jueves, 2 de septiembre de 2010

Y al final, todo acabó en fiesta

Andrés ya ha contado las maravillas de Angkor, unos vestigios arqueológicos casi indescriptibles, ya que es muy complicado explicar la grandeza y voluptuosidad de los templos que hemos visitado. Incluso habiendo estado allí es difícil imaginarse la mayor ciudad preindustrial de la historia, en la que por supuesto no había sólo tempos, sino que se cree allí vivieron hasta un millón de personas en una aglomeración que se extendía 1000 kilómetros cuadrados ¡toma ya! Más tarde en el Museo Nacional de Phnom Penh, capital de Camboya, observamos unas recreaciones de animación que la Monash University (Melbourne, Cristina ¿qué tal?) ha creado para reflejar cómo transcurría la vida normal en Angkor. Aquí os pongo el enlace a la página de National Geographic, creo que colaboraron en el trabajo. Es una página un poco rara, y hay que actualizar el flash y todo eso, pero es que me pareció muy curioso cuando lo vimos.


Finalmente dejamos Siem Reap en un autobús que por 5 $ cada uno nos llevaría a Battambang, una ciudad al noroeste del Tonle Sap, el lago en el centro del país. En principio teníamos intenciones de desplazarnos a Battambang en barco, ruta muy recomendada ya que tienes la oportunidad de navegar el Tonle Sap y observar algunas aldeas flotantes y la vida que tiene lugar en ellas a golpe de remo. Pero encontramos varios inconvenientes; el primero de todos eran los 19 $ del billete por barba, lo cual dista mucho de los 5 $ del autobús, y lo segundo eran la ocho o nueve horas del recorrido, por supuesto hacinados y sentados en un palo. Además planeábamos visitar otros pueblos flotantes de camino a Phnom Penh, con lo cual nos podríamos ahorrar 14 dólares cada uno en beneficio de nuestro presupuesto, que seguro que no os parece tanto, pero os aseguro yo que las labores de contabilidad y gestión del dinero están siendo tareas arduas en el transcurso de nuestra vuelta al mundo. La única desventaja del autobús frente al barco es que puedes pinchar una rueda y retrasar la llegada. Nosotros, por supuesto, pinchamos. Os prometo que después de tantos episodios tirados en la carretera soy capaz de cambiar una rueda de autobús; la de un coche no lo sé, ¡como soy novato! je, je.

Ya en Battambang logramos sortear a la decena de conductores de motos que se arremolinaban en la puerta del autobús mientras los pasajeros casi ni podíamos abrirnos paso entre ellos, todos ofreciendo llevarnos a hoteles baratísimos y estupendísimos. Nosotros nos refugiamos en un restaurante chino vegetariano –qué combinación tan rara ¿no?, ni en Barcelona existen cosas tan especializadas- que resultó ser el descubrimiento del día. Evidentemente en el transcurso de nuestro viaje estamos teniendo la oportunidad de salir a comer muchas veces fuera, mejor dicho, siempre comemos fuera. Así, no nos inundan las ganas de probar cada día sitio nuevo; cuando en una ciudad reconocemos el restaurante que está bueno, como decimos en Cataluña, y es barato y agradable, de allí no nos echan ni con agua jirviendo. En Battambang, el Merci, el restaurante chino vegetariano, sería nuestra apuesta durante los tres días que allí nos quedamos. Aquí os enseño una foto de Andrés disfrutando de un postre chino. ¡No! ¡No es merengue!, por suerte. ¡Es hielo con sabores! Es que a los chinos les encantan las texturas raras y los colorines… ¡ya se yo de dónde ha sacado Ferrán Adrià más de una idea!, ese tío es un espabilao, pero a mí no me la da, je, je. ¡Desde que te vi venir!... (guiño a la minipandi)


Después de tomar algo allí, rápidamente encontramos una habitación a buen precio en un hotel cercano. La habitación estaba super limpia, con su tele, su televisor, su cabecero de madera maciza, eso se lleva mucho aquí, y un cuarto de baño reluciente. La única ausencia era la ventana es decir, era una habitación sin luz natural, un trastero vamos. ¡Pero es que eran 6 $! Estábamos seguros de que allí nos apañábamos las dos noches o tres que íbamos a pasar en Battambang. La primera noche bien, el ventilador que a la velocidad 3 provocaba un viento huracanado en aquella habitación hermética fue suficiente para permitirnos un buen descanso. Pero el segundo día la habitación ya estaba más calentica claro, aquello no había quien lo ventilara. La segunda noche fue horrible; además coincidía que yo andaba con dolor de garganta, por lo que sólo permitía a Andrés encender el ventilador en velocidad 1. Y menos mal, con la velocidad 3 podríamos habernos despertado en medio de un remolino a modo de Katrina o tormenta delta!!! ¡Y ya el tercer día era imposible! No podíamos dormir en aquel horno. “Por favor, ¡una habitación con ventana!” implorábamos a la recepcionista. “Ok, pagamos un dólar más por una ventana si esto nos ahora una muerte lenta por falta de oxígeno y alta temperatura”. Os lo digo yo, mereció la pena el gasto, je, je.

Y Battambang no es que tuviera mucha cosa, un pueblo bastante motorizado que podría ser, como otras ciudades de Camboya, el resultado de la mezcla del urbanismo característico de Laos y el caos de la India. Afortunadamente desde que abandonamos el subcontinente indio no hemos vuelto a sufrir un estrés similar en ninguna de las ciudades que hemos visitado, de lo que podéis deducir que la entropía de Battambang era bastante llevadera. Básicamente queríamos hacer dos cosas: una excursión por los alrededores para visitar algunas ruinas de la época de Angkor así como unos templos budistas, y montarnos en el tren de bambú. Finalmente en los tres días que estuvimos allí sólo hicimos la primera de estas dos cosas, y el viaje en tren de bambú, que ya Andrés os explicará en la siguiente entrada, lo dejamos para la visita a Pursat, un pueblo más al sur y en nuestra ruta hacia Phnom Penh.

