¿Y qué hacíamos en My Tho? Esta ciudad de 180000 habitantes es la primera población del delta del Mekong viniendo desde Saigón, por lo que nos serviría de enlace para nuestros dos próximos destinos, Ben Tre y Can Tho. Concretamente My Tho y Ben Tre ofrecen la posibilidad de pasear en barca por los canales e infinitos brazos del Mekong. En nuestra búsqueda del barquero que nos ofreciera un buen precio para dar un paseíto sólo encontramos una única oferta, la cual nos pareció cara. En el pueblo no había otros turistas, y parecía que no seríamos capaces de encontrar algo más barato; poca oferta para la, más bien, escasa demanda. Como no teníamos prisa y podíamos pasearnos también en Ben Tre, decidimos dejarlo para el día siguiente a ver qué tal. Y mientras ¿qué? Pues paseíto por el pueblo, visita al mercado, saludos derecha e izquierda “¡xin chào, xin chào!” y sobre todo búsqueda de algún sitio de bia hoi que nos refugiara esa misma noche.
El paseo además nos sirvió para hacernos una idea de cómo es el delta del Mekong. Nada que ver con lo que nos habíamos imaginado. Esperábamos algo más bucólico, más tranquilo y quizás más rural. En su lugar nos encontramos ciudades grandes pobladas de motos, infinitos y enormes brazos del Mekong que separaban grandes islas, e innumerables puentes y megaestructuras que hacen fácilmente habitable un terreno que antes seria poco accesible. Aún así la cosa no nos decepcionó, ya que el ritmo de vida era realmente más lento que en Saigón, y al no haber turistas en ninguna de nuestras dos primeras paradas las visitas fueron muy auténticas y entretenidas. Aquí os adjunto una foto de mi carita con uno de los enormes puentes a mis espaldas así como las traseras de varias casas que reposan sobre enormes palos para no sufrir las crecidas del gigante Mekong.
Al día siguiente la cosa fue fácil, moto a la estación y primer autobús a Ben Tre. El minibús nos dejó esta vez en una acera en mitad del pueblo, aunque tardamos algo así como un cuarto de hora o veinte minutos en situarnos en el mapa. Como comprenderéis el inglés no es especialmente bueno en los habitantes del delta del Mekong, pero que venga un vietnamita a Sevilla sin tener ni idea de español y que sólo hable inglés ¡a ver quién le ayuda! No se puede ver sólo la paja en ojo ajeno sin ver la viga en el nuestro ¿verdad?
También fue fácil encontrar hotel, así como encontrar barquero para el paseíto por los canales. En este caso un hombre nos asaltó por la calle, ofreciéndonos un par de horitas al mismo precio que el del día anterior en My Tho. La diferencia fue que en este caso el hombre nos cayó bien, y aunque no tratamos de buscar algo más barato, directamente quedamos con el hombre para más tarde, creíamos que ocurriría algo parecido a lo de My Tho. Llevábamos razón, no había más barqueros en el pueblo; resulta que muchas veces acertamos en nuestras decisiones, y puede ser que eso lo de la experiencia del viaje. También he de decir que a veces nos equivocamos, aunque la balanza se inclina más hacia los aciertos. Creo que esto tiene algo que ver con un consejo común en las guías de viaje para mochileros o viajeros independientes que a mí me encanta, y es: “haz caso de tu instinto”, sobre todo referido a cuestiones de seguridad. Os parecerá una chorrada, pero generalmente funciona.
Pronto estábamos paseando por las calles del pueblo, comimos, y tomamos café en un bar cutre con banquitos y mesas de plástico en la terraza. Además de la tradición del pan en forma de baguette, los franceses también importaron a Indochina la cultura del café, sobre todo para el disfrute de los turistas occidentales. Así, Vietnam está lleno de cafés que ofrecen un riquísimo café, valga la redundancia, de cosecha nacional. No sé si Andrés ya os lo comentó en la primera entrada de Camboya y Kompong Chan, pero fue allí donde por primera vez probamos el café vietnamita, que tiene un aroma exquisito a chocolate. Es realmente bueno. Y durante este ratito de café pudimos disfrutar de la amabilidad y buen humor de los vietnamitas. Más tarde nos daríamos cuenta de que sobre todo esta amabilidad reside en los sureños. En este caso compartimos la charleta con un profesor retirado, un chico al que le encantaba la barba de Andrés, a deducir de las caricias que le profería a mi compañero en la carita, y la dueña del local, que le preguntaba a Andrés por señas qué se tomaba para que le saliera ese pelo ajabatado en la cara. Una risa. Uno de esos momentos entrañables del viaje.
