, una pareja de ingleses de veintitantos años que llevaban un año viviendo en Ho Chi Minh City (antigua Saigón), Vietnam. Ella trabaja como profesora de inglés para niños en proyectos solidarios y él como arquitecto en prácticas para clientes que le vuelven loco con el Feng Shui. Os los presento porque seguiremos juntos de viaje durante algunos días.

Vistas desde el camión camino de la cueva

Algunas cabañas típicas

El verde fosforito de Laos

La cueva es un hueco que el río ha ido horadando en la roca, me imagino que a lo largo de diezmiles y diezmiles de años, hasta conseguir un túnel de siete kilómetros y medio por el que el río discurre con algo de prisa pero sin peligro. Gracias a ello se puede navegar por todo el trayecto y cruzar de un lado a otro de la montaña. De hecho los locales lo utilizan como vía de comunicación cotidiana, cada día cruzan barcas con pasajeros que cargan con sus sacos de grano y sus bolsas de mazorcas y verduras para la semana.

Antonio en la entrada de la cueva

El interior de la cueva está sumido en una infinita oscuridad, huelga decirlo, y a pesar de que llevábamos linternas había zonas en que no servían de mucho, ya que las bóvedas llegan a alcanzar hasta cien metros de altura y noventa de ancho. Las barcas son para tres turistas, así que no pudimos viajar con nuestros recién adquiridos compañeros, Antonio y yo íbamos en una canoa fragilísima con un vigía al frente y el piloto detrás. Al comenzar la travesía teníamos algo de cachondeíto, porque todo parecía la típica atracción turística cargada de expectativas pero que luego se queda en poco más que una rascadeta de butxaqueta (butxaca=bolsillo en catalán). En cuanto avanzamos los primeros cientos de metros nos fuimos quedando calladitos. La sensación era sobrecogedora, había un insistente murmullo de agua que el eco multiplicaba hasta darte la sensación de que no ibas a tardar mucho en caer por la catarata. El motor del barco embarullaba el encanto y ahuyentaba el pequeño cosquilleo de inseguridad, pero no habría sido práctico remar a contracorriente por evitar el ruido por muy romántico que yo lo hubiera encontrado a priori.

Yo me imaginaba en una novela de exploradores, o la de Verne del viaje al centro de la tierra, o no, mejor, esas películas que ridiculizan a las osadas señoras que se atrevieron a acompañar a sus maridos en sus expediciones con complicados vestidos e insuficientes comodidades… ¡Walkin! ¡Walkin! ¿Qué? ¡Walkin! ¡Walkin! El conductor de la canoa me sacaba a gritos de mi ensoñación para ponerme los pies en la tierra, bueno, en el agua, porque había que sortear un pequeño desnivel bajando de la embarcación y caminando unos metros. Esto se convertirá en algo habitual en el resto del trayecto. Antonio había decidido traer los zapatos porque resbalan menos y, claro, fue haciendo chop-chop hasta que volvimos al hostal, je, je. Cuando caminábamos la corriente nos trastornaba los andares y yo iba como una mari torpe el día que la llevaron a Guadalpark , exclamando y perdiendo el equilibrio a cada paso por la fuerza del agua. En una de las paradas los guías encendieron unas luces y nos dieron un pequeño paseo por un hueco de la cueva que tiene algunas estalactitas y estalagmitas. Pero las formaciones calcáreas no son el fuerte de esta gruta, así que yo estaba deseando volver a la barca para seguir imaginándome absurdeces de las mías.