Y ¿qué hicimos entonces en todo ese tiempo? Como ya sabéis estamos tratando de dar la vuelta al globo sin un round-the-world-ticket (billete de vuelta al mundo), ticket que muchas alianzas de aerolíneas ofrecen a “buen” precio si antes determinas las fechas y las escalas de tu viaje. Nosotros hemos optado por hacer el viaje por libre e ir determinando la ruta, más o menos, conforme vamos viajando, entre otras cosas porque no tuvimos tiempo ni ganas de planear tan detalladamente nuestra escapada con antelación; aún así necesitamos cierta previsión para ir comprando los billetes que nos devuelvan a España, sobre todo para poder pillar las tarifas buenas es decir, la baratas. Y realmente no sé por qué nos dio por ahí, pero en Battambang comenzamos a esbozar el resto de nuestro paseo por el sudeste asiático, la visita a Oceanía y la llegada a Sudamérica. Ya os adelanté en mi anterior entrada que ya tenemos billete para cruzar el Pacífico. Pero todo el proceso de búsqueda y compra de billetes por internet en ciber cafés no duró sólo el tiempo que estuvimos en Battambang, sino que nos hicieron falta otros tres días más en Phnom Penh para cerrar la tourné. En total nos pegamos juntos siete horas de internet en Battambang y otras seis en Phnom Penh. Y además la cosa no fue tan sencilla como buscar, comparar, cuadrar fechas, consultar las condiciones de visados en los diferentes países y comprar, sino que la actividad se nos truncó a la mitad inesperadamente.

Os explico. Una vez teníamos decididas las escalas, las fechas, los vuelos definitivos, y más importantemente, cuadrados los números en el presupuesto del viaje, sólo hacía falta comprar de seguida todos los billetes. Y digo de seguida porque sólo hace falta que lo dejes para mañana para que desaparezca esa oferta tan estupenda, y el vuelo que te salía por tan sólo cien euros ahora te salga por trescientos. Tratando de comprar seis vuelos no podíamos asumir ese riesgo múltiple. Algunos de vosotros ya sabéis la ruta que completaremos, pero aún así trataré de obviar las escalas concretas para mantener el “gran misterio” de nuestro viaje y mantener “vivo” el blog. Compramos entonces nuestros dos primeros vuelos que nos llevarían, haciendo una escala en el sudeste asiático, a Indonesia. Ambos vuelos los compramos con Air Asia, una compañía de bajo coste de verdad, no los queos que tenemos en España. Pero tratando de pagar el tercer vuelo, de Indonesia a Australia donde nos encontraremos con Cristina, también con Air Asia, pues ¡aquello no tiraba! “Error” decía la página, “¡horror!” decíamos Andrés y yo después de intentar la compra cuatro veces a distintas horas del día. “¿Será que nos tenemos que sacar el visado electrónico para visitar Australia antes de efectuar la compra? ¿Será que la compañía muestra ese billete en la web pero al final la tarifa es fantasma?”, nos preguntábamos Andrés y yo sin parar. “Y ahora ¿qué hacemos?”. Pues eso, a grandes problemas, grandes soluciones, “nos vamos a Phnom Penh al aeropuerto, a la única oficina de Air Asia del país, y que nos resuelvan la papeleta”. Claro, ahora que no sabíamos seguro si llegaríamos a Australia no podíamos continuar comprando el cuarto, quinto y sexto billete para completar la ruta. “Mañana nos levantamos temprano, nos cogemos un autobús y nos plantamos en Phnom Penh”. Dicho y hecho.

En esta situación, y entre visita y visita a internet, sólo nos dio lugar a hacer una de las excursiones. El tren de bambú lo podríamos experimentar después nuestra prematura visita a Phnon Penh, en un pueblo al que tendríamos que llegar retrocediendo sobre nuestros propios pasos, Pursat, ya que se encuentra a medio camino entre Battambang y Phnom Penh. Así, tras acordar un precio razonable con un conductor de tuk-tuk visitamos Phnom Banan y Phnom Sampeau. El primero de estos sitios, Phnom Banan, es una colina en cuya cima se encuentran las ruinas de cinco torres-templo del siglo XI, y que según los locales fueron la inspiración para la posterior construcción de Angkor Wat, que presenta igualmente cinco torres. Evidentemente eso sólo lo piensa la gente de aquí, a quienes el resto de camboyanos no les echa ni cuenta. Para visitarlos había que ascender una enorme y cansina escalera cada vez más empinada, en la que nos cruzábamos los guiris acompañados de niños camboyanos que trataban de abanicarte a cambio de unos rieles. “¡Quita niño! Si le estoy racaneando un dólar a la chica del hotel por no tener ventana ¿cómo te voy a dar dinero a ti por abanicarme?” Creo que más que por mis palabras me entendió por el tono de voz, normal. Y arriba, una cosa muy modesta, pero con su encanto. Aun habiendo estado en Angkor merece la pena la visita este sitio. Aquí un par de fotos.




De nuevo en el tuk-tuk nos dirigimos a Phnom Sampeau atravesando, por un carril de tierra y piedras, el típico paisaje camboyano de llanas extensiones sembradas de campos de arroz de un verde casi fluorescente, y salpicadas por palmeras, bananeros y árboles que aportan unas tonalidades más oscuras de verde. En cierto modo, -a ver si me explico para que no me toméis por loco-, este paisaje me recuerda un poco a las dehesas de Huelva y Extremadura, sobre todo cuando después del invierno y las lluvias la tierra está recubierta por un manto de hierba verde intenso sobre el que destacan las encinas y alcornoques de un verde más oscuro. Salvando las diferencias, claro.

En nuestra visita a Phnom Sampeau, de nuevo una colina que emerge de las infitinas llanuras de arroz, pudimos pasearnos alrededor de templos y santuarios budistas que poblaban la cima, de nuevo recubiertos de reflejos dorados y con el aire un poco hortera que diferencian a la arquitectura budista camboyana de su homóloga laosiana, mucho más refinada y proporcionada. Por ello esto no fue lo que más apreciamos de nuestra parada, sino que nos deleitamos con espectaculares vistas que teníamos de los campos de arroz. Aquí os pongo un par de fotos, a ver si entendéis más fácilmente el símil escrito más arriba.