Pero todo acaba, y nos tuvimos que ir porque habíamos quedado con nuestro barquero. La actividad de dos horas consistió en un tranquilo viaje de ida por un pequeño canal que discurría entre palmeras, un paseíto andando por los caminos y puentes que comunican las aldeas perdidas entre plataneros, y una vuelta por el mismo camino por el que habíamos ido. En la primera foto os muestro el canal por el que navegamos, y en la segunda un ejemplo de la relajada vida de los canales. También vimos algún hombre lanzando redes para pescar, otros que remojaban la fibra de coco para emplearla en colchones, esteras y otros utensilios, y pequeñas barcas de remo que se desplazaban al estilo vietnamita, de cuclillas al frente del bote y remando tranquilamente, lo que ya habíamos observado en las aldeas flotantes de Camboya. En la última foto, los caminos entre las aldeas.
Llegamos a Saigón a media tarde, y no tardamos en comprar nuestro billete a Nha Trang, primera parada en la costa vietnamita de ruta a la capital en el norte, Hanoi. Resulta que en este país el turismo está muy “pero que muy” desarrollado. Tras haberlo visitado y quedar, en general, satisfechos con nuestra estancia, pensamos que hemos llegado a lo justo es decir, la cosa está bastante explotada y en un par de años esto puede ser una costa del sol cualquiera. Fruto de ello los principales puntos de interés están más que definidos, y han pasado a ser las paradas de lo que se conoce como “open bus”, “open ticket” u “open tour”, un tipo de billete de autobús entre Saigón y Hanoi con las fechas abiertas y que te permite hacer el recorrido en un máximo de un mes parando en los puntos de interés que consideres. Por lo que pudimos investigar la cosa no sale mal de precio si sumas las tarifas de los trayectos independientes, y la ventaja adicional es que los autobuses privados suelen ser más cómodos que los públicos, además de que salen y llegan de sitios céntricos en lugar de a/desde las estaciones de autobuses, generalmente en las afueras de las ciudades.
Pero nosotros somos así, y queríamos probar por nuestra cuenta. Además, la segunda escala de rumbo al norte que habíamos planeado era Quy Nhon, una ciudad que no consta en los “open ticket”. Aún así, el bus nocturno que nos llevaría esa noche de Saigón a Nha Trang pertenecía a una compañía de “open ticket”, por lo que tuvimos que preguntar en varias hasta encontrar la que todavía tenía sitios libres en su autobús. Estas compañías venden también los billetes por separado, pero eso sí, a precios un poco más caros. Dejaré a Andrés el placer de regocijarse con las aventuras y desventuras de los “sleeper bus” o autobuses-cama vietnamitas, ya que a mí me queda por contar en esta entrada uno de nuestros trayectos más terribles, el de Nha Trang a Quy Nhon.
Pero bueno, hagamos que ya llegamos a Nha Trang, algo así como siete u ocho de la mañana. Esta vez confiamos en un motorista que nos ofrecía una habitación por ocho dólares. Y Nha Trang, pues poca cosa. Habíamos decidido parar aquí para relajarnos en “la mejor de las playas urbanas de Vietnam”, ya que habíamos dejado atrás a Mui Ne, otra ciudad en la costa famosa por su playa y sus dunas. La playa de Nha Trang resultó ser normal, y el barrio que la acogía era una sucesión de agencias de viajes y tours, bares y restaurantes para guiris, tiendas de suvenires etc. Vamos, una playa como el Arenal en Mallorca o como Benidorm, aunque en este último sitio no he estado nunca, y mira que tengo ganas...
Después de un intento frustrado de playa, ya que las nubes se impusieron a pesar de haber pagado el alquiler de la hamaca previamente, ¡a quién se le ocurre!, descansamos y echamos la siesta en el hotel. Había que prepararse para la búsqueda nocturna de la bia hoy. De nuevo en la calle pronto encontramos lo que queríamos, aunque no nos acabó de convencer: cuatro cañas y dos platos de cacahuetes 30000 dongs, 1,20 euros, pero ¿qué precios son estos? ¡Ni que estuviéramos en plena rambla de Barcelona! Fuera, a otro. Y allí que nos sentamos en una terraza bien concurrida con jarras de buen tamaño a 6000 dongs.