Este soy yo cuando dimos el paseo por la gruta iluminada

Disfruté muchísimo con las gotitas que caían del techo e incluso con alguna buena ducha que el timonel acostumbra a utilizar como nota cómica para el viaje y aportar algo más de emoción. Cualquier cosa añadía interés a mis pensamientos. Por lo visto el túnel sirvió como refugio de guerra en alguno de los capítulos negros de la historia de Laos y mi mente melodramática estaba en plena lucha para no pensar demasiado en ello cuando sobrevino el final del trayecto. Detrás de la última curva comenzamos a ver luz natural y al girar llegamos a una amplia sala cuyos últimos metros de oscuridad en degradé enmarcaban la salida. Una preciosa abertura de diez o quince metros de altura rodeada de un verde brillantísimo que me invitó a descubrir que había tenido la respiración levemente contenida desde la última vez que vi el cielo. En la salida al exterior hubo algo de regocijo pero al navegar otros veinte metros ya estaba deseando volver a entrar. Por suerte había que desandar lo andado por el mismo camino, y tras veinte minutos concedidos al enfriamiento del motor y a la imperiosa y unánime necesidad de los guías de nuestra barca y la de nuestros amigos de fumarse el cigarrito, volvimos a la caverna, esta vez a favor de la corriente.

La entrada de la cueva

Me encantó la experiencia, el barquito era incómodo y el motor te ponía la cabeza loca, pero son dos cosas que ya he olvidado por completo, ahora sólo recuerdo nuestros puntos de luz errando por las paredes y los techos como luciérnagas locas, la intimidación de esa espesísima oscuridad, y el interés con que intentaba imaginarme el tiempo y la paciencia que ese pequeño torrente había empleado para crear esta vía. Habíamos atravesado el tubo digestivo de la ballena y estábamos a salvo, habíamos bajado al corazón de la tierra y podíamos contarlo, había sido, en definitiva, una aventura preciosa y un regalo para mi imaginación.

Emmmm, bueno, un poquito cursi sí que ha quedado al final, pero es que si no hago un poco de pastel vais a creer que soy un insensible, siempre contando crónicas irónicas.

Reanudando el camino al sur nos detuvimos en Savannakhet, una ciudad desde la que se puede ver Tailandia al otro lado del Mekong. De atractivos turísticos no parecía que fuéramos a encontrar el oro y el moro, pero es que teníamos que parar porque la mismita noche que llegábamos era la final del mundial y, claro, era mejor parar en una población grandecita para tener más posibilidades de encontrar un bar con pantalla gigante o tele en la habitación. Rosie y Jake se unieron con nosotros y viajamos los cuatro en un camión revientaculos (perdón) desde Ban Na Hin, la aldeíta de la cueva. Al llegar nos pusimos a buscar hostales y en el primero que visitamos conocimos a Kevin, un chico francés estudiante de medicina que estaba haciendo unas prácticas en un hospital de la ciudad. Luego en nuestro alojamiento definitivo comprobamos con alborozo que las habitaciones tenían tele y nevera, con lo que si no encontrábamos un bar que fuera a estar abierto para la final podríamos verla en la habitación.

Efectivamente, en Laos hay una especie de toque de queda a las 23:00 y después de preguntar durante un buen rato en todos los bares que vimos con tele, parecía que ningún local nos iba a dar el gusto de apoyar a la roja, de modo que tuvimos que comprar quince botellas de dos tercios de cerveza y ¡marchando para la habitación! Cuando llegamos nos dimos cuenta de que eran las 22:00 y que faltaban tres horas y media para empezar el partido, bueno, pues nos vamos a la calle hasta que cierren los bares. A diez metros del hostal había un bar con terracita muy agradable, pero el camarero nos invitó a pasar dentro, un local con aspecto muy occidental y con ¡¡¡PANTALLA GIGANTE PARA VER LA FINAL DEL MUNDIAL!!!! ¡Maldición! ¿Y ahora qué? Evidentemente al comparar, decidimos quedarnos en el bar y ya si eso en días posteriores iríamos reduciendo el stock alcohólico que habíamos almacenado en nuestra nevera.