Por último, y con ayuda de unas chicas camboyanas muy amables, pudimos encontrar en la masa forestal de la colina, el camino a las killing caves o cuevas de la muerte. Estas cuevas fueron escenario, al igual que otros cientos de lugares repartidos por todo el país, de los asesinatos y atrocidades que componen el capítulo más negro de la historia de Camboya, el régimen del Khmer Rouge entre los años 1975 y 1978, del que más tarde contaré detalles a propósito de algunas de nuestras visitas en Phnom Penh. El grupo de chicas camboyanas resultó ser un cuarteto de quinceañeras que, a la caza de turistas, esperaban entablar conversación con cualquiera con el que pudieran practicar su inglés. Ya nos había pasado con algún monje budista en los monasterios de Laos, pero también este motivo es usado en más de un punto turístico caliente por maleantes y timadores como excusa para embaucar y robar a guiris. El grupo de quinceañeras no parecía suponer peligro alguno: chicas jóvenes con sus bolsitos, risas de vergüenza y timidez es decir, chicas en plena edad del pavo, y caras repletas de acné y espinillas. Por ello accedimos a entablar conversación con ellas, contarle un poco de nuestra vida, y de paso pedirle que nos llevaran a las cuevas. La verdad es que fueron encantadoras y en el momento de despedirnos no paramos de darle las gracias y aconsejarles que siguieran practicando y estudiando inglés.


Y tal y como os he contado antes, al día siguiente nos dirigimos a Phnom Penh sin pensarlo dos veces, e intentar resolver la papeleta de los vuelos en el aeropuerto de la capital. Lo malo era que al llegar más por la tarde no podríamos ir a las oficinas de Air Asia el mismo día, así que nos tomamos la cosa con calma, exploramos el barrio en que nos alojaríamos y planeamos un poco qué hacer en nuestros sucesivos días. Y ¿cómo explicaros cómo es Phnom Penh? Pues es una ciudad de 1,3 millones de habitantes y, creo yo, 1,3 millones de motos. Aquí en Camboya la cosa va de motos, eso está claro. El tráfico es algo exagerado, y los miles de motos se mezclan con numerosos coches, todos ellos monovolúmenes de esos que parecen todoterrenos, autobuses y conductores de ciclos, bicicletas que llevan al cliente en este caso en la parte delantera del vehículo en lo que se asemeja a un sofá de una sola plaza. Pero aún así, la cosa no parece ser peligrosa para los peatones, no porque haya pasos de cebra ni semáforos, sino porque una vez que le echas cojones y te tiras al asfalto caminando a una velocidad moderada, todos los vehículos te sortean por delante y por detrás a la vez que tu vas avanzando lentamente hacia la acera opuesta. El truco es ese, lentito pero tampoco despacio del todo, y con decisión; como te vean dudar y no sepan si vas pa’lante, pa’tras o te vas a parar, ya no saben por dónde rebasarte, y entonces ya la hemos liado porque pararse no se paran, ¡eso seguro! Nosotros progresamos adecuadamente en nuestro aprendizaje, y pronto estábamos como pez en el agua. Como no, conforme íbamos andando no parábamos de tener ofertas de motos para llevarnos a algún lado, pero también, por parte de los mismos motoristas al parecer pluriempleados, de marihuana, “boom boom” y “happy ending” (final feliz en inglés). Nuestro guía Kim en Kompong Cham ya nos había mostrado dónde encontrar en su localidad las leidis para “boom boom”, con lo que ya estábamos al día de la terminología utilizada con los guiris para ofrecer chicas y facilitar el turismo sexual. Lo del “happy ending” todavía no lo hemos terminado de aclarar, aunque probablemente sea lo mismo, solo que para asegurarse que has captado la oferta en caso de no haber entendido la primera onomatopeya. Por lo demás Phnom Penh es una ciudad de arquitectura bastante corriente y más bien de poca altura, lo que afortunadamente deja escapar fácilmente el humo y los ruidos del denso tráfico motorizado.

La primera noche ya localizamos el restaurante que nos acogería para desayunar, comer y cenar en los días venideros, el “Mama Restaurant”. Desayunando allí al día siguiente pudimos arreglar con un conductor de tuk-tuk nuestra visita a Air Asia en el aeropuerto, así como otras visitas que haríamos en Phnom Penh; un chico joven, guapete y simpático, aunque lo más importante no era eso, sino que fuera fácil regatear y determinar un precio adecuado. Así fue. Para no entretenerme más, os diré que el problema en la compra de los billetes de Indonesia a Australia se debía a un fallo en la web, ¡toma castaña!, así que fue fácil pagar en metálico y comprarlos inmediatamente. Una vez tranquilos, aunque conscientes de que aún nos quedaban por comprar unos cuantos de vuelos para cruzar el Pacífico, pudimos dedicarnos a la actividad turística, en concreto una visita el Museo Nacional, con lo que terminaríamos el curso intensivo de cultura Khmer que habíamos empezado hacía 11 días en Kompong Cham. En él se encuentra la colección más extensa de cultura Khmer del Camboya, con multitud de esculturas y restos arqueológicos recuperados de Angkor y otros puntos del país. De las cosas más importantes que pudimos aprender allí fue la evolución de la representación escultórica del linga (pene) de Shiva. Básicamente pudimos concluir que la tendencia artística llevó a los escultores de las enormes rocas graníticas desde el realismo a otra tendencia más abstracta; principalmente me refiero a la desaparición del frenillo como elemento ornamental del linga. Así, las esculturas más antiguas tienen claramente forma de pilila, mientras que las más evolucionadas se ciñen a un patrón de base octogonal, una parte intermedia cuadrangular (¿o era al revés?), y un extremo superior redondito. Algo menos ordinario, definitivamente. Siento no tener fotos, pero la captación de instantáneas en el museo estaba prohibida.

Por suerte, en la zona dedicada a una exposición itinerante e interactiva acerca de la cultura de países regados por el Mekong sí se podían hacer fotos, y pude pillar a Andrés probándose algunos estilismos regionales ¡sí! Aquí una foto del exterior el Museo Nacional y del modelo de haute couture mekongiana.