Un par de chicos bastante agradables de la mesa de al lado entablaron conversación con nosotros, bueno, más bien uno de ellos, que era el que hablaba inglés; el otro estaba más pegado. Y nos invitaron a sentarnos con ellos. Hablamos de lo típico, de nuestro viaje, de qué nos parecía Vietnam, de dónde iríamos en los días venideros etc. Y cerveza tras cerveza la cosa se fue animando un poco, aunque sólo un poco, con lo que al final nos propusieron ir a tomar unas copas después y, quizás, ir a bailar. “¿Por qué no?” Nos dijimos Andrés y yo. Ya que no había mucha cosa que hacer en Nha Trang, podíamos salir esa noche y al día siguiente irnos a Quy Nhon. Allí que seguimos la conversación, y más cervecitas. Y de nuevo otra propuesta. Resultaba que ellos irían a un spa a darse un masaje y unos baños después de la cervecita, y luego más tarde saldrían. “¡Qué raro!” nos comunicamos entre nosotros en castellano. Era sábado por la noche, supongo que algo así como las nueve o las diez, y la excusa es que estaban cansados del trabajo y les gustaba darse el masaje antes de salir de bailoteo, por nada más y nada menos que 200000 dongs por cabeza, 8 euros. La cosa nos olió a chamusquina, y más aun cuando al rechazar la invitación cambiaron los planes de nuevo. Ahora resulta que podíamos ir a un karaoke después de la cervecita, y más tarde a bailar. “Ahora ya sí que no vamos con estos pintas a ningún lado” pensamos al unísono. ¿Pero por qué no? Os preguntareis. Pues resulta que esa misma tarde habíamos estado leyendo timos y engaños varios en la Loly… y ¡chan tata chaaaan! “Atención a los turistas gays” decía la guía. Por lo visto uno de los engaños más típicos es llevarte a un karaoke, a una de esas salas privadas, y después de la jornada musical y múltiples copichuelas te sorprenden con una desorbitada cuenta que no puedes evitar bajo la extorsión de técnicas varias. “Bueno chicos, encantados. Hasta la vista”. Me vuelvo a repetir, menos mal que llevamos los ojos bien abiertos. Y todavía nos preguntamos ¿por qué sólo hacen esto con los gays? Ni idea oye.
Y al día siguiente nos levantamos temprano para que nos diera tiempo a visitar unas ruinas Cham además de coger el autobús a Quy Nhon. Para hacer la cosa más ágil alquilamos una bici, y para hacerlo más divertido nos decidimos por un tándem. De chico siempre había soñado con tener uno. Y la experiencia fue muy entretenida aunque no muy cómoda, la talla del vehículo era más bien pequeña. Allí que sorteamos el tráfico de motos y varias rotondas para ir a la estación a comprar primero el billete de autobús, y luego por el paseo marítimo hacia las ruinas de Po Nagar. La visita tampoco fue nada del otro mundo, así que ni os pongo fotos ni os cuento nada del reino de Champa. Andrés ya se encargará de ello a propósito de otra visita que hicimos en los alrededores de Hoi An. Sí que os enseño una foto de las islas frente a la playa de Nha Trang y otra de los barcos de pescadores.
Y Quy Nhon, pues como Nha Trang. Bueno, mejor. Mejor porque es una ciudad sin turistas, y con una playa que a pesar de no ser tan grande como la de Nha Trang sí que tiene más encanto. Sobre todo por los barcos que se acumulan frente a ella atracados por el día, y que por la noche iluminan el mar con sus bombillas cuando pescan el chipirón que se acerca a la luz. La estampa nocturna es bastante romántica, y los adolescentes aprovechan para emparejarse y sentarse frente al mar en el paseo durante largas horas. Si echáis un vistazo a las fotos de los barcos quizás os recuerde, como a mí, a las flotas de pesqueros del mar Cantábrico en el norte de España. No sé si la forma de pintar los barcos y los colores son cosas importadas por los franceses durante la era colonial, pero a mí me da que sí. Es una teoría. En la tercera foto aparecen los “cascarones” de mimbre que se acumulan en la playa y que los pescadores utilizan para alcanzar su barco cuando han de ir a faenar. Todo esto le da su gracia a la playa.