El camarero iba a hacer la foto pero le vi torpe,
aunque monísimo y encantador, y preferí que saliera él

El bar tenía una atmósfera rarilla, pero nos dimos cuenta de que lo único fuera de lo habitual era que los parroquianos eran travestis y mariquitas, mira tú qué jocosa coincidencia. Al principio Jake parecía no tenerlas todas consigo pero en seguida nos desinhibimos coreando burradas futbolísticas en inglés y en español al más puritito estilo hooligan que él nos enseñó muy bien. La noche fue muy graciosa, no parábamos de hacer payasadas y reír, Antonio intentaba convencer a nuestra travesti favorita de que no animara a Holanda, pero es que a ella le gustaba el color naranja y contra eso no hay argumentos patrios que valgan. Tuvimos tiempo, por lo infinito del partido, para ponernos nerviosos, emocionarnos, luego Rosie se fue a dormir antes de la prórroga, y al final ya queríamos que acabara como fuese porque estábamos muertos de cansancio.

Casi todos con la roja

Esta es la seguidora de Holanda, era muy graciosa

Y ¿sabéis? ¡Ganó España!

No os imagináis cuántas felicitaciones nos quedan aún por recibir cada vez que digamos que somos españoles. En general el mundo está loco por el fútbol, pero que en Laos se sepan la plantilla, o como se llame la lista de los que juegan, del Barça, a mí me parece digno de mención. Nuestra amiga Cristina Gamell que es guapísima y está viviendo en Melbourne describe el acontecimiento de un modo muy elocuente: “…al día siguiente, hasta los compañeros del laboratorio con los que nunca hablo se acercaban a felicitarme, ¡era como mi cumpleaños!”. Maravillas del deporte, fíjate. ¡Un beso Cristina! Y ¡felicidades!

Al día siguiente hicimos poca cosa porque teníamos que descansar, el partido terminó sobre las cuatro de la mañana y nosotros no nos acostamos nunca más allá de las once. Vaale, bueeeno, y que teníamos una resaca considerable también. Dimos un paseíto por el Mekong y por la tarde nos tomamos unas cervezas de nuestra nevera con Rosie y Jake y Kevin y su otro amigo francés estudiante de medicina en prácticas. Otra vez nos acostamos tarde, seguíamos de celebración.

Un día más en Savannakhet y teníamos que hacer algo que no tuviera relación con la roja ni con la cerveza así que nos fuimos a conocer algún templo. De los pocos que había nos atrajo uno en que tenían un taller donde fabricaban estatuas de Buda en serie con unos moldes enormes y mucho cemento. Normalmente los monjes son bastante tímidos pero esa tarde todos querían salir en la foto, casi que me junto con un equipo de fútbol, pero estos irían con Holanda, como nuestra amiga del bar.

Naranjito fútbol club

Taller de fabricación de budas de cemento

Al salir del templo nos encontramos con nuestros amigos ingleses paseando y decidimos ir los cuatro al museo provincial, mejor hubiéramos ido a tomar una cerveza. El museo era lo más ingenuo que he visitado en mi vida, tenían fotos de los objetos de la exposición, pero no había objetos. A mí me parece muy naïf y entrañable, pero es que nos quedamos como la que se tragó el cazo, porque además las explicaciones sólo estaban en lao.

Luego quedamos con Kevin que es aficionado al funambulismo y se había traído la cuerda. Al principio nos dijo que se la llevaba porque se acercaban los niños a jugar con él, y es cierto, los chicos y los mayores que pasaban por la calle se acercaban a jugar. Pero luego, como sin querer, dejó caer que era una manera de atraer chicas. ¡Ay pillín!

Aquí salgo yo haciendo equilibrismos con la ayuda de Rosie

Esa noche, para despedirnos de Savannakhet decidimos bajar a cenar al Mekong y pasamos un rato muy agradable con Rosie y Jake en una plataforma sobre el agua, llevaba corriente ¿eh? Decidimos continuar el viaje juntos, así que al día siguiente nos fuimos juntitos a Tat Lo, a pasar unos días de cabañita junto al río. Pero eso lo contará Antonio en la próxima entrega.

Muchos besos y reitero mis agradecimientos por seguir a la escucha. Muchos besos.

Andrés.