En los siguientes días, además de continuar con las horas de internet y la planificación del viaje, cambiamos de tópico y nos pusimos al día de, como os comentaba anteriormente, el episodio más terrorífico de la historia de Camboya, el régimen del Khmer Rouge. Resulta que tras el protectorado francés de Laos, Vietnam y Camboya, este último país obtuvo su independencia en 1953 durante el reinado de Sihanouk; Francia apoyó la monarquía local en sus últimos años de “visita” en Camboya. Los primeros años del reinado de Sihanouk fueron de prosperidad para el país, así como de apoyo a China y a los vietnamitas del norte, comunistas en guerra contra los vietnamitas del sur, a cuyo lado se encontraban los Estados Unidos de América. Poco a poco el régimen fue virando a un estado más represivo y corrupto, supongo fruto del régimen casi totalitario, y digo casi porque Sihanouk renegó del trono en 1955 para ser elegido seguidamente primer ministro en democracia. El desengaño de las juventudes más revolucionarias así como el bombardeo americano de terrenos camboyanos, dado que Sihanouk estaba permitiendo a través de Camboya el transporte de soldados vietnamitas del norte hacia el sur de Vietnam, provocó una rebelión que terminó con el golpe de estado de Lon Nol en 1970, y que obligó a Sihanouk a refugiarse en Pekín hasta 1975. Fue desde allí desde donde Sihanouk apoyó un movimiento revolucionario en contra de Lon Nol y que él mismo apodó Khmer Rouge, a cuya cabeza se encontraba Pol Pot.

Este pichuflín, Pol Pot, resulto ser un chico becado y educado en París, ciudad donde comenzó a tontear con el marxismo. A la cabeza del Khmer Rouge se encargó de liderar la guerra civil en Camboya, que acabó con la toma Phnom Penh y la liberación definitiva del país del régimen de Lon Nol en 1975. A los bombardeos de los americanos en Camboya durante el régimen de Sihanouk se sumaron entonces cinco añitos de guerra civil. Pero aunque Sihanouk volviera a Camboya, este no salió del Palacio Real, y sólo encerrado desde allí pudo contemplar el viraje al marxismo radical de sus, ya no tan colegas, Pol Pot & Cia. El Khmer Rouge, dando de lado a Sihanouk y tomando las riendas del país durante un régimen totalitario, gobernó Camboya hasta 1978, tratando de convertir el país en una enorme cooperativa de agricultores mediante una transformación total de su sociedad. Para ello se obligó a todos los habitantes de Phnom Penh y otras ciudades, incluidos niños y ancianos, a emigrar al campo, donde trabajarían de 12 a 15 horas al día con dos platillos de arroz en el cuerpo. Las familias fueron separadas de por vida en pro de una nación autosuficiente supuestamente basada en la agricultura pero también en la industria. La cultura y la educación quedaron totalmente abolidas, así como se persiguieron las conversaciones contra el régimen, las relaciones amorosas, e incluso a las personas que llevaran gafas, símbolo de sabiduría. Cualquiera de estas razones era suficiente para ser ejecutado inmediatamente. Fue una época en la que los ciudadanos no podían confiar en nadie, ya que cualquier confesión podría ser utilizada en su contra para acabar con el peor final posible, la muerte. El terror omnipresente hizo que el país fuera reconocido como una prisión sin muros en las propias palabras de los que sufrieron el régimen. El balance fue el asesinato de un tercio de la población total del país en tan sólo tres años, alrededor de dos millones de personas. Hasta entonces se habían cometido numerosos genocidios por desigualdades de raza, religión y razones varias, pero este ha resultado ser el primer autogenocidio de la historia.

No entendemos muy bien por qué la comunidad internacional no intercedió en lo que estaba sucediendo. Finalmente fueron los vietnamitas, después de la reunificación de su país en 1975 con la victoria de los comunistas, quienes entraron Camboya y liberaron a su población del Khmer Rouge. La cosa no debió de ser muy difícil, ya que además de que Phnom Penh y otras ciudades estaban desiertas, el terrorífico régimen había llevado al país a una debilidad total. Los años siguientes fueron años de guerrilla del Khmer Rouge, y no fue hasta 1991 cuando todos los partidos, incluido el Khmer Rogue, firmaron un acuerdo de paz. Lo dramático de la historia es que a día de hoy, incluso habiendo existido un gobierno de transición bajo control de la ONU, los dirigentes del Khmer Rouge siguen sin ser condenados por sus atrocidades. El juicio contra ellos está teniendo lugar ahora mismo, 31 años después de ser derrocados. Pol Pot murió durante los años de guerrilla.

En nuestras dos siguientes visitas nos empapamos de la realidad de estos tres años de la historia de Camboya, y no paramos de leer y escuchar los testimonios de los supervivientes en las exposiciones de dos famosos escenarios: la prisión S-21, ahora el Museo Tuol Sleng, y los campos de ejecución Choeung Ek. La prisión S-21 era un colegio que fue convertido en prisión para encerrar y torturar a aquellos que podrían suponer una amenaza al régimen, entre ellos importantes oficiales y mandatarios del propio Khmer Rouge que fueron denunciados por sus compañeros. Esta es una de las doscientas prisiones que había en Camboya, y está preservada tal cual la encontraron los vietnamitas en 1978. Lo único añadido son los paneles con las miles de fotos de todos los que pasaron por allí entre 1975 y 1978, y con algunos testimonios e historias personales. Algunas aulas hicieron las veces de sala de torturas mientras otras fueron divididas en decenas de celdas individuales. Todo tal cual, muy cutre, como de andar por casa, lo cual añadía mucha más sordidez a la visita. En las fotos os muestro uno de los edificios del colegio, la trama de espino metálico que evitaba que los internos se suicidaran saltando al vacío desde los corredores exteriores, y finalmente los pasillos improvisados entre las aulas y las celdas.






Y la segunda visita a los campos de ejecución de Choeung Ek no fue mucho más agradable. A pesar de lo macabro de todo esto, seguimos pensando que es imprescindible hacer alguna de estas actividades para “comprender” lo que sucedió en aquellos años de horror, algo que no debería de desaparecer de la conciencia popular y evitar así que vuelvan a suceder episodios como este. Los campos de la muerte de Choeung Ek están a unos 12 kilómetros al sur de Phnom Penh. Obviamente lo que allí sucedió fue la ejecución de hasta 17000 personas, la mayoría de las cuales provenía de la prisión S-21. Además de visitar una pequeña exposición y ver un documental, bastante sencillos pero también muy ilustrativos, tuvimos la “suerte” de pasear entre las fosas comunes. Andando entre los caminos que serpentean alrededor de los grandes hoyos en la tierra puedes incluso reconocer vestigios de huesos y ropajes de las personas que fueron ejecutadas y enterradas allí. Aún hoy en día, y tras una jornada de lluvia, estos restos emergen de la tierra volviendo a recordarnos que sólo hace 31 años que terminó el régimen del Khmer Rouge. Adicionalmente también puedes reconocer el árbol contra el que golpeaban a los bebés hasta la muerte, así como el árbol sobre el que colgaban la megafonía para poner a todo volumen canciones que hicieran sordos los gritos de terror de los ejecutados. Soy consciente de lo macabro de este relato, pero es que fue así, tal cual. Por último, y al igual que en otros cientos de campos de ejecución a todo lo largo y ancho del país, recientemente se ha construido un memorial de las víctimas, una estructura de arquitectura típica camboyana en la que se conservan huesos y ropas de muchos de los allí ejecutados. Aquí la foto.


Pero después de todo este sórdido recorrido por los puntos más calientes de la historia de Camboya, ¡todo acabó en fiesta! Sí, al día siguiente era 6 de agosto, el cumpleaños de Andrés. 35 tacos. Para ese día reservamos la visita al Palacio Real, que obviaré por no haber sino nada del otro mundo. Y después disfrutamos de una comida de cumpleaños en un restaurante de postín, ¡trece dólares los dos! Se nos fue la cabeza con el gasto, je, je. Y como no, compramos una tarta que Andrés llevaba esperando desde hacía varias semanas. Por la mañana localizamos una pastelería con buena pinta, y después de comer volvimos a por una tarta individual al gusto del ojomeneado. Para que entre tanto festejo nos se nos olvidara que andábamos en Camboya, decidimos comernos la tarta en el recinto de un monasterio budista en medio de la ciudad, en una mesa de obra a modo de merendero cobijada bajo la sombra de un árbol. Aquí unas fotos de Andrés disfrutando de su pastel. ¡Felicidades!






Al final acabamos el día en una terracita frente al rio Tonlé Sap, que un poco más abajo confluye con el Mekong. La cerveza durante la happy hour a 60 centavos de dólar no nos defraudó, aunque Andrés siempre quería más…


Mil besos a todos. Espero que os toméis con calma y filosofía el mes de septiembre. Nosotros seguiremos haciendo de las nuestras y contándolo. Os echamos de menos.

Antonio­­

martes, 24 de agosto de 2010

Primeros días en Camboya y Angkor

¡Hola de nuevo! Hoy no me entretendré en preámbulos porque voy tarde. Así que al lío, que os quiero mucho y tal. Antonio contó los últimos días de Laos en “las cuatro mil islas” que, la verdad, nos dejaron en un estado de relax y paz con el mundo perfectos para reanudar la marcha. ¡Ala! ¡A Camboya!

Familia camboyana en un desplazamiento cotidiano

Habíamos comprado el ticket de autobús en uno de los restaurantes-agencia de viajes de Don Det y no teníamos que preocuparnos por el visado porque ya lo habíamos conseguido en Vientiane así que sólo había que subirse al vehículo y bajarse cuando nos lo dijeran para enseñar los pasaportes con la correspondiente pegatina. Bueno, no tan rápido, primero había que llegar de la isla a tierra firme en una barquita que nos dejaba en el embarcadero-mercado donde estaban llegando barcas llenas de pescado. Muy pintoresco pero a una chica le dio un yuyu porque tenía fobia al pescado, la pobre, se le puso una cara… Una vez allí había que esperar media hora porque el autobús se había estropeado y entonces había que subirse en un camión de esos que hacen que en vez de dos culos tengas uno ¿se me entiende?

Al llegar a la frontera el camión nos volcó en el lado de Laos porque había que presentar la “tarjeta de salida” que es un papelito que se rellena al entrar a los países y te lo piden al salir, como el ticket del guardarropa o algo así. Por supuesto nos cobraron un dolarcillo por pasar por ventanilla. Habiendo completado esta formalidad un chico de la empresa de transportes vino a acompañarnos hasta el lado camboyano que estaba a doscientos metros, los cuales había que cubrir a pie. En la ventanilla de Camboya otro dolarcillo y una toma de temperatura, no sea que trajéramos enfermedades contagiosas. Luego hubo que esperar otro ratito a que todo el mundo terminara con los trámites antes de reemprender caminito, pero esta vez sí que nos subieron a un verdadero autobús. Un coqueto autobús camboyano color crema en el que nos proyectaron una película de unos chicos que hacen un viaje por Australia en coche pero un psicópata asesino los intercepta y les da la del tigre, ¡qué tacto! En un autobús lleno de viajeros aventureros. Yo, para que no se me quiten las ganas de hacer el trayecto en coche por Australia me puse música a todo volumen y me dediqué a echar unos primeros vistazos al paisaje de Camboya.

Ya nos habían avisado y en las guías había leído algo sobre la deforestación en el país pero me sorprendió que al ver las grandes llanuras sin árboles no daba sensación de desierto, no era un paisaje desolador. Los ojos se te llenan de verde, hasta donde te alcanza la vista. En la mayoría de los casos los campos están cultivados con arroz, Camboya produce muchísimo. Me imagino que el problema de la deforestación será más grave en zonas no cultivables y que el efecto no estará sólo en el hecho de que no haya árboles, el impacto será mucho más que una cuestión visual. El caso es que la tala descontrolada unida a la corrupción política es una amenaza real. En tres palabras y como diría la baronesa Thysen, la amiga de los árboles: “¡no! ¡ala! ¡tala!”.

El autobús en el que viajamos iba hasta la capital, Pnom Penh, pero nosotros nos bajamos en una de las primeras paradas, Kompong Cham. Para que os hagáis una idea, Camboya es un país redondete y en el centro tiene un lago muy grande y alargado, el Tonlé Sap. Nosotros vamos a rodear el lago en sentido opuesto a las agujas del reloj empezando por la derecha.
Al bajarnos del bus un grupito de conductores de motos y motocarros intentaban captar algún cliente pero nosotros fuimos andando porque los hoteles baratos estaban cerca. Pasamos por la orilla del río y vimos a un grupo de señoras haciendo aerobic al lado del puente, algo común en Camboya. La gente le paga una pequeña cantidad al profesor y se ponen allí a menear el cuerpo. También lo practican hombres pero, como siempre, las que tienen más arrojo para estas cosas son las mujeres. Ole.

Del primer hostal que visitamos me ahorro los comentarios, bueno no, os doy una pista, había anuncios de marcas de preservativos en los pasillos, en fin… Luego nos pusimos a buscar otro hostal cercano cuando nos interceptó Didier, un expatriado Francés que vive aquí con su mujer y juntos regentan un restaurante muy especial, como ellos. Me hizo mucha gracia que el único motivo que presentó cuando le preguntamos que por qué no vivía en Francia fue que no podía soportar a Sarkozy poniendo unas caras muy divertidas. Nuestro amigo voluntariamente nos acompañó a varios hoteles hasta que conseguimos una habitación decente a un precio sensato. Evidentemente esta ayuda le fue agradecida con visitas a su restaurante para hacer todas las comidas que pudimos. Pero su espíritu hospitalario no se contentó con lo de la habitación, también nos ayudó a descubrir la ciudad. Al día siguiente, y bajo consejo de Didier y Dany, contrataríamos al señor Kim que nos llevó en su moto a los dos juntos para visitar los puntos más importantes de Kompong Cham. ¡Ay madre! Todo el día en moto de tres, creo que cuando llegue a España tendré que hacerme una reescultura de coxis porque a estas alturas de viaje tengo un mantecao aplastao.

El señor Kim es encantador, los camboyanos en general son encantadores, esa es nuestra impresión. Kim hablaba despacito en un inglés que ha aprendido hablando con guiris como nosotros. Él mismo nos dijo que sólo lo podía hablar, no escribir ni leer. Nos lo explicaba todo plácidamente, incluso que el precio no iba a ser cinco dólares sino nueve, mmmmm. Lo entendimos y nos subimos.

A mí personalmente me ganó cuando la primera parada que hicimos fue para invitarnos a probar unos pastelillos de arroz que una señora hacía al lado de la carretera. No era nada improvisado, Kim sabe cómo cuidar a sus invitados y este exótico postre para nuestro desayuno nos dejó encantados. Eran unas bolitas de bizcocho tiernísimo de harina de arroz y leche de coco cocinado al vapor rociadas con coco fresco recién rallado. Unos kilómetros más adelante pararemos también para comer frutos de loto, unos granos verdes que parecen entre avellana y cacahuete pero saben más a castaña y hay que sacarlos de una especie de alcachofa de ducha que es lo que queda cuando la mítica flor de loto se mustia.

Comiendo pastelitos de arroz con el señor Kim

Comiendo frutos de loto

¡No paramos mover el bigote! Los dos estamos encantados con nuestro guía conductor y el paisaje de las aldeas es precioso. Ya habíamos visto ese tipo de construcciones de casas con patas para evitar las inundaciones pero en esta zona más que en Laos son casas zancudas especialmente altas. Desde la moto era muy difícil hacer fotos, así que no tengo pero, bueno, imaginaros una cabaña de madera con zancos.
La primera parada fue en un monasterio muy curioso, se llamaba Wat Hanchey. Hay que subir unos buenos tramos de escalera para llegar a un recinto salpicado de frutas gigantes hechas con cemento entre los edificios, una delicia. También tenía sus templos con sus budas muy bonitos, de hecho fue precisamente allí donde este buda y yo cruzamos la mirada.

No coment

Buda te ama

De vuelta en nuestra moto, un vehículo en el que se coge mucho cariño a los otros pasajeros, haríamos otro trayecto hasta “la montaña de los hombres” y “la montaña de las mujeres”, dos montículos que tienen en su leyenda una disputa de géneros que Kim nos explicó vívidamente y de la cual nosotros no entendimos ni jota. Subimos primero a la de las mujeres y cuando ya se nos había pasado la sensación de que no había merecido la pena ese matajogazo de escalones, bajamos y nos dirigimos a la de los hombres, poca cosa también. Entre una y otra había unos templos con algunas atracciones como el buda acostao que a mí me encanta. Vale, no es acostado, perdonad este humor irreverente, es que Buda ya no se iba a reencarnar más veces y dijo: “Quedarse con mi cara, pisha, que este que está aquí se va a planchar la oreja pero por los siglos de los siglos, amén”.

Buda acostao

Kim, insisto, sabe cómo hacer un tour, y después de tanto templo y montañitas nos llevó a visitar una aldea típica rodeada de campos de arroz en la cual viven algunos artesanos que se han organizado, gracias a una ONG, en torno al occidentalizado nombre “Amica Village”. Nos dio unas vueltas y nos llevó a casa de una señora muy amable que tejía artesanalmente los típicos pañuelos camboyanos que se llaman krama. Todos son de cuadritos unos más parecidos a un mantel que otros, pero muchísima gente los lleva alrededor del cuello, en la cintura o en la cabeza, es una prenda de llevar a diario. Evidentemente nos llevaban allí para que compráramos algo pero sólo costaban tres dólares y nos pareció bonito este recuerdo. (Nota para mi amigo Manolo: le he prometido a Antonio no te lo voy a regalar cuando vaya a Cortegana, ya lo sé, la he cagado)

Señora khmer tejiendo un khrama

Por último y antes de dejar la motito, nos acercamos a una edificación muy curiosa. Se trataba de un templo del siglo XI, previo a la era dorada de Angkor, en el centro del cual se habían ido empotrando otros más modernos. El contorno lo formaba una muralla de piedra gastadísima y en el interior descubrí unas hileras de columnas que me recordaban mucho a las del balcón del Palau de la música catalana, que es precioso y no podéis dejar de visitar si vais a la Ciutat Comtal.

Niños en bici juegan entre la muralla y el templo

¿A que parece el Palau de la música catalana de Barcelona?

El señor Kim nos insistió hasta la saciedad para que le dejaramos llamar a un amigo suyo que nos esperaría en el siguiente destino, Kompong Tom, así es que al final no pudimos resistirnos y le dijimos que vale. Al día siguiente nos esperaba al bajar del autobús la típica pandilla de moteros ruidosos pero sólo uno de ellos tenía un papelito que decía “Mister Antonio”. Con él y con su amigo arreglamos el precio y les dijimos que nos esperaran un momentito que subiéramos al hostal, que estaba al lado, a dejar la mochila para partir en seguida a nuestra excursión.
Habíamos parado en este pueblo para hacer una visita muy concreta, se trataba de Sambor Prei Kuk un grupo de edificaciones en ruinas que albergaron en desde el siglo VII la capital del imperio Chenla y que constituyen el mayor grupo de templos pre-Angkor de Camboya. En aquella época todavía no había entrado el budismo así que estos templos estaban dedicados a deidades Hinduistas, la mayoría al mismísimo Shiva. Son muy curiosas las representaciones fálicas de Shiva denominadas “Linga” que aparecen por todas partes.

La naturaleza ayuda a mantener algunos templos en pie en Sambor

Shiva Linga

Nosotros pasamos una tarde estupenda rondando por los templos, los desplazamientos en moto no fueron tan dolorosos porque cada uno tenía a su propio conductor y después de las visitas nos volvimos al hotel. Resultó que por la noche montaban un mercado nocturno en la calle donde nos albergábamos así que comimos allí mismo. Con lo de mercado nocturno uno se imagina cosas así exóticas de vender y comprar por la noche pero en realidad es que la peña saca el carrito y monta un chiringuito con sillas de plástico para vender comida. Ese día nos costó una mijita cenar porque había cosas muy raritas, una de las más visibles eran unos chocos secos ultra finos que todavía no sabemos cómo se los comen y unos huevos de pato con el pato dentro ya formadito, les llamaban “baby duck” es decir pato bebé ¡aggggg! Al final resolvimos con una sopa de noodles (fideos largos). Pero hubo una grata sorpresa, había un cantante de canción romántica grabando un videoclip en la fuente que había allí al lado y tuve tiempo de sacarle unas instantáneas.

Cantante melo-pop haciendo un terrible playback para las cámaras

Como nos habían avisado nuestras amigas Susana y Gaëlle, las chicas que habíamos conocido en Kuala Lumpur y luego nos reencontramos en Laos, en Camboya están locos con la canción romántica. No, en serio, como decía Susana, les tienen el coco comido con las baladas, ¡es que tienen que ser los enamorados más empalagosos del globo! Así que no es tan extraño que en estas páginas coincidan un cantante pasteloso y los templos de Angkor, todo es patrimonio cultural de Camboya.

Prueba de este meloseo nacional es que en los autobuses (menos el que nos cruzó la frontera de Laos) siempre ponen videoclips de baladas romanticas ¡siempre! Bueno y también ponen unos vídeos de humor así como de teatrito parecido a las matrimoniadas de Telecinco supercasposo. ¡Pero es que los videoclips de baladas…! Hay uno de un chico le regala a su chica la anilla de una lata de cocacola colgando de una cadenita cuando ella se intenta suicidar cortándose las venas. Ella no muere, entre otras cosas porque él le dona sangre mientras ella está inconsciente, claro, y luego cuando ella se recupera él vuelve a verla ¡¡¡pero ella está con otro!!!! ¡Dios mío! A todo esto el otro en ciernes es una especie de representante de artistas (porque creo que ella canta) y seguramente la tiene camelada con un contrato millonario. Al final vuelve con su pichurri, no os preocupéis.

Queridas Gaëlle y Susana, si creéis que no entendí nada del vídeo no os cortéis y sacadme de mis errores.

La primera vez que vi esta maravilla de videoclip fue en el viaje de Kompong Tom a Siem Riep. Ese día salimos tempranito del hotel y nos fuimos a donde nos había dejado el autobús el día antes, porque seguiríamos la misma ruta. Un conductor de moto listillo intentó por todos los medios sacarse unos rieles (moneda de Camboya) encargándose de gestionarnos el ticket. Cuando llegó el autobús ignoramos totalmente al motero, nos subimos y pagamos el precio que valía. ¡Con la iglesia hemos topado!

Como digo, el viaje se nos pasó disfrutando de baladas más empalagosas que comerte una docena de torrijas con Ane Igartiburu, pero nosotros estábamos muy contentos porque nos dirigíamos a Siem Riep, el centro de operaciones para visitar Angkor.

Llegamos a una estación de autobús que no igualaba las grandezas que esperábamos encontrar en este destino pero sí encontramos a nuestro conductor de tuc tuc o remolque de moto, que sería quien nos llevaría a las ruinas los próximos dos días. Como en cualquier sitio tan turístico todo había que negociarlo y con este chico nos pegamos un buen rato dólar arriba dólar abajo hasta que conseguimos el precio que creíamos justo. En esto también nos habían servido de inspiración Susana y Gaëlle y la verdad es que nos salió bastante apañado. Estamos consiguiendo una técnica de regateo que no nos lo creemos, el truco es jugar primero con el factor precio y hacerte el pobrecito, luego, cuando el enemigo ha bajado la guardia, regatearle también con el factor tiempo, ¡oh, qué dulces victorias nos hemos adjudicado con esta sutil estrategia! La verdad es que te lo ponen en bandeja, porque ellos para justificar el precio desorbitante te ofrecen excursiones larguísimas y en muchas ocasiones con visitas a sitios absurdos (no en el caso de Angkor). Nosotros nos dedicamos a quitar toda la paja del tour y pagar sólo por lo que queremos ver en un número de horas sensato, porque a estas alturas de viaje no aguantamos una excursión de ocho horas ni de coña.

Este primer día lo acabaremos reconociendo un poco Siem Riep y visitando la zona nocturna de los guiris para cenar algo, pero a la cama prontito que mañana hay que madrugar.
Efectivamente, antes de que la noche obtuviera ninguna invitación por parte del día a abandonar el cielo que nos cubría ya estábamos montados en nuestro remolque. Los remolques son como un cochecito de caballos, como si fuera para un pony, pero tirado por una moto. Todo funciona estupendamente gracias a un aparejo que ellos instalan en la parte de detrás del asiento de la moto y del que pueden desengancharse cuando no necesitan llevar el carricoche.

Nuestro chofer posa serio pero era muy simpático

La idea es llegar a Angkor Wat para ver el amanecer, una vez allí nos alejamos un poquito de la multitud de turistas, Antonio se puso a dar paseítos por lo que en sus tiempos había sido el gigantesco foso entre el templo y la muralla exterior y yo me quedé sentado a ver como las claritas del día iban recortando con manos delicadas la silueta de las torres. Esta silueta en sí misma constituye todo un emblema nacional presente en la bandera del país, en los billetes y en un sinfín de logotipos comerciales sobre los que destaca la omnipresente cerveza Angkor. Digo omnipresente porque está por todas partes y no porque nosotros la vayamos a catar demasiado; en Camboya una lata de cerveza vale un dólar y a nosotros eso nos parece una barbaridad.

La silueta de angkor wat al amanecer

Angkor significa ciudad o capital y de hecho fue la capital del imperio Khmer desde el siglo IX al siglo XV, la época dorada de los Khmer. Un complejo que debió ocupar un espacio de más de treinta kilómetros de largo por más de diez kilómetros de ancho (más grande que Manhattan) y que fue cabeza de un imperio que llegaba desde Birmania hasta el sur de Vietnam y desde el sur de China a la península de Malasia. Los reyes khmer tenían la humildad suficiente para autodenominarse reyes-dioses y ostentaban el rol de representante del dios Vishnú sobre la tierra. Como rey-dios cada uno de los sucesivos cabezas del imperio fue construyendo complejos religiosos, y en algunos casos funerarios, que hicieran honor a su alteza y divinidad.


Con el conductor hemos acordado hacer dos días de visitas. Con estas dimensiones comprenderéis que necesitábamos un transporte y preferimos el motor antes que la bicicleta para empezar. No puedo explicar todo lo que visitamos porque estaría escribiendo diez días más, y ya me he retrasado bastante, pero intentaré daros alguna idea.

Angkor Wat, dicen, es el culmen del ingenio arquitectónico del impero Khmer, la pieza clásica por antonomasia del estilo y fue mandada construir por Suryavarman II, el último rey hinduísta. Después, el siguiente rey, devoto seguidor del budismo Mahayana fue el último que construyó grandes templos.

Curiosamente, mientras se construía esta pieza clave del imperio que es la edificación religiosa más extensa del mundo, Angkor Wat, ya habían comenzado a resquebrajarse algunos cimientos de esta civilización. Los historiadores y los arqueólogos parece que siguen discutiendo y afinando sobre cuáles fueron las causas de una caída comparable a la del imperio romano. El crecimiento de la población y el colapso del sistema hidráulico de la gigantesca ciudad, la corrupción del poder y las intrigas de la corte y de las autoridades religiosas tras la aparición del budismo e incluso una larga temporada de sequía son motivos comúnmente referidos para explicar el fracaso. Es curioso saber también que precisamente el hecho de construir los gigantescos templos cuyos esqueletos tenemos hoy la suerte de recorrer fue otra causa más a añadir. Cada rey intentaba con todos sus medios dejar en sombra la megalomanía del anterior y el ansia de edificar templos cada vez más y más grandes pudo suponer finalmente un coste demasiado exigente.

Antonio posa en las ruinas mucho tiempo despues de la caida del imperio

Elefantes de piedra perfectamete conservados

En general se pueden buscar características en común en todos los templos, aunque cada uno tiene su propia personalidad y normalmente algo que les identifica claramente. Muchos de ellos tienen forma piramidal porque representan el monte Meru, monte sagrado del hinduismo y las cinco torres que culminan el recinto central en algunos templos como Angkor wat representan los cinco picos de dicho monte. Casi todos los edificios tienen patios que representan los continentes de la tierra y un foso que representa a los océanos. Para cruzar sobre el foso, algunos templos tienen una pasarela custodiada a ambos lados por dos Nagas o serpientes colosales de siete cabezas sujetadas por un ejército de dioses y demonios. Este puente alude a un arco iris mitológico que debía facilitar a los hombres el acceso a la morada de los dioses.

Uno de los templos montaña

Una imponente hilera de demonios sostiene una de las serpientes

Una de las entradas a Angkor Tom una ciudad dentro de la ciudad

Delírio daliniano

Fantásticas y enormes tallas en piedra

Para llegar al centro del templo, el espacio más sagrado reservado solamente para las máximas autoridades religiosas y el rey-dios, hay que atravesar varios recintos amurallados. En el caso de Angkor Wat el muro exterior mide un kilometro y medio por un kilometro ochocientos , luego está el foso y un segundo muro sobre el interior del cual se extiende una finísima muestra de bajorrelieves que mide ochocientos metros.

Un tramo de las galerías de bajorrelieves

Cuando te acercas al interior es común en muchos templos que las paredes estén cuajadas de Apsaras, unos personajes que representan el ideal de belleza femenina y que nacían exclusivamente para placer de los héroes Khmer y hombres santos. Algunas parecen recién esculpidas y todas presentan fantásticos peinados y vestidos.

Bellísimas apsaras

Por fin se llega al lugar más importante subiendo a empinadísimas escaleras que debían insinuar lo difícil que era acceder al Dios mismo. Las torres centrales tienen diferentes acabados, la de Angkor Wat tiene forma curva piramidal con las aristas rematadas en unas estilizadas esquinas como si fueran llamas, pétalos de flor de loto o alguna otra alegoría que desconozco.
A pesar de la grandeza de los espacios a mí me llamó mucho la atención que en Angkor todos los templos tienen pasillos muy estrechos porque no conocían los contrafuertes y otros descubrimientos posteriores para poder elevar los techos y ensanchar las galerías sin que se desmorone la construcción. Esto da un aspecto muy peculiar a las bóvedas que tienen un acabado tosco aunque permiten apreciar el esfuerzo que tuvo que suponer montar ahí esos bloques de roca que habían sido traídos aquí en carros de bueyes desde canteras a más de cincuenta kilómetros.

Las torres de Bayon tiene esculpidas la cara de Avalokitesvara, la divinidad
budista de la compasión, pero con los rasgos del rey que lo mandó construir

Vista general de Bayon

Nosotros teníamos una entrada de tres días así que el tercero decidimos cogernos unas bicis y acercarnos a otro grupo de templos que estaba a unos dieciséis kilómetros de Siem Riep y continuamos visitando a otro ritmo.

La terraza de los elefantes
Edificaciones en ladrillo en el grupo de templos de Roluos

Perdonad que haya intentado resumir lo irresumible pero, insisto, es que no se puede contar ni el uno por ciento. Angkor Wat es increíble, no te aburres ni un minuto, todo es tan grande y hay tantos sitios para ver que ni en dos semanas podrías ver todos los templos. Si hay una visita que recomiendo totalmente, sin dudas ni reservas es Angkor. Los camboyanos y camboyanas son muy lindos y la peleilla turística por unos dólares se te olvida en seguida cuando pones tus pies en esta joya de la humanidad.

Un visitante se toma un merecido descanso entre las ruinas


Antonio también se toma un descanso en el masaje de pies con peces

Gracias por esperar y gracias por seguir ahí. En esta ocasión quiero mandar un saludo muy especial a Juanfra, el seguidor que de manera más constante comenta nuestras entradas. Te queremos Juanfra y nos alegramos de que estés viviendo una época tan bonita en tu vida, muchos besos.

Andrés